Santiago Sanz Sanz – El bálsamo de subjuntivo

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Supongamos que se nos planteara un escenario donde costase encontrar un simple tema de debate social cuya interpretación no se observase siempre a través de un prisma ideológico y que de antemano no tenga definidas dos posturas polarizadas de opinión. Que se percibiera en el ambiente un constante y machacante mensaje cargado de odio político con el único objetivo de que nos habituásemos a un clima de máxima crispación y nos sintiéramos propensos, de manera natural, a tener ciertas derivas radicales. Que estuviésemos en una campaña electoral permanente donde se acentuaran las emisiones de una propaganda ideológica extenuante. Que predominase un escenario donde la “pos verdad” estuviera alimentando el ataque dirigido a personas, instituciones o ideas y que en algún momento llegásemos a hacer eco de ella dándole cierta credibilidad. Que esto ocurriese porque su contenido pudiera resultarnos complaciente y que ese fuera simplemente el motivo para no dudar de su veracidad.

Que todo sucediese mientras los responsables políticos fuesen señalándose unos a otros como responsables de ese panorama de enfrentamiento. Que se emitiesen discursos altamente crispantes desde púlpitos de plazas abarrotadas, estrados oficiales o desde confortables platós de televisión. Que entre toda esta polaridad y extremismos, nos olvidemos de cuestiones como la economía mientras se lapidan los débiles márgenes de solvencia de una forma descaradamente electoralista. Que con todo esto corriéramos el riesgo de posicionarnos en la misma coyuntura económica de hace una década.

Que tuviésemos que soportar sonrisas irónicas, actitudes de prepotencia e histerismos de pancarta por parte de quienes debieran dar ejemplo. Que estos mismos se jactasen de superioridad moral cuando solo son expertos en generar polémica dando muestras de un profundo desconocimiento constitucional, artículo catorce incluido, que no es otro que el habla de la igualdad de todos los españoles. Que pudiera ser más grave aún en el caso de que conociéndose el contenido se estuviese desinformando deliberadamente sobre dicho artículo, con la intención de ir crispando más el ambiente y de paso ir menguando la credibilidad de una Constitución herida maliciosamente… ni lo piensen.

Que hubiera quien creyese que ese interés premeditado de generar esa “tensión social”, se debiese a que en alguna ocasión, algún mal politico lo hubiera podido considerar un buen campo de cultivo donde generar un excelente rédito electoral.

Que a la hora de desenvolvernos socialmente pudiera llegar un momento en el que hubiera que ser extremadamente cuidadoso al abordar cualquier tema en según qué círculos, donde ya no sirviera el empleo de la educación clásica, el respeto o la prudencia como fórmula tradicional para evitar conflictos. Que además, se requiriese un mayor grado de información y de anticipación, por encima de la normas, con el objetivo de no herir algún tipo de moderna sensibilidad emergente que esté fuera de nuestro ámbito de conocimiento. En pocas palabras: “que tuviésemos que hilar muy fino, en un contexto donde no nos quede ningún otro espacio libre de susceptibilidades más que el que nos proporcionen los verdaderos amigos”.

Que llegados a ese límite, sigamos imaginando cómo poder darle a todo esto un buen giro… por ejemplo; pensemos que todos en este reino, políticos incluidos, tuviéramos la suerte y las ganas de estar siempre rodeados de personas que más que alimentar los egos fueran realmente objetivas y manejasen un verdadero “pensamiento crítico”. Que gracias a ello, pudiéramos entender que es lógico que “incluso en política”, deban coexistir puntos de vista distintos y enfoques relativos. Que en la mayoría de las cosas, lo raro siempre sería que se consiguiese una conjunción absoluta pero que si se aplicase en cualquier caso la inteligencia y un mínimo de esfuerzo, conseguiríamos que los “aspectos de coincidencia” prevaleciesen sobre el resto. Que para entonces, recordaríamos aquello de que “son más las cosas que tenemos en común que las que nos diferencian”.

Ojalá que el sentido común, la tolerancia, la empatía, la permanente disposición receptiva al entendimiento, los matices y el talante comprensivo del que pudiese hacer gala una buena amiga o amigo, regresasen a nuestras vidas como la fórmula del antídoto definitivo contra la fractura social. Hagámoslo extensivo sin esperar a los acontecimientos. Pongámonos manos a la obra empezando por aplicarnos en nosotros mismos la correspondiente dosis de ese revulsivo, y hagámoslo antes de que desaparezca el apósito balsámico de tiempo que significa el subjuntivo para no darnos de bruces con un fallido, intolerante, irreversible y demoledor presente de indicativo.