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Vivimos la enésima etapa de la vida tecnológica. Queremos tener todo controlado. Un solo botón para tener la información necesaria en ese instante, a sabiendas que quedará obsoleta unos segundos después. Necesitamos el ‘ya’ como si fuera aire. Nos agobia, nos apabulla no ser los primeros en conocer la última noticia, el resultado, los goleadores, la clasificación. Lejos de ser periodistas, nos hemos puesto tareas para que la práctica deportiva que realicemos o, simplemente en la que actuemos como meros espectadores, tenga continuidad una vez concluya el partido de turno, hasta el punto de empalmar con el de la jornada siguiente.

Nos va la marcha. Ser el centro de atención en la tertulia del bar ya no sirve cuando nuestra opinión puede llegar a cientos de personas a través de las redes sociales. Un ‘me gusta’ equivale a un gol de nuestro equipo y tenemos que ganar ese partido sí o sí.
Pero toda esa tecnología no sólo queda fuera del propio juego. En el año I de la era del VAR nos hemos convertido en diseñadores gráficos, editores de vídeo y arquitectos que manejamos frames, perspectivas y puntos de fuga como verdaderos expertos.

Seguramente el objetivo fuera facilitar la labor arbitral pero creo que se les ha olvidado un detalle importante: Esa lupa permanente no tiene en su software conciencia, miedo, presión… es decir, lo que realmente somos todos y cada uno de nosotros: personas.

Vaya por delante que en el baloncesto me quedé anclado en la época de Epi y Audie Norris. Intento, aunque seguramente no consiga, ponerme en la piel de los árbitros de la final de Copa del pasado fin de semana. Si cometo el error (porque soy humano) de no señalizar la falta de Randolph sobre Singleton e instantes tengo que juzgar la última jugada… reconozco que en ese momento hubiera barajado dos opciones: salir corriendo del Wizink Center como un poseso, o ver en los monitores no lo que es posible que haya ocurrido, sino lo que me gustaría que pasara para minimizar los efectos en mi conciencia por la jugada anterior.

Que sí, que son profesionales, que tienen once tomas para observar y revisar y que seguramente deban ser sancionados, pero si afinamos el microscopio del forofismo según nos convenga, disculparemos los gritos lamentables en el Metropolitano, el baile de dedos de Cristiano y el acomodamiento de los Cholos a dos manos.

Es deporte y aunque me toque abrir el paraguas lo haré sabiendo que un 26 de enero del 2010 en el Fonix Arena de Debrecen (Hungría) pudo cambiar la historia tras un penalti ejecutado por Javi Rodríguez que entró como un misil en la portería rusa. Los árbitros Fritz y Sunjic anularon el lanzamiento, prolongando una agonía con final feliz.

No olvidemos el factor humano. Ante tanta sobredosis tecnológica, seguro que sería más eficiente la mediación del honorable Juez de Paz de la leal villa de Basardilla para resolver muchos conflictos.