Ángel Galindo García – Escuela social

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Me toca hoy ofrecer a los lectores algunas propuestas sobre la escuela social. Lo hago desde el estudio realizado en mi experiencia de más de treinta años como profesor universitario y en escuelas medias y de haber potenciado diversas titulaciones referidas a las enseñanzas y Facultades Universitarias de Educación.

Como punto de partida, los lectores saben que es preciso distinguir ‘Estado’ de ‘Sociedad’. El Estado está formado por diversas instituciones políticas que actúan en ámbito estatal, autonómico y provincial con los tres poderes democráticos (legislativo, judicial y gubernativo). Sin embargo, la Sociedad está formada por el conjunto de personas, familias, asociaciones de todo tipo con capacidad de iniciativa social y privada.

En este contexto social han existido en la historia diversas instituciones de enseñanza social de gran relevancia. Me referiré, como respuesta a los comentarios a mi artículo sobre la ‘Educación estatal’ aparecidos en esta misma sección, a dos ofertas sobre educación social desarrolladas a lo largo del siglo XX: la Escuela de Freire y la de Barbiana.

Comienzo con la educación liberadora de Freire. Paulo Freire (1921-1997) fue uno de los mayores y más significativos pedagogos del siglo XX. Con su principio del diálogo enseñó un nuevo camino para la relación entre profesores y alumnos. Sus ideas influyeron en los procesos democráticos por todo el mundo.

Freire fue el pedagogo de los oprimidos y en su trabajo transmitió la pedagogía de la esperanza. Influyó en las nuevas ideas liberadoras en América Latina y en la teología de la liberación, en las renovaciones pedagógicas europeas y africanas, y su figura es referente constante en la política liberadora y en la educación. Fue emigrante y exilado por razones políticas por causa de las dictaduras.

Freire conoció desde niño la realidad del nordeste brasileño, en el que hasta hacía poco se vivía en esclavitud y que por aquellos tiempos las clases rurales vivían en relaciones laborales de opresión, marginadas del proceso social, político y económico y sin participación alguna en las decisiones importantes para el país.

Ahí se introduce Paulo Freire, e intenta que sus coterráneos rompan su pasividad y silencio, reconozcan la fuerza de su unidad transformadora, adquieran la capacidad crítica para relacionarse con la sociedad y se liberen de sus ataduras, única posibilidad de cambio de la sociedad. Se inserta en las nuevas ideas revolucionarias que existían en América Latina en los años 60, imbuido del lenguaje de liberación surgido de las corrientes más avanzadas del catolicismo, que provocaron la teología de la liberación, y utiliza elementos de la dialéctica marxista para la visión y comprensión de la historia.

Unas palabras sobre la escuela de Barbiana: es el itinerario pedagógico de don Lorenzo Milani, creador de la experiencia de Barbiana. Los principios de la Escuela de Barbiana recogidos por ocho alumnos de esta escuela en el libro ‘Carta a una maestra’ son los siguientes: no suspender, escuela de jornada completa y una finalidad, la creación de una nueva sociedad.

Lorenzo Milani nació en Florencia (Italia) el 27 de mayo de 1923, en el seno de una familia burguesa, culta, liberal y atea, aunque su madre era de origen judío.

Para Milani, el sistema democrático representaba teóricamente el intento más elevado de la humanidad para dar libertad y dignidad humana a los pobres. Pero, algo funcionaba mal en este sistema, puesto que la policía sólo se movía cuando se trataba de defender los bienes del Sr. Agnelli (el jefe) contra el obrero, pero nunca lo hacía para defender al obrero contra el Sr. Agnelli.

Se imponía una cuarta exigencia pedagógica: una escuela social, es decir, una escuela que sepa distinguir a los opresores de los oprimidos y que dé a estos últimos las armas para liberarse. El voto y la huelga, junto con el dominio del lenguaje, serán los elementos capaces de transformar pacíficamente esta sociedad injusta.

Por último, Barbiana establece como finalidad educativa el advenimiento de una nueva sociedad. Para ello hay que ‘armar’ a los pobres con las armas de la palabra y del pensamiento; hay que tener el celo de elevar al pobre a un nivel superior; no a un nivel igual al de la actual clase dirigente, sino superior: más humano, más espiritual, más cristiano, más todo.