Francisco Muro de Íscar – Estos son mis principios

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Recordaba hace unos meses el director de La Vanguardia, Marius Carol, una frase de Winston Churchill, uno de esos estadistas que deberían ser de estudio obligatorio para conocer que, en algún momento, hubo políticos que merecieron ese calificativo. Lo digo, porque ahora es imposible saber a qué se refiere alguien cuando habla de estadistas. Churchill confesaba durante una sesión parlamentaria que se había tenido que tragar sus palabras y que había descubierto que era “una dieta equilibrada”. El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Y en una sociedad incontinente, donde es urgente decir lo que sea cada cinco minutos y donde, además, se graba todo, los políticos deberían medir sus palabras para no tener que avergonzarse no de las que les disparan otros sino de las suyas propias.

Desde que fue elegido secretario general del PSOE por primera vez, Sánchez ha sido proclive a decir una cosa y la contraria sin que entre ambas tuviera que mediar demasiado tiempo. “Con Podemos ni ahora ni nunca”, dijo poco antes de cerrar un pacto con Ciudadanos. Y luego, “me equivoqué, Podemos no es un partido populista”. Ya ven donde estamos ahora, con un Pablo Iglesias ejerciendo de vicepresidente del Gobierno, cerrando acuerdos para tener presencia en un Consejo del Poder Judicial que denostaba y visitando cárceles para cerrar unos Presupuestos del Estado para 2019 con los independentistas. “Sin Presupuestos para el 19 no se podrá gobernar y habrá elecciones”, amenazando a vascos y catalanes si no le apoyaban. Pero ahora está dispuesto a seguir gobernando con los del 19 de Rajoy, a los que enmendó a la totalidad, para luego asumirlos al cien por cien.

En su día anunció su compromiso personal de que si gobernaba —perdón, de que “cuando” gobernara— habría “funerales de Estado” para las víctimas de violencia de género, “con presencia del Gobierno y de su presidente”. Rectificó. Anunció que “sobra el Ministerio de Defensa” y ahí tienen a Margarita Robles. También prometió que quería gobernar “unos meses” para “recuperar la estabilidad y poner en marcha una agenda social”. Nadie duda que, si puede, aguantará hasta el último día posible antes de convocarlas. Dijo que “los poderes económicos me impidieron pactar un Gobierno con Podemos” y también que “los poderes económicos intentaron condicionar y hasta someter al PSOE y yo personalmente pasé por ese rubicón”, pero poco después señaló, tras presumir de “transparente”, que “a mí no ha habido ningún poder económico que me haya presionado. Nadie”.

En ocasiones no necesita contradecirse a sí mismo. Lo hace por persona interpuesta. Dijo en Antena 3 que “clarísimamente ha habido un delito de rebelión en Cataluña” apenas hace unos meses y ahora, la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, no ha dudado en afirmar que “el presidente del Gobierno nunca ha dicho que ha visto un delito de rebelión en Cataluña”. Fue Sánchez, pero no era presidente. Con el problema catalán tiene una especial fijación correctiva. Ha pasado de hablar de una nación “pero cultural” a “nación” o “nación de naciones”. De apoyar la aplicación del 155, a hacerlo a medias o a proponer un “referéndum de autogobierno”. De calificar a Torra de “Le Pen español” a pactar con él. Se puede escribir un libro. Y ya saben lo que dijo Marx, Groucho: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Los tiene.