Heliodoro Albarrán – Flores amarillas

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Antes de empezar. Si ya lo hicieron con doscientos muertos recientes, ¿por qué se extraña la gente de que utilicen ahora uno solo? Yo a lo mío, los libros.

Esta Semana Santa terminé de leer el último libro, que yo sepa, publicado sobre García Márquez. Se titula: “La flor amarilla del prestidigitador”, cuyo autor es Gustavo Tatis Guerra, un gran amigo y gran estudioso de su obra. Aunque volveré a escribir más veces sobre Gabriel García Márquez, su obra y vida, baste hoy la confesión de que para mí es el más grande. Es muy difícil elegir un solo autor y un solo libro como “los mejores de tu vida”, pero si me obligan, Gabo es el más grande. Para mí.

Este libro citado es una delicia, es un repaso a las vivencias del autor con García Márquez a lo largo de muchos años, en la que nos descubre cómo escribió alguno de sus libros, sus fuentes, situaciones y acontecimientos familiares, su relación con Fidel Castro, cómo sus novelas son reflejo en muchos casos de su propia vida. En fin, si les gusta Gabo, es un libro que no hay que perderse, una gozada. Si no les gusta, pues a lo mejor les ayuda a comprender al personaje, exagerado siempre en su vida y en sus obras.

Pero me voy a centrar en la parte que cuenta los últimos días de vida de García Márquez y lo hago porque terminé de leer el libro el día de Jueves Santo y precisamente el día 17 de abril de 2014, 5 años antes, moría García Márquez y ¡era Jueves Santo! En 1995 declaró que estaba trabajando en sus memorias “ahora que aún lo recuerdo todo. Y no hacerlo cuando ya no me acuerde de nada”. Una premonición y una aversión personal que tenía al alzheimer y a la demencia senil que habían padecido su madre Luisa Santiaga, su abuela Tranquilina y dos de sus hermanos. Tenía en la cabeza el esquema de lo que serían sus memorias, en tres tomos, y lo que contendría cada uno. Parece que solo trabajó en el primero. En el 2004 publicó su última novela “Historia de mis putas tristes” y dijo que se tomaba un año sabático, en el 2005 empezó a ser consciente de que el fantasma le rodeaba y declaró: “que maravilla, lo estoy olvidando todo”, con su sorna y humor negro habituales al tiempo que metía prisa a su biógrafo, Gerald Martin: “me quedan pocos años de memoria”. Y cuando le preguntaban por el segundo tomo contestaba que “no habrá segundo tomo de memorias porque me está fallando la memoria”. En 2009 su editora y agente Carmen Balcells manifestaba su temor de que no volviera a escribir y lo confirmaron en el 2012 su hermano Jaime y sus grandes amigos Dasso Saldívar y Plinio Apuleyo. A finales de marzo de 2014 tuvo que pasar unos cuantos días ingresado en el hospital de Ciudad de México supuestamente por una pequeña infección, pero era el principio del fin.

Ya en su casa, en México, donde residió desde la década de los 60, agonizaba. Su mujer Mercedes Barcha, con la estuvo casado 56 años, no dejaba que nadie le visitara salvo sus dos hijos, su secretaria Mónica y su mejor amigo Guillermo Ángulo que fue el último que le despidió con un beso. Mercedes tenía siempre música de ballenatos para animar el silencio. El día 17 de abril de 2014, Jueves Santo, a las 12,08 horas, Mercedes con un cigarro encendido y una copa de tequila blanco, apagó la música y les dijo a los que allí estaban: “Aquí nadie llora. Aquí es a lo mero macho de Jalisco”. No dejó que nadie le viera. Un día antes en México hubo un terremoto de 7,2 en la escala de Richter, una premonición propia de Gabo y su mundo de realismo mágico. Fue incinerado en la intimidad. “Morirse es más difícil de lo que uno cree”, había escrito en “Cien años de soledad”.

Desde ese momento en su Aracataca natal y en otros lugares del Caribe colombiano y durante varios días todos llevaron una rosa amarilla en la solapa. El funeral público fue en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México y describen las crónicas que Mercedes llegó serena, austera, hermética, llevaba un saco oscuro con un prendedor en forma de mariposa blanca, la urna con las cenizas la portaron sus hijos y, poco a poco, se fue tapando con rosas amarillas. Había infinidad de coronas de flores amarillas, entre las que destacaba una con una cinta que decía: “De Fidel Castro Ruz al amigo entrañable”. Hubo música de Beethoven, Dvorak, Schubert y Mendelssohn y un grupo de acordeones. El libro termina con un recuerdo para el gran amor de Gabriel y Merdeces que duró los 56 años de matrimonio. El primer día que la vio, Gabo la describió así: “parecía una estatua en el portal, esbelta y lejana, y puntual en la moda del año…”. Como decía, delicioso. Un libro maravilloso para los que amamos el mundo de García Márquez. Un libro entrañable, que te deja con ganas de leer más sobre la vida de este grandísimo escritor.

Para terminar, me voy a tomar la licencia de recordar las 100 primeras palabras de la última novela que escribió “Memoria de mis putas tristes”:

El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía alguna novedad disponible. Nunca sucumbí a esa ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También lo moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás. Era algo menor que yo, y no sabía de ella desde hacía tantos años que bien podía haber muerto. Pero al primer ….

No tengo palabras. Aunque lo relea mil veces me sigue pareciendo magnífica, inolvidable. El más grande.

Al menos a mí me lo parece.