José Luis Salcedo Luengo – Los baños y bañistas del lejano siglo pasado

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Allá por el verano año 1938, en plena Guerra Civil, yo para cumplir 8 añitos vivía en el Barrio de Santa Columba. La Terraza del Café Columba era el centro de reunión de toda la golfería segoviana, no en balde, los escritores clásicos motejaron al Azoguejo como la Universidad de la Picaresca.

Allí se congregaban los elementos más estrafalarios que la imaginación pueda concebir, a título de ejemplo citaré algunos que recuerde: Josepe “El raposa”, Zapatraca, Pepote, Quinito y Manín, Lili, Chinda, Culo Pollo, el Cholero, Rafael el Gitano, Los Charambitas, Marcos “El Pistolas”, Octavio “el Pichano”, Luis “el Napoleón”, Ricardo “El Cucaracha”, José Ignacio “El Boa”, Justiniano “el Grillo”, Mariano “El Conejo” y el que estas líneas escribe que tenía el alias de “El Burro”, etc. Comprenderá el lector que con estos mimbres malamente se podía hacer un cesto.

El caso es que guiados por los mayores, esto es por los que tenían trece o catorce años, que a los pequeños nos manejaran a su albedrío, obligándonos muchas veces a “hacer novillos”, llegando los primeros calores de fin de la primavera, nos arrastraban a donde ellos querían, esto es, por esta época a bañarnos a los ríos y a dar baques. El arroyo Ciguiñuela y después el Eresma fueron frecuentados por nosotros con asiduidad. Así que desde muy niños nos aficionamos al baño. En el primero me inicié en lo que llamábamos “la Poza del Mimbre” que cubría de agua hasta las rodillas de un niño de 8 años, después ascendimos un poco más en este arroyo y nos aventuramos a bañarnos en la “Poza del Carnero”. Por esta época los segovianos eran poco proclives a bañarse en el y me atrevo a decir que también eran poco inclinados a bañarse en casa (en el mejor de los casos en un gran barreño), ya que entre los servicios que tenía la vivienda, precisamente no se encontraba el baño ni la ducha. Ya de mayor oí a una persona ilustrada el siguiente comentario: “Yo no me baño nunca porque no me ensucio jamás”.

En la segunda poza citada, empezábamos a hacer nuestros primeros pinitos en el arte de la natación y cuando ésta se nos quedaba pequeña, nos arriesgábamos a ir al rio Eresma, en la zona que se llama “las Arenas”. Hemos de decir que por la época éramos muy pocos los que nos arriesgábamos a ir a bañarnos al rio y en todo caso te encontrabas con alguna peña de otro barrio tan golfetes como éramos nosotros, por ejemplo los que fueron célebres “Ajeros” de la calle de Gascos y los chavales de San Lorenzo que decíamos del barrio de los Tronchos, que se bañaban en una poza al lado de la Fábrica de Borra que llamábamos “Los Hierros” y particularmente en un lugar que secularmente se llamó “la Peña del Pico”.

“Las Arenas” era un lugar algo incómodo en cuanto a su situación. Generalmente no se molestaba nadie en ir allí, iba tan poca gente que te encontrabas solo con los amigos que te acompañaban. Solía haber un par de obreros de la empresa constructora de Moisés López, sacando arena del rio que cribaban y que abastecía a sus obras. De ahí el nombre que se dio a este lugar. Huelga decir que nos bañábamos totalmente desnudos.

Cuando tenías cierta confianza en nadar te aventurabas a ir al “Molino Hundido” situado al final de la presa de la Luz Nueva o Batanes, que ya eran palabras mayores. El caso es que poco a poco la afición de ir al rio fue en crescendo, y ya por los años 45 y siguientes era una buena porción de muchachos los que nos juntábamos en el “Molino Hundido”.

Huelga decir que a bañarnos solo nos juntábamos los muchachos, ya que las chicas no se atrevían a ir a bañarse al por aquello de: “El qué dirán…”. Solo recuerdo a dos atrevidas y valientes muchachas que acompañadas de alguna amiga osaban por aparecer. Estas dos niñas se llamaban la Molina y la Peñalver que se las veía alguna vez pero semiescondidas.

Ya sabiendo nadar con plena confianza, te aventurabas a nadar en la presa de la Luz Nueva o Batanes. Aquí ya era verdadero placer el baño, porque la abundancia de agua te permitía nadar a tus anchas. Frecuentaba la presa el maestro Antonio Serrano “Tabique” que sufrió un percance al tirarse desde una peña de unos 8 metros de alto y quedó destrozado para siempre. Muchos años después se formaría en esta presa una peña de bañistas nudistas a la que pertenecí durante bastantes años. A esta peña alguna veces asistían señoritas que no ejercían el nudismo pero que con naturalidad admitían a los bañistas en “pelota picada”.

La afición al baño aumentaba por momentos de una forma exponencial y recuerdo que un dieciocho de julio del año 48, festividad del alzamiento nacional, había entre el Molino y la Presa tal cantidad de gente, que no quedaba una piedra que estuviera desocupada.

Llegada la década de los años cincuenta, se entroniza en Segovia como gobernador civil y jefe provincial del Movimiento el que fue el célebre don Pascual Marín Pérez. Este hombre, de una estrecha moral tan exagerada que caía en el ridículo, viendo que las costumbres de los segovianos se “relajaban” con el baño, hasta el punto que cometían “la impudicia de bañarse con taparrabos”, dictó unas normas en que solo se podía bañar uno con pantalones (meyba) y una vez salido del agua había que cubrirse con un albornoz. Llevó a tales extremos la orden que varias parejas de la policía nacional visitaban los lugares de baño, cubiertos con el uniforme tapados hasta el gorro (solo les faltaba el capote) y sudando de cada pelo una gota, pero cuando aparecían en el baño eran el terror de los bañistas.

Pasó aquel desva y el Ayuntamiento con muy buen criterio y gastándose un dineral, por los años 60 acondicionó “las Arenas”, colocando casetas de obra para el vestuario con separación de sexos incluso instaló un coqueto bar-restaurante donde se podía tomar un refrigerio y comer de encargo.

El sagaz industrial hostelero Eleuterio Laguna instaló en la carretera de la Granja el restaurante Lago con una piscina que a todas luces fue insuficiente.

Duraron poco estas instalaciones de “las Arenas” ya que viendo una necesidad apremiante, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad en colaboración con el Ayuntamiento, construyó la piscina situada en Chamberí, dejando abandonadas las edificaciones de “las Arenas”, entrando en una etapa de desolación y ruina, y ya no sé si se conservarán algunos restos de aquellas construcciones. Esta piscina tuvo un éxito arrollador, tenía hasta médico que fue Alfredo Garcillán, antiguo compañero y amigo mío, pero el progreso del nivel de vida, hizo que muchos segovianos pudientes instalaran en sus fincas piscinas privadas y en los pueblos aledaños se construyeran piscinas municipales, con lo que la piscina municipal de Segovia, sufrió un lento declive de asistencia de bañistas, pero la verdad sea dicha ahí sigue para disfrute de los segovianos.

Además de los sitios citados el que escribe estas líneas se congratula de haberse bañado en infinidad de sitios del río Eresma, como: La fábrica de cartón, el Molino del Arco, los Polvorines, los Tres Chorros, La Presa de la Luz Vieja, La fábrica de galletas de Carretero, la Peña del Pico, El Puente y el Azud de la Alameda, el Mortero, los Lavaderos, el Zorroclín y Lobones entre otros lugares intermedios.