Ana M. Herrero – El tráfico en la calle San Juan, vida para la ciudad

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Parece inminente la reapertura al tráfico de la Calle San Juan, y a pesar de que la señora alcaldesa ha repetido que el transporte urbano va a retomar su recorrido normal, sabemos que el Concejo aprobó por unanimidad estudiar la posibilidad de reducir el tráfico por el casco antiguo, por lo que no tiene nada de particular que algunas personas nos inquietemos ante la simple posibilidad de que alguien proponga adoptar determinadas medidas lesivas para los vecinos.

Casi todos podemos coincidir en que hay momentos -especialmente los fines de semana con el turismo- en los que es necesaria la adopción de medidas que limiten el tráfico, algo que ya viene haciendo el Ayuntamiento. Sería impensable que se permitiera que todos los turistas que nos visitan subieran con el coche a intentar aparcarlo en la Plaza Mayor, cuando ni siquiera se permite que suban los familiares de los vecinos. En este sentido, esas medidas serían más eficaces si de una vez por todas se situaran aparcamientos disuasorios en lugares estratégicos bien conectados con el centro.

Otra cosa es que se pretenda modificar la planificación actual del transporte público, que los usuarios valoramos como muy bueno. La propuesta planteada señala a ese respecto que se debería estudiar “la opción de establecer recorridos de autobuses más frecuentes desde la plaza oriental hasta el casco histórico, mediante lanzaderas de menor tonelaje”, lo que al parecer sería “una alternativa interesante para facilitar el acceso a esta zona de la ciudad a personas con movilidad reducida y fomentar el uso del transporte público. Bueno, pues está claro que ni lo uno ni lo otro. Las personas con movilidad reducida lo que quieren es llegar de una tacada a su destino, sin las incómodas y hasta peligrosas subidas y bajadas de un vehículo, unidas, lógicamente, a las inevitables esperas, por pequeñas que sean. Y en cuanto a fomentar el transporte, ese sistema lo que haría -evidentemente- sería todo lo contrario, disuadir de tomarlo, porque difícilmente va a gustar hacer en dos etapas lo que se puede hacer y se viene haciendo en una. Habría que grabar a fuego en la mente de nuestros políticos que su labor es hacer algo tan sencillo como pensar en las necesidades de la población y facilitar su día a día, sin crear complicaciones donde no las hay.

Otro argumento que en varios momentos se ha intentado vender es que había que proteger la “ciudad medieval” del paso de los autobuses urbanos, añorando una Arcadia feliz en la que todos nos desplazábamos en burro, pero entiendo que esto de ninguna manera puede aceptarse, porque precisamente entre el Acueducto y la Plaza Mayor apenas quedan vestigios de esa época. En realidad, lo que podíamos considerar como tejido medieval se demolió completamente en el siglo XX al poner en práctica distintos proyectos de “alineaciones” gestados por Odriozola y otros arquitectos municipales, precisamente con la idea de facilitar el acceso de “carruajes”, que se preveía iban a ser indispensables en el futuro como signo de progreso y calidad de vida.

Con esos criterios, a finales del siglo XIX se fueron derribando las iglesias de San Pablo y de San Facundo, la puerta de San Juan y el convento de los Huertos, y se hicieron plazuelas y zonas verdes; los pocos edificios medievales que quedan en pie se libraron del ardor “progresista” por los pelos, ya que algunos de ellos llegaron a estar señalados para la “alineación”. El resto de la ordenación se llevó a cabo en tres fases. Entre los años 20 y 30 del siglo XX, primero se procedió al ensanche de Cronista Lecea, Plaza de la Rubia y Serafín, y en una segunda fase se acometió toda la calle de San Agustín. La tercera fase -como quien dice hace nada, en 1963- consistió en la expropiación y derribo de todos los edificios de uno de los laterales la calle de San Juan.

Total, que nos guste o no, la ciudad medieval en lo que se refiere al vial Plaza Oriental-Plaza Mayor desapareció hace mucho tiempo con el fin de facilitar el paso de vehículos y la vida ciudadana, y los pocos edificios de esa época que han sobrevivido han mantenido su estructura gracias en definitiva a una solución tan sencilla como la aportada por el semáforo de la Diputación, más que suficiente para hacer compatible el tráfico de la zona y estos edificios singulares. Renunciar a eso cuando la solución está ya inventada sería absurdo.

El casco antiguo de Segovia, por suerte y a diferencia de lo que ocurre en otras ciudades, no está muerto pero tiene debilidades que hay que atender. Desde luego que hay que mantener e incluso intentar recuperar los edificios administrativos, ya que la proximidad entre ellos facilita enormemente las gestiones, y por descontado habrá que hacer un plan de rehabilitación y adaptación de viviendas, para impedir que “el proyecto de alineación” actual consista en… dejarlas caer, porque desde luego ésa es la impresión que transmite el Ayuntamiento con su política (o, más bien, falta de política) al respecto. Al mismo tiempo, tenemos que valorar y cuidar nuestro sistema de transporte público que, a pesar del mal estado actual de la flota, es magnífico y sirve adecuadamente a los vecinos; tampoco estaría de más potenciar su uso en lugar de ponerle trabas, ya que todavía hay muchas personas (incluso protectores acérrimos del patrimonio y medio ambiente) que, paradójicamente, no lo utilizan.

En resumen: dejemos fluir el tráfico por la remozada calle de San Juan y demos vida a la ciudad: el casco antiguo y los demás barrios se beneficiarán de esta medida.