J. M. Martín S. – De cómo y por qué llego a Teatro el Convento de Mínimos

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Dejé constancia en escritos que tienen refugio en este lado de El Adelantado de lo que fueron las desamortizaciones (1820) y posterior venta de bienes nacionales, que coincidía —simple casualidad, no vaya a pensar mal quien leyere—, con los de la iglesia. En esa línea, unos días después de que el general carlista Zariategui hubiera dejado la ciudad —doce días pasó de vacaciones—, a la Junta Municipal de Beneficencia se le asignó, a dedo patrio, el Convento de Mínimos. Con una condición implícita: “tienen que convertirlo en un teatro —en la capital la carencia de estos coliseos era total—, y lo que de él se consiga en dinero, deberá revertir por íntegro a beneficio de la Casa de Niños Expósitos (Hospicio)”.

Después de dos años de obras en 1844 se abrieron sus puertas. Era la festividad de la Pascua de Resurrección (5 de abril en el Gregoriano de aquel año). Se puso en escena un título sugerente: “Bandera Negra”. Obra dramática, larga, pues estaba dispuesta en cinco actos. Así fue el nacimiento del Teatro Principal; después Teatro de la Victoria y, para finalizar sus días de coliseo bautizado como Miñón.”. Hasta el año 1918 permaneció vigente y activo. Prácticamente hasta ser sustituido por el nacimiento del “Juan Bravo”. Su vida teatral fue de 74 años.

Para ello, para cumplir con su nuevo destino, la capilla mayor se convirtió en escenario, las laterales en palcos y plateas… Y lo que habían sido celdas de los frailes, entre 1592 y 1821, “designadas” camerinos de artistas.

El Ayuntamiento, pese a que de dinero “andaba” como siempre, se sumó a la inauguración invirtiendo en obra. Acondicionó a tal fin los accesos al nuevo teatro. Para ello construyó una acera que, partiendo de la Plaza Mayor, acababa junto al coliseo. Además, reparó la calle y plaza de Caño Seco (1). Que por aquello del paso de carros y caballerías que se detenían junto al Mesón Grande, estaba “hecha unos zorros” (2).

Concejales al rescate: ¡insólito!

Muestra de que las arcas del Ayuntamiento se entraban “a dos velas” (3), refiero un hecho acaecido en 1834. La corporación aprobaba, siempre que el tema se debatía, llevar a efecto el enlosado de los soportales de la Plaza. Pero los “monises” no llegaban y los concejales, hartos de no encontrar soluciones, tiraron por “la calle de en medio” (4).

Sucedió que… Los miembros de la corporación recibieron, tras los fastos de la coronación de Isabel II, una gratificación por individuo de 1.500 reales. Pues bien, aprobaron que la cantidad íntegra se dedicara al referido proyecto. Y se realizó la obra.

Esto era cosa de ayer. Ahora… Ahora, pasa lo que sucede en la Av. Claret, tras pésima gestión municipal —que no asumen—, y se la cargan económicamente (¿200.000 euros?) al ciudadano cual sujeto pasivo. Y para mayor escarnio le piden el voto. Pasen y vean.

De la Segovia “viejo”

La verdad. Era una odisea las “compañías” de teatro que querían venir a Segovia el encontrar un lugar estable para ofrecer sus representaciones. En los siglos XVII, XVIII y parte del XIX se ofreció en lugares como el Hospital de la Misericordia, Santi Espíritu, el Parador (San Francisco), “Patio de Comedias” (al ladito del convento de S. Agustín)… Cierto es que el Ayuntamiento había intentado una construcción estable. Una de ellas, cuando demostró que tenía efectivo para ello (1770), quiso emplear el dinero que tenia “protegido” en la Caja Cinco Gremios de Madrid, `proveniente de la venta de pinares de Valsain y Riofrío. No fraguó el proyecto.

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(1) Así era conocido el lugar, hasta que tras los sucesos del 4 de agosto de 1837, escaramuza carlista en la ciudad, se le dio el nombre que ha llegado hasta nuestros días. Las obras realizadas en la manzana que ocupa el Teatro J. Bravo, disminuyeron las dimensiones de la plaza.

(2) Estar muy deteriorada o en mal estado.

(3) “Estar a dos velas”. Entre otras muchas definiciones sobre la frase, me quedo con esta: el origen se puede centrar en las timbas y partidas de naipes antiguas, donde el banquero solía colocarse entre un par de velas. En este supuesto, dejar al banquero a dos velas o quedarse a dos velas, equivaldría a dejarle sin un céntimo.

(4) Adoptar una decisión determinada, superando las vacilaciones.