Eduardo Juárez Valero – Papeles de seda y reyes prudentes

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No crean que soy fanático del papel. Como buen medievalista, donde esté el pergamino, sin duda, que se quite el papel, sea cual sea su origen. Y, a pesar de la bronca que me llevaré de mi querido amigo Fermín de los Reyes, el Sinodal de Aguilafuente, primer libro impreso en la historia patria, habría quedado divino en aquella fabulosa vitela utilizada por la cancillería vaticana. Soy consciente de que sacarle la piel a un cordero recién nacido o a un becerro sería poco correcto hoy en día. Un tanto aberrante, la verdad, pues todos sabemos que la piel de cordero recién nacido debe dejarse en el susodicho para darle horno, sal, agua y manteca. Vamos, que es un crimen despellejar a un corderito para hacer unas pocas páginas.

Quizás, por ello, dejando los lechazos en los hornos y las plumas en el tintero, decidieron los fabricantes de papel hacer alguna que otra floritura, y emplear tejidos de la más alta calidad para crear el llamado papel de seda, suave como la vitela, pero sin dejar a los corderos sin su deliciosa cobertura. Claro, que el dicho papel era de lo más costoso y sólo los muy ricos lo empleaban para los trámites más ceremoniosos y formales. Es por eso que no entendí en su momento por qué utilizó Felipe de Habsburgo, futuro Rey Prudente, papel de seda en la carta que me encontré hace unos días en el Archivo de la Catedral de Segovia.

Datada el 7 de abril de 1547, escribía el Príncipe Felipe al obispo y Cabildo Segoviano recordándoles que le debían dinero. Al parecer, el rey Carlos I, su señor padre, había establecido un impuesto extraordinario de galeras para afrontar los gastos producidos por las guerras contra los turcos; especialmente contra el persistente pirata Barbarroja, a quien habían desalojado de Túnez en 1535 y permanecía atrincherado en Argel, a pesar de los reiterados intentos por desalojarle.

Los sucesivos obispos de Segovia debieron pensar que aquello no iba con ellos, que a ver cómo iban a llegar esos sarracenos del demonio a la capital castellana. Como no fuera remontando el Eresma… Así que, durante meses, le dieron calabazas al poderoso rey hasta que se le inflaron las ínfulas al regio príncipe, quien, con mucha educación, mano izquierda y papel de seda, les explicó dónde y cuándo debían llevarle el dinerito del impuesto.

Seguro que el Deán, al ver el papel de seda y el sello de cera, echó a correr hasta la linde jurisdiccional con la bolsa llena de reales, maravedíes, escudos y ducados, no fuera a ser que el príncipe gastara otro trocito de papel de seda, esta vez con menos gracia y salero.

Y pensando en el famoso Timeo danaos et dona ferentes de Virgilio, háganme caso: respecto al estado, la mejor noticia es no tener noticias.

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Eduardo Juárez Valero es Cronista Oficial del Real Sitio.