Ángel Galindo García – Quema de iglesias en la España del siglo XXI

357

Acaba de llegarme un video en el que, según dice, miembros de Podemos simbolizan la quema de una iglesia o capilla en la universidad de Madrid, quemando físicamente un mural representando a una Iglesia. Es curioso cómo estos jóvenes o mayores de Podemos muestran dictatorialmente el rechazo a la libertad religiosa y la libertad de expresión.

Este hecho replantea muchas cuestiones: cuando mi padre en los años sesenta me decía que los de izquierdas quemaban iglesias, no llegaba a creerlo. Yo era un chaval. Posteriormente he estudiado el tema y he visto este video y me hago muchas preguntas: ¿el odio de esta gente va en contrata de la libertad religiosa y pretende crear enfrentamiento entre los ciudadanos? ¿qué mal han hecho los cristianos a esta gente? La respuesta inmediata es clara: ninguno, con Jesús de Nazaret hicieron los mismo.

El ataque con cócteles molotov a la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid no es una anécdota. Es el tercero que se registró en un año contra lugares de culto, y en dos de ellos aparece la misma pintada invitando a la violencia: “La iglesia que ilumina es la que arde”.

Tan cierto es que no cabe establecer una relación de causalidad entre estos hechos y los mensajes anticlericales de determinados líderes políticos, como sería de necios no advertir los riesgos de algunos discursos a la hora de crear el caldo de cultivo que propicia este tipo de agresiones.

De la misma forma, tampoco ayudan a evitar ataques así, sentencias como la que hace dos años absolvió a Rita Maestre. La portavoz del Ayuntamiento de Madrid había sido acusada de un delito de ofensa a los sentimientos religiosos por el asalto flagrante a la capilla de la Universidad Complutense en el campus de Somosaguas. El polémico fallo de la Audiencia Provincial crea una sensación de impunidad que envalentona a grupos fanáticos o muy ideologizados.

El tribunal consideró que el hecho de desnudarse en una capilla no implica la “profanación”, y que la ocupación de un espacio como el altar, con feligreses en su interior orando, “supone un mínimo ejercicio de violencia, aunque de escasa intensidad”. Con esa vara de medir, algún juez podría ver en las pintadas que animan a quemar iglesias la expresión de un simple pensamiento filosófico.
Un sacerdote, que ha vivido este último año el ataque a su parroquia, declara hace unas semanas en El Español que los autores “son jóvenes con el discurso de la Guerra Civil”. Lo descorazonador es que 80 años después, en pleno siglo XXI, haya personas dispuestas a reproducir algunos de los capítulos más odiosos de nuestra historia, como fue la quema de iglesias.

¿Es esta la democracia que queremos? NO: esto se parece más a una dictadura nacionalsocialista alemana que a una democracia del siglo XXI. El derecho a la libertad religiosa y de culto está recogido en la Constitución y debería ser sagrado en una sociedad democrática. Por eso es tan importante atajar los comportamientos violentos que tratan de romper la convivencia y devolvernos a etapas superadas hace mucho.

Por el mismo precio habrá que rechazar las ideologías dictatoriales y hitlerianas de algunos de la izquierda. Aunque todos no son iguales. No se nos ocurrirá quemar signos políticos con los que en algunos casos no estamos de acuerdo. Por encima de todo la convivencia y la demócrata, el consenso y el respeto a la dignidad de la persona.

Después de la quema de iglesias, llegó la matanza de miles de personas por el solo hecho de ser creyentes. Los políticos callaron hasta que llego un momento por desgracia en que unos y otros se enzarzaron en una guerra civil.

Las raíces de los males de España, dice el filósofo Julián Marías -que por cierto fue creyente de izquierdas durante la República y Franco le marginó hasta final de sus días- no está en la religión, la raíz nace del odio, la venganza y la mala interpretación de la memoria histórica. Quien camine por esta senda hará mucho mal a España. Sin embargo, los signos violentos como el quemar iglesias hacen mucho daño y producen mucho dolor a quienes creen en Dios y en el otro.