Fernando Jáuregui – Se la juegan, nos la jugamos si nos la juegan

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La campaña electoral, esta campaña electoral, me provoca desconfianza. No me fío de los mensajes, ni de las promesas de eterna lealtad ni de los juramentos de quien dice que jamás se aliará con alguien. Se la juegan, y por eso tratan de huir de los errores, en lugar de procurar aciertos. Tanto Pablo Casado como Albert Rivera y Pablo Iglesias, si fracasan demasiado estrepitosamente, se juegan hasta su pervivencia política. No es, parece, el caso de Pedro Sánchez, si atendemos a lo que dicen las encuestas, ni tampoco el del líder de Vox, que, como parte de cero, todo resultado será bueno para él, aunque pueda no ser tan bueno para todos.

Ellos se la juegan; su vida política, que es ya larga, podría acabar despeñándose por el barranco. Y nosotros, los ciudadanos, nos la jugamos. Dicen que los electores jamás se equivocan, sino que quienes se equivocan son los que no interpretan correctamente el mandato de las urnas. Pero hay que afinar, escuchar muy atentamente lo que nos dicen, ahora que estamos a cuatro días del comienzo (oficial) de la campaña que ya, de cualquier forma, está siendo la más larga de nuestra historia democrática: dos elecciones en menos de un mes, para cambiar (o no) el Gobierno central, el Parlamento europeo, las presidencias autonómicas, las corporaciones locales, las diputaciones, miles de cargos. Todo puede ser muy diferente en junio.

Bueno, seguramente el Gobierno tardará más tiempo en formarse… si es que logramos sacar adelante a un candidato a la investidura y evitar la repetición de las elecciones, lo que no está garantizado: puede que estos partidos egoístas, incapaces de entenderse en torno a un programa regeneracionista, nos la acaben jugando.

Se la juegan y puede que nos la jueguen a nosotros, que nos jugamos mucho en este lance. Desde luego, voy a evitar —sería muy legítimo que lo hiciese, conste aprovechar esta columna para recomendar cualquier opción política. Ni lo haré ahora ni, claro, tampoco cuando comience de manera oficial la campaña; entre otras cosas, porque confieso que tengo algo indeciso mi voto. O, mejor, sé a quién no votaré, pero no a quién votaré. El mío será un voto meditado y llegaré a la urna— porque la abstención es lo último para introducir mis papeletas tapándome la nariz.

Pero, hasta entonces, no me taparé ni la nariz, ni las orejas, ni los ojos, ni la boca para denunciar todo lo que no me está gustando de esta campaña llena de silencios sobre los temas cruciales, temas que van a configurar el futuro de nosotros, los ciudadanos de los que nuestros representantes aparecen cada vez más alejados.

Admiro el valor de quienes se lo juegan todo a la carta de su propia opción política. Solo uno puede ganar, aunque todos reivindicarán, ya lo verá usted, su victoria y sus buenos resultados. Pero el valor, en política, y en la vida, no lo es todo. Me alarman la falta de talento, de voluntad de renovación programática ­­—cambian las caras, no las ideas­—, la ausencia de generosidad a la hora de acordar puntos cruciales para el porvenir nuestro y el de nuestros hijos. Tienen a España partida en dos, desalentada, harta de contemplar cómo se transforma en innoble el noble juego de la política, reducida a una mera cuestión de marketing. En fin, con este panorama a cuestas, hagan juego señores.