José Luis Cuenca Aladro – Tres años sin Víctor Barrio

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El pasado 9 de julio se cumplieron tres años de la trágica muerte de nuestro paisano Víctor Barrio en la plaza de toros de Teruel. Todavía no me lo puedo creer. Ni sus padres y abuelos, ni su desconsolada esposa Raquel. Ni sus amigos y seguidores. Fue muy duro, durísimo para todos… «Voz de dolor y canto de gemido/Y espíritu de miedo, envuelto en ira,/Hagan principio acerbo a la memoria/De aquel día fatal, aborrecido».

Si como persona Víctor era excepcional, como matador de toros reunía todas las cualidades necesarias para llegar a la cumbre de su profesión. Lidiador de amplísimo repertorio en todas las suertes principales del arte de Cúchares. Sus largas cambiadas con el capote, sus revoleras rodillas en tierra, sus gaoneras, sus verónicas, sus chicuelinas, sus delantales, eran de una estética y belleza superiores. Pocas veces vista. Con la muleta (el toreo fundamental) lo bordaba igualmente… sus pases cambiados desde el centro del anillo con una quietud pasmosa, sus derechazos largos o en redondo, sus naturales con la izquierda lentos, suaves, muy templados, siempre rematados con el pase de pecho hondo y profundo, sus manoletinas y bernardinas … Todo lo hacia con el empaque, valor y torería que han caracterizado siempre a las grandes figuras del toreo. Empezaba a ser un torero a seguir por muchos aficionados (para mí lo fue desde el primer momento que le conocí y le ví como becerrista). Luego se convirtió en un torero de «culto» para muchos, entre los que me cuento. En un referente para los más jóvenes aspirantes. Y todo se truncó aquella maldita tarde de verano de 2016.

Yo estaba en Riaza… después de comer no lo dudé un instante y le dije a mi esposa: «vámonos a Madrid, vemos a Víctor por la tele (TM) y después regresamos para presenciar la última jornada del Huercasa Country Festival». Dicho y hecho. A las seis en punto de la tarde ya estábamos frente al televisor en la sala de estar de nuestro hogar madrileño, justo a tiempo de enviarle a Víctor el que sería mi último sms … «Mucha suerte, maestro». Luego pasó lo que pasó por todos sabido. La conmoción por lo acontecido nos dejó hundidos. No regresamos a Riaza. Lo hicímos al día siguiente, directamente a Sepúlveda donde llegaron los restos mortales de nuestro admirado torero y querido amigo avanzada la tarde. A la villa de las «7 puertas» acudió todo el mundillo del toro al completo: desde José Tomás, Enrique Ponce, El Juli, El Fundi, Miguel Abellán, Manzanares, Morante, Urdiales… hasta el más modesto de los toreros de plata, amén de cientos de aficionados llegados desde todos los rincones de nuestra piel de toro.

Quiso Dios abrirle la puerta del cielo antes que la de Las Ventas y todavía me pregunto porqué lo hizo. El caso es que nos lo arrebató de nuestro lado y… «Cuatro arcángeles bajaron/ y abriendo surcos de flores/ al rey de los matadores/ en hombros se lo llevaron» (como cantó Rafael Alberti la muerte de Joselito «El Gallo»). A veces pienso que no nos le merecíamos. A Víctor, quiero decir. Era un lujo excesivo. Aquí era muy necesario y el cielo bien podría haber esperado. Tenía el torero un aura especial. Su rostro, su mirada, su sonrisa, transmitían en todo momento y lugar bondad y verdad. Confianza y cercanía.

Se suele decir, y no es verdad, que los toreros van a la plaza por ganar dinero, posición social, gloria y aplausos. Víctor acudía a ella para encontrase a solas con el toro, al que tenía mucho que decir y al que temía y adoraba al mismo tiempo. Le gustaban los aplausos y lo animaban, pero él estaba siempre embebido en su rito y escuchaba y veía al público como si estuviera en otro mundo. Y, efectivamente, estaba. Estaba en un mundo de creación y de abstracción constante por el publico de los toros: que es el único público que no es de espectadores, sino de actores. Los buenos aficionados torean al toro al mismo tiempo que el torero con otro capote imaginario. Por eso pueden ser actores en la plaza al mismo tiempo y por eso encontrábamos natural y no milagroso el espectáculo increíble de una media verónica «belmontina» o un ayudado al natural «amanoletado» e imperial de Víctor Barrio. Toreando en el campo era igual. Disfrutaba como he visto hacerlo a muy pocos toreros, y los ganaderos, como es natural, se disputaban su presencia en sus placitas de tientas.

La gana, el deseo de torear mordió muy pronto en el joven Víctor Barrio como un gato garduño que le saltara a los ojos, mucho antes de que Víctor supiera que el toreo era una arte exquisito, que tiene genios, épocas y escuelas. Su afición y enorme vocación (ni Esther ni Quinito, sus padres, pudieron disuadirle, para luego entenderle y ponerse de su lado) le catapultaron pronto a lo más alto del escalafón de la novillería. Su presentación como novillero con caballos en Las Ventas de Madrid, el 13 de junio de 2010, con novillos-toros «santacolomeños» de Rehuelga fue espectacular, pero las tres orejas que le pidieron los espectadores al presidente de la corrida, se quedaron en una. La puerta grande debió ser el justo colofón a la extraordinaria labor de Víctor en aquella tarde inolvidable. Después, sus triunfos arrolladores y salidas a hombros fueron constantes. Apoteósica su memorable actuación en Valdemorillo, ya como matador de toros, en 2015 con un pedazo de corrida de Cebada Gago. Y luego, en septiembre del mismo año, la puerta grande en la última de la feria taurina de Riaza para satisfacción de sus paisanos y mía propia (¿verdad, José María?).

Víctor nació en Grajera, y era un sepulvedano más. Su mamá y sus abuelos maternos son de Sepúlveda, lo mismo que Raquel Sanz, su viuda, su amor (ella y los toros eran su pasión), a la que espero no importune emocionalmente mi artículo de hoy escrito desde el corazón de quien tuvo el privilegio de ser amigo de su marido tantos (¿pocos?) años y admirador de su tauromaquia eterna. Él, que alguna vez me vio hacer algún pinito con la franela en la finca de Santos Santos «Serranillo», me solía decir «maestro»… Yo me dirigía a él llamándole MAESTRO.

La discreción de Víctor, su honestidad, su pureza y buen hacer nos lo presentan como un torero cabal, lejos del engaño y los oropeles. Auténtico, callado y maestro. Alegre y feliz siempre. Sin ninguna duda un torero de época (se lo digo yo que, como aficionado, he contemplado la lidia y muerte de cerca de 20.000 toros en la primera plaza de toros del mundo) que nunca olvidaremos. Haz que Dios nos reparta suerte a todos los que por aquí abajo quedamos… MAESTRO.