J. M. M. Sánchez – Donde se describen las salas de recreo en la ciudad

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Donde se describen las salas de recreo en la ciudad, 1850-1900

Llamó la atención a Carlos III una epidemia que en 1781 padeció la villa de Pasajes en Guipúzcoa, como consecuencia de la infección que despedían los muchos cadáveres sepultados en su iglesia parroquial. El monarca encargó al Consejo la forma de remediar este mal. Dicho y hecho, que “pa” eso era el rey. Consultas a los arzobispos, obispos del reino que gobernaba, personas ilustradas y también a la Academia de la Historia. El rey, para demostrar su interés y que no eran palabras huecas, y con la única finalidad- es un decir- de bajar la preocupación general que existía, hizo construir a su costa (o sea, con dinero de sus súbditos), estando ya en el año 1785, un Cementerio en el Real Sitio de San Ildefonso.

Fue el primer paso. Mas/después, vistos los informes de los prelados y corporaciones consultados y principalmente el del Consejo, se expidió la Real Cédula de 3 de Abril de 1787, mandando proceder a la construcción de cementerios fuera de las poblaciones y se dieron algunas disposiciones para allanar las dificultades que ocurrieren. Bueno… Una cosa es predicar y otra dar trigo, dicho castellano, pues dado que la gran mayoría de los ayuntamientos estaban a la “cuarta pregunta” (1), tardaron muchísimo en cumplir la real orden y enterraban dónde y cómo podían.

Una curiosidad sobre lo escrito que trasmito. Se trata de una carta que el Conde de Aranda (Pedro Pablo de Alarcón de Bolea y Ximenez de Urrea) dirigió a otro Conde, el de Floridablanca (José Moñino y Redondo). La misiva tenía membrete de París y fecha de 5 de Diciembre de 1788. El de Aranda le comentaba al otro conde, entre otras cosas:

“He visto en la última Gaceta (BOE de entonces) la providencia del Cementerio de San Ildefonso. Alabo dos cosas: una, de que ya se establezcan, otra, el modo de introducirlo, pues, hecho el ejemplar en una de las residencias reales, (La Granja), es un tapa-bocas para el sin número de ignorantes que gritarían, creyendo no ir al cielo sin sepultura á cubierto…”

¡Toma del frasco Carrasco! Hay que ver cómo se lo pasaban, ayer y hoy, los políticos. Me ha asegurado que el escrito se encuentra en el Archivo de Simancas, en el “rincón” de correspondencia familiar entre los dos condes y demás familias.

Centros de diversión y recreo
“Cada uno es como es,
cada quién es cada cual
y baja las escaleras como quiere…”

J.M. Serrat
(“Cada loco con su tema”)

En esas cosas de la diversión cada uno busca lo que mejor le va. Y si la oferta es grande, mejor. Les propongo “un pasito pa tras”, maría, y les cuento el número de sociedades de recreo que entre los años1850 y 1900 existían en la capital, que en ningún caso es exhaustivo. Ejemplo: “La Inesperada”. Tenía sus salones en la Plaza de San Martín. Su secretario, Antonio de Juan, era hombre amable que preparaba con tal esmero cada fiesta que el local se llenaba siempre. También funcionaban, sobre todo en días de fiesta, La Alhambra, El Pensamiento, Los Campos Elíseos (con sede en el Camino Nuevo), El Buen Gusto, Sociedad La Unión, La Minerva, La Confianza, en la c/ del Sol… En La Amistad Mercantil se reunían dependientes de comercio, ellos y ellas, modistas y costureras. En este lugar las fiestas de carnaval eran impresionantes. Con mucho las mejores de la ciudad.

Otras alternativas para “pasar el rato”, era acudir a algunos de los locales que disponían de mesa de billar. Eran cinco. Se situaban en los cafés de la Plaza y de Tetuán, en la calle Real, en la plazuela de San Martín, y otro en la Sociedad de la Unión. También se podía ver teatro en el Miñón, lugar que fue convento de Religiosos de Mínimos de la Victoria. En cuanto a establecimientos cotidianos de recreo y reunión se encontraba la reiterada Sociedad la Unión, en el Palacio de los Uceda.

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(1) Aunque hay varias teorías, la más plausible es que provenga de los antiguos interrogatorios judiciales, en los que al imputado se le preguntaba primero por su nombre y edad; segundo por su lugar de nacimiento y domicilio; en tercer lugar por su religión y estado civil y en cuarto lugar por sus bienes y rentas.