Enrique Jerez Cabrero – El alma de Segovia en juego … y líbranos del Mal

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“¡El emperador está desnudo!”, gritó el niño del cuento con más razón que un santo. “¡Una estatua al diablo!”, gritaría hoy, con los ojos como platos, si hubiera leído la noticia de que el ayuntamiento de Segovia se propone hacerle semejante homenaje al Maligno. Insólito, por decir lo menos.

Vaya por delante que esta carta está escrita por un católico, lo que hace probable que, a partir de ahora, el lector frunza el ceño, desconfíe o deje de leer sencillamente, pero las cosas como son. Por lo demás, este católico considera que no hace falta serlo para discernir el Bien del Mal (así como sus iconografías respectivas), so pena de haber perdido el juicio. Basta un mínimo sentido de la belleza y de la virtud para notar el alma apaciaguada ante una imagen que viene del Cielo, e inquieta y desazonada ante otra procedente del Abismo. Y alma tenemos todos: creyentes, ateos, agnósticos o indiferentes.

¿A qué viene, entonces, este despropósito? ¿Por qué poner a Satán en un pedestal? Caben al menos dos respuestas: o bien se trata de un contubernio satánico o bien de una mezcla de ignorancia, frivolidad, insensatez, morbo y oportunismo. Quiera Dios que sea lo segundo, sin perjuicio de que los devotos del culto luciferino (que los hay) estén frotándose las manos. En todo caso, se necesita esfuerzo para no caer en el “conspiracionismo” al descubrir que la inciativa prevé disponer al diablo ¡delante de una imagen de la Virgen y presidiendo la calle de san Juan…!

Aunque en este cuadro de resonancias apocalíptcas al cristiano le reconforte encontrar a María (pues está escrito que Ella, finalmente, aplastará la cabeza de la serpiente), también le preocupa mucho (créanme) lo que la “presencia” del Enemigo pueda llevarse por delante en el camino con su irradiación perversa. Digamos: el alma de Segovia, que es en definitiva la de sus habitantes, pues “En verdad os digo que en el Día del Juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad” (Mt 10:15). Este riesgo, que pocos tomarán en serio, es bien patente al corazón del católico, que reza cada día por su propia salvación y la de sus contemporáneos. En medio de este afán, se entenderá que la erección de una estatua a la pura encarnación del Mal en la ciudad amada sea tan dolorosa como una lanzada en el costado.

Y todo ello en nombre del becerro de oro, del ídolo-turismo. Pero ¿a qué precio? ¿A costa de vender al diablo el alma de Segovia? ¿Qué pensar, si no, de una ciudad que invite a sus visitantes a retratarse pasándole al demonio un brazo por el hombro? Parece una broma pesada. Pesadísima. Desde el punto de vista religioso, no sale uno de su asombro al concebir la idea de que alguien celebre así su propia condenación (o, como poco, su intimidad con el Adversario). Pero es que, desde el punto de vista profano, ¿qué no diríamos de un individuo dispuesto a salir sonriendo en la foto al lado de alguna figura representativa, para la mentalidad moderna, de la más consumada maldad (léase un Hitler, por ejemplo)? O tempora, o mores!

Es sabido que la astucia más sutil del demonio es hacernos creer que no existe. Desde luego, santos y sabios de todo tiempo no han dudado de su acción eficaz entre los hombres. Su existencia es dogma de fe para la Iglesia desde hace siglos, por más que últimamente se le saque poco a relucir en los púlpitos. A estas horas, cabe imaginarlo empachado de orgullo, ante la expectativa de ser adorado, como si tal cosa, riberas del Eresma. Porque a estas horas, vecinos de Segovia, una fétida nube de azufre se cierne sobre la más hermosa ciudad de Castilla.

Por nuestra parte, dos peticiones. A los católicos: oración y acción. A los demás: puro sentido común. La victoria del diablo no puede ser buena para nadie, se mire por donde se mire. Para evitarla, señora alcaldesa, autoridades civiles, segovianos todos: por el amor de Dios, deténganse un instante a considerar lo que va a hacer nuestra ciudad: erigir una estatua al demonio; es decir: erigir una es-ta-tua-al-de-mo-nio; o sea: e-ri-gir-u-na-es-ta-tua-al-de-mo-nio. Reconsidérenlo, por favor: el alma de Segovia está en juego.

Un católico.