José María López López – Vivir el morir

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Conviene que nos aclaremos: ¿cómo consideramos el final de la vida? ¿únicamente como el fin de una biología, un cuerpo que llega a su fin, o más bien el fin de una biografía humana, el fin de una vida?. La respuesta puede condicionarnos a la hora de enfrentarnos con seriedad al momento final de nuestra existencia.

Tengo la impresión de que cuando se habla de la eutanasia, considerada como las actuaciones que producen directa e intencionadamente la muerte de los pacientes por una enfermedad incurable y se defiende su regulación legal, se plantea la muerte únicamente como el fin de una biología, lo que puede dar paso a la deshumanización y la despersonalización, mientras que plantear el morir como un acto biográfico, nos ha de llevar a considerar un particular modo de vivir el morir y acompañar a vivir la última etapa de la vida, humanizándola (escuchando, cuidando, sirviendo y dando protagonismo a los enfermos en esa etapa final de su existencia). Y creyendo y esperando como cristianos.

Me vienen a la mente los numerosos enfermos que, expropiados de vivir y rodeados de sofisticada y refinada tecnología, son condenados a vivir muertos, porque no se les deja expresarse y que confiesan -dándoles tan sólo una pequeña oportunidad- que no pueden hablar en la verdad. Son víctimas de la eutanasia social inducida por quienes les niegan la posibilidad de relacionarse expresando libremente lo que viven, por incapacidad del entorno de acoger la elaboración personal de la muerte.

“Morir puede ser triste, recuerda José Carlos Bermejo, pero morir los unos para los otros antes de morir es mucho más triste. Y esto es lo que sucede cuando, tanto las palabras como el silencio, imponen su lado trágico. Queriendo evitar el drama de la verdad, caemos a veces en la soledad y el abandono ante la proximidad de la muerte. El silencio, que puede ser un saludable correctivo a la retórica banalizante de las palabras y pudiera ofrecer quizá el consuelo que viene de la muda solidaridad, en estas condiciones es sólo un vacío de palabras. Comunica al enfermo incurable que ya no es alguien con quien se pueda comunicar. Es decir, le comunica que socialmente puede darse por muerto y que, en realidad, sólo queda asistir al fin de una biología.

El encuentro en la verdad, en cambio, el diálogo con el enfermo terminal basado en la autenticidad, genera libertad. Produce cierto pánico, pero da paz al superviviente y serenidad a quien escribe el último capítulo de su vida”.

Los cuidados paliativos, cada vez más extendidos, y que, en lugar de la eutanasia, deberían ser la gran apuesta socio-política, considerando el fin de la vida como el fin de una biografía y no solo el fin de una biología, “constituyen, en expresión de Bermejo, esa dimensión femenina de la medicina que ha hecho la paz con la muerte y que se dispone siempre a cuidar, aunque no se pueda curar. La particular atención a la familia (y no sólo al enfermo), la “blandura” (humanización) de las normas de las instituciones que desarrollan tales programas, la atención delicada al control de síntomas, al soporte emocional y espiritual, y el reconocimiento del peso específico de la relación y de la responsabilidad del individuo en su propia vida, dibujan un nuevo panorama menos paternalista de la medicina, y más en sintonía con la integración de nuestra condición de seres mortales”.

¿Cómo infundir esperanza en el acompañamiento al enfermo terminal o a la familia? El símbolo de la esperanza es el ancla. Infundir esperanza no es otra cosa que ofrecer a quien se encuentra movido por el temporal del sufrimiento, un lugar donde apoyarse, un agarradero, ser para él ancla que mantiene firme, y no a la deriva, la barca de la vida. Ofrecerse para agarrarse, ser alguien con quien compartir los propios temores y las propias ilusiones; eso es infundir esperanza.

Esta esperanza a los cristianos nos viene de la fe en Cristo-Jesús. La fe no es un anestésico o ansiolítico de las humanas reacciones ante la muerte. El mismo Jesús manifiesta claramente sus sentimientos de tristeza en el Huerto de Getsemaní. La espantosa noche de terror -”me muero de tristeza”- es uno de los más valiosos relatos que tenemos sobre Jesús, porque nos lo revela en toda su humanidad. Ese miedo y esa angustia, tan difíciles de soportar, forman parte de la condición humana. La clave es poder compartirlos con los demás y con el Padre-Dios y aprender juntos a seguir creyendo y confiando.