J. Fuentetaja – Buscando a Dios en los pucheros de la música castellana

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La Iglesia tiene todo el derecho a limitar los lugares de culto a los fines que le son propios, no permitiendo actuaciones musicales o de otro tipo que se aparten del contenido religioso que debe ser exigido a toda actividad que se lleve a cabo en el templo: la casa de Dios y el lugar al que los fieles acuden a su encuentro con el debido recogimiento. Entiendo que se cierren las puertas de las iglesias a los textos profanos o ajenos a la religiosidad que el lugar exige, pero que ese requisito se extienda también a la partitura musical, sinceramente me parece excesivo. Me refiero más en concreto a la recomendación, o incluso prohibición, para que no se permita interpretar la llamada Misa Castellana porque las melodías utilizadas y que sirven de soporte a las letras religiosas que contienen, proceden de cantos a veces disolutos con letras irreverentes y de bajos instintos. Es decir, se está poniendo pegas al envoltorio que por su procedencia humilde y popular se sobrentiende que no debe resultar grato al oído de Dios, cuyo gusto musical debe sentirse únicamente reconfortado, cuando llegan hasta Él las cultas y elevadas notas de la música sacra creada por excelsos compositores.

Sin ánimo alguno de polemizar, me parece que no era eso lo que recomendaba Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, quien aconsejaba buscar a Dios incluso entre los pucheros. En ellos se han cocido unas veces berzas, otras garbanzos y hasta puede que alguna gallina en petitoria los días de fiesta, pero siempre utilizando los mismos peroles, testigos de la diversidad nutricia de las gentes del pueblo. Con la música popular ocurre lo mismo. No creo que llegue mejor a Dios una misa de Mozart o un motete, que el canto natural y sincero de una misa castellana cocida musicalmente en la misma olla en donde antes pueda haber hervido una canción de ronda o incluso una jota picaresca. El pueblo se acerca a Dios con lo que tiene más a mano, con las melodías que forman parte del acervo popular y colectivo recibido de sus antepasados, quizá porque no ha tenido ocasión de conocer y dominar la música culta surgida en unos ámbitos más elevados, a los que rara vez ha tenido acceso. Se llega a la iglesia con estas melodías, que una vez pueden que hayan servido para arropar un canto desgarrado, surgido del alma mientras se hendía el arado en la tierra yerma, pero que igualmente pueden ser utilizadas para rezar un Padrenuestro con total devoción.

Extraña sobremanera esta rigidez en las iglesias con nuestra música popular, cuando de todos es conocido que tras el Concilio Vaticano II queda proclamado el Pueblo de Dios, al que se le invita a participar en algunas partes de la liturgia, hasta entonces prohibidas. Después del Concilio se han venido seleccionando la música de conocidos temas populares, para arropar con ellos los himnos y cantos religiosos utilizados en la celebración de la Santa Misa. Puede que el más conocido haya sido el Sinner Man (hombre pecador), canción espiritual del folklore estadounidense, surgida en el ámbito religioso metodista a primeros del siglo XX, pero no grabada hasta 1959 por el grupo folk The Weavers; aunque fuera la gran Nina Simone quien luego la popularizara. En nuestra país se hizo celebre la versión de Nuestro Pequeño Mundo, grabada en 1969.

A esta misma finalidad, se han utilizado canciones de los Beatles; de Bob Dylan, su archiconocida Blowin in the wind (La respuesta está en el viento) se viene repitiendo domingo si y domingo también durante el ofertorio: «Saber que estará partiendo a los pobres su pan», dice el nuevo texto añadido; y sobre todo los Sonidos del Silencio de Simón y Garfunkel, usado con cierta frecuencia como armonioso telón de fondo musical en la consagración. ¿Alguien se ha parado a pensar, que este último tema formó parte de la banda sonora de la película El Graduado, que tiene como argumento principal un adulterio casi, casi incestuoso? ¿Puede ser ello más grato a Dios que un aire castellano lanzado al ídem de una de nuestras iglesias? Permítanme que disienta desde el fondo de mi fe en Dios y en su Iglesia, porque siguiendo a Santa Teresa intentaré seguir buscándole también entre los pucheros, aunque sea entre tajada y tajada, o lo que viene a ser lo mismo, entre canción y canción popular.