Emilio Montero Herrero – Lucha entre la verdad y la mentira

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Casi todos los días padecemos la misma matraca: Cataluña. Todo en España gira alrededor de esta región y su dramática tragedia de identidad. Mientras Europa va hacia la integración; mientras el mundo es cada vez más global, España sigue lastrada en el fondo del siglo XIX por la piedra que los independentistas catalanes le han atado al cuello. Y es que todo está bloqueado en España por la cuestión catalana. Los Presupuestos dependen de la cuestión catalana. Las elecciones dependen de la cuestión catalana. La supervivencia de Gobiernos y presidentes depende de la cuestión catalana. El juicio contra los líderes independentistas que organizaron el 1-O va para largo.

Son incansables en el resentimiento a España, infatigables en el acoso a la Constitución y pertinaces en su deseo de independencia, una obsesión que les lleva a defender algo tan indefendible como el derecho a la autodeterminación, inexistente en el mundo, salvo para colonias. Son fervientes discípulos de la propaganda que mejor ha funcionado en la Historia: que una mentira repetida cien veces se convierte en verdad, lo que me recuerda las tres teorías que mantuvo Ortega: la primera, que la mentira machaconamente repetida y no contrarrestada acaba por convertirse en verdad; la segunda, que los hechos acaecidos y no contados acaban por desaparecer, es como si ni hubieran existido; y la tercera, para mi fundamental, que la media verdad, hábilmente manipulada, es todavía más dañina que la mentira, porque resulta más creíble. Es cierto que estamos en la era de la información, pero la recibimos en tal cantidad que nos resulta difícil cribarla, porque junto a la veraz también nos llegan falacias, sobre todo mucha media verdad que llega a confundir incluso a quienes somos testigos directos de un determinado periodo de nuestra historia.

España se juega estos días su dignidad como país en una lucha entre la verdad y la mentira que marcará a toda una generación o quizás al futuro de este pueblo, de hacer valer la verdad en un juicio frente a una manada de violadores de la Constitución y las leyes. No se juzga a Cataluña y ni mucho menos a España, se juzga a un grupo de politiquillos que se tienen creído que son los más importantes de la Historia, cuando en realidad son unos simples manipuladores de la gente, que se han visto favorecidos por más de treinta años de connivencia de políticas que favorecían la implantación de una idea que no es realizable por ningún motivo. Cataluña no ha sido nunca una nación independiente ni es ni mucho menos un territorio invadido ni colonizado por el Estado de España.

Estamos en plena campaña electoral y volveremos a comprobar, lamentablemente, si se cumplen las encuestas, que la formación de ese posible gobierno volverá a depender de los independentistas. Y es que los sucesivos gobiernos de España siempre han ido por detrás del enemigo nacionalista para conseguir los votos necesarios para gobernar, pero las concesiones nunca llegaron tan lejos como hasta ahora, consiguiendo además, contra todo pronóstico, que los millones de españoles que los votan soporten sin rechistar que estos enemigos de España casi gobiernen, además de conseguir más dinero, ventajas y concesiones que el resto de las comunidades españolas. Y todo ello, consecuencia del sistema electoral que tenemos, que permite que partidos políticos de corte nacionalista o independentista con implantación en determinados territorios alcancen el suficiente número de diputados que permite que sin ellos sea imposible gobernar. De esta forma, salvo los períodos de mayoría absoluta, siempre todos los partidos gobernantes han pactado con estos partidos citados para alcanzar el gobierno del Estado y a cambio les han ido satisfaciendo todas su peticiones, que no son otras que ir poco a poco obteniendo poder en sus respectivos territorios para así el Estado tener menos capacidad normativa allí.

Esto no parece muy democrático que ocurra, porque si estamos dando una representación desmesurada a estos partidos, que no llegan algunos ni al 3% del total de votos en todo el Estado, unas minorías imponen sus criterios a la hora de gobernar, únicamente con el objetivo de obtener prebendas para sus territorios sin pensar en el general de todo el país. Pues, a pesar del desastre a lo que nos está conduciendo esto, los partidos políticos siguen, erre que erre, sin ponerse de acuerdo para modificar nuestro sistema electoral. Quizás es que seamos masoquistas. Dese luego esto no ocurre en ningún país democrático.

Ahora, en esta línea de cesiones a los nacionalistas por gobernar España, están las preocupantes declaraciones del Sr. Iceta, al decir que los requisitos para convocar un referéndum de secesión en Cataluña sería un porcentaje de voto a favor del 65%. Bueno, al parecer, esos números ya dan. Según las encuestas los porcentajes de voto actualmente son los siguientes: Juntsxcat: 21,58%, ERC: 21,30%, PSC: 13,81%, En Comú-Podem: 7,43% y la CUP: 4,44%. Lo que suman más del 68%. Pues bien, ya tienen más del 65%. ¿Y ahora qué? ¿Por qué no se hace la consulta a todos los españoles, que son los que tienen la legitimidad constitucional?

Está claro que España necesita reavivar los adormecidos conceptos de la Conciencia Nacional y el de Patria. Con corrección pero también con claridad y firmeza, nuestras preocupaciones deben centrarse en los valores que más importan: la unidad de nuestra patria, la solidaridad entre todos los hombres y mujeres de todas las tierras de España, su igualdad ante la ley, y en que la soberanía reside en el todo el pueblo español, no sólo en una parte de él. Una España en paz, unida y alegre, orgullosa de su Historia milenaria, capaz de asumir sus grandezas y también sus momentos duros y tristes, una España que mire con fe al futuro y que siempre esté en primera línea en la defensa del respeto a la dignidad del ser humano. Ojalá nuestros políticos estén trabajando para recuperar esa confianza y sobre todo para resolver lo realmente importante.
Dios quiera que en las próximas elecciones sepamos votar con inteligencia, responsabilidad y sensatez para hacer una España mejor.