José Luis Cuenca Aladro – Arthur

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He dejado transcurrir unos días antes de ponerme a escribir este artículo. No quería que la tensión emocional del momento me llevara a escribir en un estado en el que los sentimientos todo lo condicionan… Era el mediodía del miércoles día 17 cuando los españoles tuvimos conocimiento del hallazgo del cuerpo del niño Arthur desaparecido por la terrible riada en Mallorca ocho días antes. No, no se produjo el milagro que tanto ansiábamos todos, que no era otro que el de hallar a Arthur con vida, y la trágica y temida noticia, aunque esperada, nos retrotrae al instante de la fecha de autos y al escenario dantesco en que la mamá de Arthur, tras poner milagrosamente a salvo a su hija, perdió la vida junto a su hijo a manos de las fuerzas naturales que sólo Dios sabe porque actuaron de forma tan cruel y despiadada. Lo que el cielo nos dio, la vida nos lo quitó. No, la vida no es seguro de nada. Si acaso, de su final. Pero Arthur solo era un niñito de 5 años que empezaba a vivir…¡Dios mío!, ¿Por qué?

Los niños son el tesoro más grande de la humanidad. Por eso, cuando suceden hechos como el acaecido en Mallorca, todos nos sentimos tan mal, tan desasistidos de consuelo, tan impotentes. En pocos días, tras su desaparición, Arthur se había convertido en el hijo, en el nieto, de todos nosotros. Todos éramos Arthur. Hallar su cuerpecito habrá servido de alivio momentáneo a su familia más directa, a su papá y a su hermanita salvada por su madre y aquel guardia civil heroico, pero el recuerdo y el llanto por él será eterno; también por las otras 12 personas que perdieron la vida en la catástrofe. Difícil consolar cuando el desconsuelo invade nuestro propio espíritu y nos duele el alma.

La vida continua, sí, pero de vez en cuando nos pone a prueba recordándonos que lo esencial radica en los valores y principios de nuestra propia existencia; en la fortaleza de los mismos para afrontar desgracias tan tremendas como las sufridas en el municipio balear de Sant Llorenç des Cassars…, pero ¿de dónde sacar fuerzas para proseguir? ¿Cómo continuar adelante? ¿Cómo superar la tragedia? Recordar a Arthur nos reconfortará siempre, por muy duro que sea decirlo. Y a los que quedamos todavía por aquí sólo nos resta refugiarnos en nosotros mismos y en los demás. En esta época tan confusa, tan egoísta y tan escasamente solidaria, todos deberíamos arrimar el hombro en una misma dirección, que no es otra que la de ocuparse más de los más necesitados. De quienes están más expuestos por su fragilidad: los niños, los adolescentes, los ancianos…

Esta misma mañana de otoño, paseando por el “Piamonte” riazano, me he paradoun buen rato frente al “Rasero”, nuestro extenso y bellísimo parque municipal natural… La zona infantil estaba repleta de vida. Los niños disfrutaban con sus juegos y sus carreras de acá para allá. Los padres y abuelos, permanecían complacidos y atentos a sus evoluciones. La alegría y espontaneidad, la energía de los pequeños, y el colorido del marco otoñal, parecían recrear lo mejor de los lienzos impresionistas de aquellos artistas de finales del siglo XIX y primeros del XX. La vida brotaba a borbotones por doquier, y claro, me vino la imagen de Arthur. Allí había muchos niños como él. En ésa edad que les hace tan adorables.Tan imprescindibles. Niños como Arhur, como Gabriel, como Aylan, que, por una y otras circunstancias (siempre terribles) ya no pueden estar con sus familias ni entre nosotros.

Ojalá sepamos estar siempre a la altura que la sabiduría inteligente e inocente, todavía no manipulada, de los niños, nos exige a los mayores. De ellos, de los niños, lo aprendemos todo, y no al revés. Nos hacen mejores a los mayores en todos los aspectos. Esos “locos bajitos”, como cantaba Serrat, son unos cracks, una bendición, y a ellos hemos de entregarnos en cuerpo y alma con la esperanza de que sean capaces de construir un mundo cada vez mejor y más justo donde la convivencia en paz sea su principal seña de identidad. No se lo pongamos más difícil.

Y acabo con un mensaje, siempre positivo, que me acaba de enviar desde la capilla de la Catedral de los Pobres en México mi admirado amigo el padre Ángel en el 56 aniversario de la creación de Mensajeros de la Paz, dedicado como está él a tiempo completo en hacer felices a los niños más necesitados por todos los rincones del mundo. Ya lo dijo Aquel: “Dejad que los niños se acerquen a mí porque de ellos es el reino de los cielos”. Qué razón tenía…los niños son el gran tesoro de nuestras vidas.

A Arthur no le olvidaremos jamás. DEP.