J. Fuentetaja – Santos segovianos: de S. Frutos a S. Alfonso Rodríguez

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Nos ha caído este domingo, último del mes de octubre, a caballo entre las festividades de los dos santos segovianos por excelencia, porque si el día 25 y su víspera, cumplimos con una de las tradiciones más arraigadas del pueblo de Segovia y que ya forma parte de sus señas de identidad, el próximo día 31 conmemoramos el 401 centenario de la muerte de San Alfonso o San Alonso Rodríguez, que de las dos maneras es conocido.

El primero, milagroso anacoreta, amigo de los pajaritos -qué ricos los que antaño se servían fritos, antes de su prohibición en los bares de Segovia, muy especialmente en la Oficina- y que a cuchilladas en la dura roca frenó las hordas de los invasores musulmanes, poco antes que Santiago cerrara España a los infieles en la batalla de Clavijo. Ha gozado San Frutos de la devoción y del cariño de los segovianos que en los últimos años le han celebrado al calor de las sopas de ajo, que no serán de mucho alimento pero sí que agregan el cuerpo en las frías noches otoñales, a la espera del paso de la hoja que cada 24 de octubre nos imaginamos aligerar en la piedra del libro de nuestras vidas. Esto es lo que cada año nos viene a recordar el santo desde su elevada atalaya de la puerta de la catedral: alegoría festiva del tránsito vital al que todos estamos sometidos.

Luego, el día 25, la tradición se bifurca en una doble dirección entre los que acuden a escuchar su villancico en el trascoro de la catedral, cantado por el pueblo de Segovia, no todos, porque algunos o algunas de los/las que se encaraman al entarimado me consta que se limitan a mover los labios, playbak creo que se dice en el argot musical; y los que deciden acudir a los centros comerciales de las dos megas ciudades que de Norte a Sur nos absorben con sus potentes ventosas: “Bienvenidos segovianos, pasen, compren, dejen su dinero y luego váyanse de nuevo por donde han venido”.

Respecto a San Alfonso y a pesar de los esfuerzos que desde siempre vienen haciendo los vecinos del barrio del Salvador, y de la reivindicación efectuada por el propio Obispado de Segovia con los actos del IV centenario de su muerte, que con toda brillantez se desarrollaron a lo largo del pasado año 2017, lo cierto es que este sencillo servidor de Dios está muy lejos de gozar, entre nosotros, de los niveles de popularidad alcanzados por el bendito San Frutos. Y es raro porque de Alonso Rodríguez conocemos casi todo. Su historia está basada en datos ciertos, verídicos y contrastados. Ninguna leyenda jalona el camino hacia su santidad, alcanzada finalmente en una humilde portería del colegio de los jesuitas en Palma de Mallorca. Allí accedió a la gloria eterna cuidando a todos los que se acercaban a su puerta como si del mismo Jesucristo se tratara: “Ya voy Señor”, les iba diciendo al recibirles, día sí y día también, hasta el mismo momento de su muerte, acontecida el 31 de octubre de 1617.

Había nacido y vivido Alfonso/Alonso hacia el año 1530 en el barrio del Salvador, donde hay una placa en la plaza de Día Sanz que así lo recuerda. No podemos decir que fuera muy afortunada su existencia entre nosotros. A la muerte de su padre, comerciante en paños, tuvo que hacerse cargo del negocio familiar al que no pudo salvar de la ruina por quítame allá estas lanas. Aquí se arruinó, aquí enviudó y aquí enterró a sus hijos, y cuando aquí, en su ciudad, en Segovia, casi cuarentón quiso procesar como religioso, los rectores de la Compañía de Jesús le cerraron el paso a su seminario, viéndose obligado a desplazarse a Valencia, en donde al no poder admitirle como sacerdote le recibieron para santo y colgándole el hábito de hermano lego le embarcaron hacia su destino balear sin billete de vuelta.

Fue canonizado con el nombre latino de Alfonsus el 15 de enero de 1888 por León XIII, el Papa que promulgó la primera encíclica social de la Iglesia (Rerum Novarum) y la ciudad de Segovia acogió esta noticia llena de júbilo con importantes celebraciones religiosas y populares. Hasta cuatro novillos se corrieron en la plaza Mayor a costa de las arcas municipales. Si San Frutos es el patrón de todos los segovianos, especialmente de los presentes, bien se merece el buen santo del Salvador, serlo de los ausentes, aquellos que como él tuvieron y tienen que abandonar su tierra al verse obligados a buscar fuera lo que no han podido encontrar dentro: “Ya nos vamos Señor”, acaban todos diciendo.