Santiago Sanz Sanz – En vía uno, andén primero…

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Anunciaba su llegada con un fuerte silbido alrededor de la media noche; era su señal de identidad y también se había convertido en una referencia horaria para todo el sur de la ciudad. De forma lenta realizaba su entrada aquel tren correo procedente de “Madrid-Chamartín con destino Santander”. Se iniciaba de esta manera casi una hora de actividad frenética en la estación de RENFE segoviana.

El fresco de la noche invitaba a acercarse a muchos segovianos curiosos y desvelados, que entraban por el vestíbulo para unirse, en todo ese trasiego puntual, a quienes les tocase el turno de la por entonces muy numerosa familia ferroviaria. Recuerden que era una plantilla compleja de actividades diversas y funciones concretas: jefes de estación, factores de circulación, taquillas, guardagujas, interventores, enganchadores, capataces, guardafrenos, etc…

Tanta afluencia de gente solía coincidir con las noches más calurosas del verano. Eran muchas las caras conocidas del barrio que se cruzaban en las idas y venidas de sus paseos desde las marquesinas de los andenes, hasta el final de las plataformas despejadas, donde bajo las estrellas, en lo más oscuro, habría alguna que otra pareja acaramelada. Con algo más de prisa, algún vecino del Puente de Hierro tomaba apresurado el atajo que lleva hasta los edificios de ladrillo del cerro; exactamente el delimitado por las dos trincheras escavadas en roca viva, de las vías de Madrid y de Medina del Campo.

El convoy hacía su entrada. Primero la máquina eléctrica japonesa que iba seguida de un vagón cama, después uno o dos vagones con literas y por último, con las ventanas abiertas y llenas de gente asomada, venían los vagones de segunda por delante de las unidades de carga.

Desde el mismo momento de su parada, había quienes se subían o se bajaban. Con todo ese movimiento en el primer andén, unos y otros se cruzaban con los carros del correo, con la escolta, con toda la mercancía y los ferroviarios en la última (o primera) faena del día. A veces, algún joven “mochilero”, guitarra en la mano, era apeado por ir sin billete. Entonces intentaba volver a mezclarse con la gente del andén para probar incorporarse de nuevo al tren, mientras terminaba de bajar alguno que otro, con destino Segovia, que se habrían quedado dormidos regresando de Madrid sin percatarse en un principio de la parada.

Por un módico precio, se ofrecían las bebidas que cargaba un “emprendedor del barrio” con un cubo lleno de latas metidas en hielo. Anunciaba a gritos su propuesta de marcas refrescantes, al pie de los vagones y al alcance de los pasajeros que fumaban en las ventanas. También estaban pendientes de todos los detalles, quienes simplemente observaban alrededor del paso subterráneo apoyados en aquellas barandillas de hierro forjadas en una geométrica filigrana, o desde cada una de las puertas de las diferentes dependencias: la sala de circulación, la consigna, donde había una enorme báscula, la oficina del Jefe de estación, el quiosco de prensa de la señora Emilia, la oficina de la Brigadilla (Guardia Civil) que había sido en su origen la sala de autoridades (reales para más detalle). Después la sala de espera de las clases ya más “populares” y al lado; la antigua cantina, que al igual que la propia estación era centenaria… de las de antes.

Más allá de los almacenes, junto al botiquín donde el Dr. Víctor Sanz tenía su consulta, acostumbraba a sentarse una cuadrilla de adolescentes que escuchaban rock duro cada noche, disfrutando así de la licencia del tiempo nocturno extra que suponían el verano y las vacaciones. Antes de llegar al muelle, estos pasaban caminando con el radiocasete frente a los vagones de segunda y en un inocente ejercicio de voyerismo, observaban el interior iluminado de cada uno de los departamentos como si viesen las viñetas animadas de un tebeo, o las escenas de interiorismo indiscreto de los cuadros de “Edward Hopper”, con todos los personajes reviviendo, y por qué no; pensando en convertirse algún día en ellos, en un viaje parecido o con ese destino concreto.

Para el tren correo, sin duda se trataba de una de las paradas más largas. La peculiaridad de la estación segoviana solía requerir el cambio de maquina; de esta manera se invertía el orden del convoy cuando retomara de nuevo la marcha. Esto llevaba su tiempo; el suficiente para realizar de sobra todo ese trajín del primer andén con las operaciones de carga y descarga de mercancías en lo que duraba el propio enganche de la máquina, que culminaba con el suave impacto de esta en retroceso y que era percibido sutilmente por el resto del tren con una leve sacudida encadenada.

Los adolescentes, entre risas y música, seguían expectantes; seguro que para el final del enganche, el desterrado de la guitarra ya había pasado a ser para ellos una especie de héroe y de no haber podido subir de nuevo al tren, se habría integrado en la cuadrilla o estaría pensando en dónde pasar la noche… y como él, un poco todos estarían en esa misma sintonía, ya que el “jefe de circulación”, dando la salida al tren con su silbato y la máquina respondiéndole con su silbido, marcaban la hora de vuelta a casa , o lo que es lo mismo: cada mochuelo a su olivo…

Aunque todo sucede en el mismo espacio de “la antigua estación de RENFE” (hoy casi abandonado o infrautilizado), con algunos de los detalles y menciones que no son contemporáneos, me he tomado la licencia de querer mostrárselos en un mismo instante. Sin duda me falta capacidad de síntesis para expresar, o memoria para recordar, lo que aconteció y a tantas personas que vivieron o trabajaron entorno al edificio de la estación y el espacio que la rodea, como del mismo modo resultaría imposible enumerar la cantidad de visitantes y de segovianos, que por allí pasaron cargados con maletas repletas de proyectos e ilusiones, dirigiéndose hacia diferentes destinos, más de alguno incierto, cuyas salidas y regresos empezaron o terminaron en aquel punto concreto; “ la vía uno del andén primero”.