Eduardo Juárez Valero – Quemando el patrimonio

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Me despertaba el otro día con la noticia desagradable de que habían incendiado la base de madera del crucifijo que, desde hace más de cinco décadas, preside la explanada del llamado Llano Amarillo, en el Robledo del Real Sitio, obligando a los bomberos a sofocar tal despropósito, salvando la citada talla.

Verán ustedes, más allá de las implicaciones religiosas por las que un servidor, tendrán que disculparme, no quiere transitar, tal acto de barbarie me retrae a un pasado lejano y presente, que tiene el patrimonio histórico cultural en el objetivo o, mejor dicho, colateralmente perseguido. Ya sea por la búsqueda de expresividad, visibilidad de determinadas ideas o reivindicaciones, sean peregrinas o no, de un tiempo a esta parte parece ser que nada está a salvo de los ignaros ignorantes, inconscientes de la trascendencia que el patrimonio conlleva. Cada día nos levantamos con sucias y despreciables pintadas afeando cualquier lugar que se precie de ello, ya saben, de no estar sucio; agresiones permanentes a todo tipo de monumento, sea milenario o no; cretinos palurdos subiéndose al acueducto segoviano, a las blancas esfinges de René Fremín en la fachada del Palacio Real de San Ildefonso; turistas bárbaros encaramados a hornacinas en el Patio de los Reyes del monasterio de San Lorenzo del Escorial; salvajes asilvestrados arrasando el bosque, aparcando en cualquier camino cercano al río; destruyendo caminos, veredas y arramplando con setas, flores; pisoteando centenarios setos de platabanda para estar dos centímetros más cerca de la fuente de Neptuno o tratando de trepar por la gloriosa secoya del Medio Punto o arrancando un trozo de corteza, vayan ustedes a saber por qué, de la secoya roja del huerto del Rey, también llamado jardín del Potosí.

Uno puede pensar que todo esto, este dislate incomprensible, tiene que ver con la edad de los agresores, con su falta de formación, con su escaso o nulo acceso a la información. Y se equivocarán. El desprecio por el patrimonio histórico, cultural, natural y artístico ha sido una tónica en este país a lo largo de su historia con unas pequeñas y honrosas aunque tristes excepciones. Tenemos una amplia y consensuada ley de protección de patrimonio que nadie conoce, ha leído o estudiado y que los defensores de la misma se niegan a aplicar con la contundencia que el respeto al patrimonio exige. Los políticos, por su parte, con la tradición de actuar tras la desgracia, la destrucción y la pérdida del patrimonio, no se quedan a la zaga. Uno puede comprender que un rey como Felipe V tomara la decisión de construir un palacio nuevo en lugar de recuperar la maravilla de Valsaín, aunque sólo sea por razones políticas. Ya saben, palacio de los Habsburgo, palacio maldito. Si no, de qué iba a estar enterrado en la cripta del Real Sitio. Ahora, que dejaran arruinarse el Albergue Real del Puerto de la Fuenfría; el Jardín del Príncipe Carlos en el cercano y citado Robledo; que echaran a perder el ingenio de John Dowling en la Carretera de Francia o la súper máquina de Demetrio Crow; que desapareciera la fábrica de camafeos de Isabel de Farnesio, a la que dedicaré un próximo artículo, la máquina vieja de Valsaín o la red de majadas, descansaderos y corrales del Paraíso; todo ello hace clamar al cielo por un cataclismo cultural que ponga a todos en su sitio. Que nos haga comprender que el Patrimonio no pertenece a un momento o un grupo social: que nadie entienda como suyo lo que ha recibido en herencia de generaciones pasadas y aprenda a pasarlo a las generaciones futuras como testigo del respeto que nuestros antepasados se merecen. Que es más importante defender la inviolabilidad del acueducto, la necesaria comprensión de que cada uno de los granos de aquellos sillares nos pertenecen linealmente a todos los humanos, que esforzarse por atraer turismo pernicioso con vanas polémicas pseudo antropológicas y, desde cierto punto de vista no muy lejano, pueriles y hasta lamentables. Que no se deben ensuciar las fachadas magníficas de la Real Fábrica de Cristales, de la Casa de la Máquina o la casa del Sumiller de Corps; estatuas, jardines, árboles. Que resulta más fácil poner una placa de término del Parque Nacional en alguno de las rocas que atornillarla impunemente a un joven y lozano pino, a quién tres rábanos le importa la ley de Parques Nacionales, el PRUG y la declaración de la Reserva de la biosfera y sí mantener toda su savia en el interior, a salvo de los malditos xilófagos que todo lo destruyen.

Parece mentira que en el mundo de la información globalizada, del acceso múltiple al conocimiento, de la formación profunda y superior de la sociedad haya que estar explicando que es nuestra principal obligación la protección, preservación, difusión y disposición del Patrimonio recibido como garantía de la supervivencia de la propia identidad, de lo que hemos sido y será este mundo ingrato en el que vivimos.

Sea, pues, este artículo recuerdo de nuestra obligación con lo recibido y la obligatoriedad de vigilarlo para ponerlo inmaculado en manos de las próximas generaciones. Y si quieren quemar algo, empiecen por prender la ignorancia que tan bien conserva una gran parte de esta nuestra querida sociedad.

Eduardo Juárez Valero es Cronista Oficial del Real Sitio.