Jesús Cano Arranz – ¿Libertad para la eutanasia?

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Hace unos días, tuvimos la ocasión de ver en TV. un montaje relativo a lo que se llama eutanasia activa, protagonizado por una pareja, en el que el marido le administra un preparado mortal a su cónyuge muy enferma, con el objeto de proporcionarle «una muerte digna». Este montaje juega muy bien con los sentimientos no sólo de los protagonistas, sino también con los de todas las personas que lo han visto.

Sin embargo, hemos de decir, que los sentimientos nunca son argumentos para justificar los derechos de nadie, por muy legítimos y honestos que sean. Con los sentimientos nunca se podrá justificar la eutanasia activa. Se llama así, eutanasia activa, a la acción deliberada de una persona que ayuda a otra a quitarse la vida. La pregunta es, ¿es esto un asesinato o cómplice de asesinato, aun cuando la muerte sea pedida por la otra persona desde una presunta libertad?

No es nuestro propósito, ni juzgar, ni intervenir en la conciencia de nadie. Pero sí lanzar las siguientes preguntas que sirvan para una reflexión pensada y razonada más allá de unos sentimientos del corazón, que cambian de un momento para otro, y porque, además, nos pueden traicionar fácilmente, ya que están a merced de nuestro estado de ánimo. Por tanto, la valoración de nuestros actos y comportamientos no la determinará los impulsos del corazón, sino la ética, y esta va directamente a la razón. Y es desde la razón desde donde hemos de hacer razonable la vida y la muerte.

Así pues, algunas preguntas las podríamos formular de la siguiente manera: ¿Es mi vida un absoluto? ¿Cada uno es dueño de su vida? Una persona que está enferma, ¿es totalmente libre en su fuero interno para tomar la decisión de quitarse la vida? ¿Tengo derecho a acabar con mi propia vida?, ¿tengo derecho a que otros me la quiten incluso cuando yo lo pida? ¿Qué significa morir con dignidad?

Ciertamente, estas preguntas requieren unas respuestas amplias y claras que no dejen lugar a la duda, porque los valores humanos son absolutos, objetivos y permanentes, es decir, válidos para todos los hombres y de todos los tiempos, y la vida es un valor ético. Si los valores fueran subjetivos, cada uno podía tener sus propios valores, de donde se deduce que el fuerte siempre podría al débil.

Aunque no podemos responder a todas las preguntas, sí nos gustaría hacer una referencia al tema candente de ejercer el derecho a la propia libertad. Todos sabemos que para ejercer la libertad del aborto y la eutanasia, al único principio que se acude es a este: “yo soy dueño de mí mismo/a”, “soy dueño/a de mi cuerpo, y yo decido”.

A este argumento es al que se apela como justificación para quitarse la vida. Pues bien, ante esta consideración, podemos decir lo siguiente. Si, cuando hablamos de libertad, entendemos que yo pueda hacer lo que quiera, entonces, la libertad no es un valor. Es fácil entender que, si cada uno hiciera lo que le apetece, la sociedad sería un caos. Entonces, ¿qué es la libertad? La libertad es el ser personal, es decir, la persona que está encargada de vivir los valores. Dicho de otra manera, la libertad es elegir el cumplimiento de los valores. Aquí es donde está el punto de la controversia, es decir, tengo, no sólo el derecho, sino la obligación de cumplir los valores humanos, y no de violarlos. Y, como la vida humana es un valor, consecuentemente, no soy libre para quitármela, porque el quitarme la vida no es un valor; sí soy libre para elegir todo aquello que vaya en favor de mi vida y la de los demás.

Mientras tanto, muy a pesar nuestro, otros, seguirán rebuscando el cómo llegar a legalizar la eutanasia activa. Nos tememos que no tardará mucho en llegar. Lo decimos por una razón muy sencilla. Si tenemos leyes que nos amparan el derecho a eliminar la vida en su comienzo, por las mismas razones habrá leyes que nos amparen eliminar la vida al final. Por ello, es necesario no movernos por puros sentimientos, sino por la razón. La razón nos hace ir fondo de la vida y la verdad del ser.

Jesús Cano Arranz es Párroco de San Millán.