José Manuel Vallés – Meditación en torno a un diablejo presuntuoso

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El anuncio de la próxima erección de una estatua al diablo en la calle de San Juan (seguramente con la intención de ilustrar la famosa leyenda del Acueducto, así como ofrecer —¿”ofertar”?— un nuevo pretexto a nuestros selfituristas) ha tocado mi imaginación. Pero, sobre todo, la lectura del reciente artículo titulado “El alma de Segovia en juego …y líbranos del Mal”, de Enrique Jerez Cabrero (El Adelantado de Segovia, viernes 26 de octubre), me anima a escribir al respecto.

Aunque me choca mucho el católico rasgamiento de vestiduras doctrinales del autor (que ya es echarle naftalina al azufre…): supone una verdadera reivindicación teológica del Maligno que yo no sé qué puede tener que ver con el ornato urbano; sin embargo, como ateo contumaz prefiero no entrar en ese aspecto. Me acojo más bien a la capacidad que concede el autor a los no católicos de discernir el bien del mal, tanto moral como estético, así como al puro sentido común, que también nos concede (muchas gracias).

Y es que la cuestión es, fundamentalmente, estética. Que yo sepa, una estatua con ese tema no puede tener que ver más que con la leyenda del acueducto: no es un homenaje al Mal con mayúsculas. Es, simplemente, un elemento más del parque temático en construcción que se llama: “Segovia Patrimonio de la Humanidad” o “Segovia Para Turistas; Pasen y Vean”. Yo no sé si es posible librarse de ese destino: desde luego, las tiendecitas tradicionales no van a volver al casco antiguo, como tampoco van a volver a pasear al sol de invierno del Salón —entre niños jugando— los canónigos con sus tejas y manteos. Aunque debería cuidarse la salud, la movilidad y la vida cotidiana de los habitantes del casco antiguo; debería protegerse con especial cariño como ecosistema frágil que es. Como ecosistema en peligro que es.

Volviendo al parque temático, la susodicha estatua no supone ninguna novedad: el diablo —aparte de su extensa iconografía plástica en la tradición católica (y también en otras religiones)— como asunto de ornato público tiene una conocidísima representación en la “Fuente del Ángel Caído” del parque del Retiro, de Madrid, que enmarca la famosa escultura de Ricardo Bellver (1877) que se presentó en la Exposición Universal de París de 1878. Es, como se sabe, una visión “romántica” del Diablo. Como romántica es, en su versión más extendida hoy, la leyenda del acueducto: lo explica perfectamente Juan Manuel Santamaría en su libro sobre las leyendas segovianas.

Si el acueducto de Segovia, se mire por donde se mire, “simboliza, en su perdurable robustez, la voluntad humana y las grandezas de la Ciencia y el Arte” (en palabras de Pérez Galdós que creo puede suscribir cualquiera que tenga ojos en la cara), su diabólico constructor legendario, un diantrillo o mefistofelejo de acarreo romántico que resulta burlado por una muchacha que llevaba muy mal el acarreo del agua porque le impedía mirar el móvil (es una broma, ya sé que todavía no dice eso la leyenda…), la verdad es que me parece que una historieta así le quita toda grandeza al asunto. Es decir, la leyenda —al menos tal como hoy se cuenta— trivializa y pone sordina a lo que, sin cesar, están gritando las propias piedras y la geometría ciclópea que las cimenta: el espíritu prometeico que impulsa al hombre siempre un poco más allá.

Si se comparte lo que acabo de decir —que la leyenda le queda corta al monumento—, entonces parece conveniente que la estatua, si ha de haberla, no sobrepase una magnitud visual y una localización más que comedidas en su entorno: quizás un bajorrelieve adosado al muro. Para asustar a los niños ya tenemos por ahí un fantasmón cargando una cruz.