Ángel Galindo García – Antonio Palenzuela, un canto a la verdad

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Utilizando el lenguaje del evangelio, se podría decir de Palenzuela “mirad un hombre en quien no hay engaño”. Recibí la gracia de trabajar con él en diversas tareas diocesanas y especialmente tuve la ocasión de viajar junto a él fuera de Segovia y de España para asistir a eventos de índole intelectual y universitario.

Él valoraba muchas facetas importantes del ser humano: dialogó con personas de todas las laderas: creyentes y no creyentes, políticos e intelectuales, labradores y pedigüeños, y conversaba tanto con los políticamente de izquierdas como con los demócratas cristianos, con un labrador del pueblo más remoto de Segovia como con el pobre a quien abría las puertas de su casa.

En todo caso, nos miraba a los ojos, de abajo hacia arriba, buscando en nuestra mirada la verdad que manaba de nuestro interior. Tal es así que una de las acciones que más le dolieron fue la mentira y el engaño del grupo PSOE/PRISA durante la guerra de los catecismos. Desde entonces no volvió a comprar el PAIS, entorno cultural con quien había estado dialogando casi diariamente hasta esa fecha.

Y es que si se puede hablar de odio en él, solo existía a la mentira. El consideraba que la difamación va en contra de la verdad y de la justicia. En contra de la verdad si lo que se dice del otro es mentira. Se trata de hacer daño en un bien interior con repercusiones materiales. Y en contra de la justicia si, aunque lo que se dice es verdad, se intenta perjudicar al contrario.

Asimismo, Palenzuela se oponía a la considerada “falsa buena fama”: se refiere a estar de moda. La tolerancia está de moda, decía. Pero la moda tiene el peligro de no estar de acuerdo con la verdad porque oculta la verdad y porque es algo pasajero. La moda tiene relación con la belleza pero es la versión negativa de la belleza. La auténtica belleza es permanente, la moda pasa como llega y desaparece como engorda.

Rechazaba la falsa tolerancia de los políticos o lo “políticamente correcto”. A veces, según él, se es intolerante porque se ha perdido el miedo a equivocarse. Se dicen las cosas sin haber mirado antes si lo que se dice es verdad o no. Sin embargo, la tolerancia tiene una relación directa con la verdad. Quien no se preocupa en ver si lo que va a decir es verdad o no, tiene el peligro de caer en la intolerancia. Por eso, él llamaba al pan “pan” y al vino “vino”. No andaba con medias tintas.

Según Palenzuela, no da lo mismo estar instalado en el bien que no. Desde el bien es más fácil alcanzar la verdad. Por ello, no era partidario de las expresiones intolerantes como: “que cada uno viva su vida”, “hay muchas maneras de pensar”, “si a él le gusta”, “cada uno es muy libre de hacer lo que quiera”, “cada uno puede hacer lo que quiera con su cuerpo”….

Antonio Palenzuela era una persona para quien la imagen del hombre en la vida es diferente si afirma o niega la verdad. La verdad no es algo periférico a la vida del hombre. Es algo esencial al ser humano de manera que quien miente se define como un mal hombre o una persona sin hacer.

La verdad se impone por sí misma. La verdad no hay que tolerarla sino simplemente aceptarla. Defender la verdad no es erigirse en intolerante, sino en un entusiasta de una causa digna. Solamente el ignorante impone desconsideradamente sus criterios sin pensar que puede estar en el error.

El que está en la verdad suele ser comprensivo, porque sabe que con facilidad se puede deslizar en el error. En cambio, quien no sabe nada y además no sabe que no sabe, con facilidad se erige a sí mismo en el creador de la verdad. Hoy, sin embargo y por desgracia, al error se le llama “posturas personales”.

En este centenario del nacimiento de Palenzuela, hay que recordar que era un sabio que buscaba la verdad porque es de hombres no permanecer en el error. Era sabio y bueno porque vivió en la verdad.