Eduardo Juárez Valero – El ojo del Frankfurt

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Hace un par de días estaba el que suscribe degustando unas empanadas venezolanas en el Rincón de Tomás de Collado Mediano con mi querido editor, Herminio Gas y su adorable compañera, Lourdes, que me vino a la mente el recuerdo de mi añorado amigo Ángel Lozano. Resulta que Herminio Gas ha sido operado recientemente de cataratas en su ojo derecho, como mi hermano mayor, Ángel Herrerín, el año pasado. Y es decirme alguien que le han tocado el ojo, que mi cerebro recupera instantáneamente la voz ronca, cavernosa y profunda de Ángel Lozano, allá por el año 2008, contándome cómo perdió el suyo.

Al parecer, el pobre Ángel se destrozó uno de los ojos jugando con el cierre de un fusil en un año indeterminado entre el principio, el final de la Guerra Civil y los primeros años de la posguerra. Ni me acuerdo de cuántas veces me contó cómo aquel Coronel Médico le sacó el ojo averiado con una cuchara, mientras le sujetaban tumbado sobre una de las mesas del antiguo Salón Moderno, nuestra perdida discoteca El Chuletín.

Y no crean que olvidaba detalle escabroso alguno acerca de la operación improvisada, siempre dejando el estómago de un servidor en vilo. Claro que, justo en el momento en que mi desayuno trataba de escapar, me cambiaba el tema y me explicaba como Azaña y Negrín habían encabezado la ofensiva sobre La Granja para, en otro cambio de escenario, contarme las regañinas de su tía en Madrid cuando llegaba a casa con pedazos de carne de burro del racionamiento diario. Parece ser que Ángel no distinguía bien la carne de ternera de la de burro, ni siquiera por los pelajos negros del lomo que esta última llevaba. Me pregunto si tendría algo que ver el ojo en la cuchara del Coronel Médico. En no diferenciar la carne o en distinguir a Negrín y Azaña del resto de la tropa republicana, digo.

El caso fue que nunca supe donde pasó la Guerra Civil Ángel Lozano. Si estuvo en La Granja o en Madrid. O en ambos sitios a la vez. Seguro sí que sé que pasó la posguerra en el Paraíso. Fue en aquellos duros años de escasez, cuando, como ocurre hoy día, los jóvenes se planteaban abandonar el Paraíso en busca de un trabajo decente que llevarse a la boca. Y Ángel que, aunque trabajaba ya en el Banco Español de Crédito, no quería ser menos que nadie, tomó la decisión de irse para Alemania, como el «cara patata» de Alfredo Landa en aquella película de los setenta. Y fue enterarse los jóvenes del Paraíso, que empezaron a llamarle «El Frankfurt», mote que sobrellevó toda su vida, aunque no llegara a poner ni un pie en el extranjero.

Ahora, si bien el Frankfurt no salió al extranjero en su vida, sí se relacionó estrechamente con extranjeros durante una época épica de su vida. Dado que su familia gestionaba el Salón Moderno y el cine Infanta Isabel ubicado en el tristemente desaparecido Teatro Real del San Ildefonso, acabó, vayan Vds. a saber cómo, de contable pagador para las películas que Samuel Bronston produjo en el Paraíso durante los años sesenta. Ya fuera «55 días en Pekín», «La Caída del Imperio Romano» o «el Cid», nadie era más respetado que el Frankfurt, al menos a la hora de cobrar. Para todos aquellos actores, el Frankfurt era, en realidad, D. Ángel. Y, aunque nadie conseguía echar el ojo a Ava Gardner o Stephen Boyd, el Frankfurt presumía de ser recibido por Sofía Loren en sujetador. «Para que te fijes lo que puede el dinero», me decía entre calada y tos seca. Y no crean que se dejaba amilanar. Un día hizo volver al chofer, pues tenía uno, hasta el maravilloso y segovianísimo Hotel Sirenas para que Charlton Heston le devolviera su bolígrafo Parker. «Mucho Cid, mucho Ben Hur y ya ves», comentaba sonriendo, «en el fondo, un mangante». Lo que hubiera dado por ver la cara del actor al ver de vuelta las gafotas del Frankfurt.

De las cosas que más lamentaba, sin duda, haber visto cómo reventaban impunemente los restos del Palacio de Valsaín en el rodaje de «La Batalla de las Ardenas». Y, por supuesto, no haber echado un pasodoble a la Loren en el baile del Bar Madrid o del Salón Moderno. O un paseíto por el Paraíso demostrando a todo los vecinos que no hace falta más que un ojo para cegar a todo el paisanaje.

Este verano se cumplirán diez años de la última despedida de mi amigo Ángel. El Señor Ángel Lozano. El Frankfurt. No me cabe la menor de duda de que, allá donde fuera, siguió dando la nota, comiendo carne melenuda de burro y asustando a Charlton Heston, mientras paseaba por la Calle Real del brazo de Sofía Loren, aunque su querida esposa, Merche, le dejase de hablar durante el próximo eón.

Por lo que a mí respecta, me bastará con que sigamos recordando sus aventuras, su voz profunda y rota y nos revuelva el estómago, una vez más, su maldito ojo en la cuchara del Coronel Médico sobre la mesa del Chuletín.

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Eduardo Juárez Valero es Cronista Oficial del Real Sitio.