Santiago Sanz Sanz – Camino del “1984” (setenta años después)

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Hace unos días le di “play” a un video en una red social sobre una intervención pública de un joven político de aspecto púber, de sobra conocido, y candidato a presidir una comunidad vecina. En la charla describía cual era la estrategia y la conveniencia de crear una “red de militantes”, por no decir “clientelar”, de grandes dimensiones. Si bien él insistía en lo idóneo de crearla a través de introducir a los suyos en el terreno de lo asociativo, me temblaron las piernas al imaginarme el mismo despliegue e idéntica posibilidad de que se hiciese en paralelo en la propia administración.

Suerte que en este país somos inmunes a la endémica intención de apalancar de manera permanente en las Instituciones públicas y en la Sociedad Civil legiones de adeptos. Aquí estamos todos vacunados con la triple vírica del nepotismo, el tráfico de influencias y en general del colegueo. Así que podemos estar tranquilos y sentirnos a salvo de cualquiera de estos males, porque no hay motivos que nos hagan pensar que en este reino algo no va a seguir su curso estrictamente legal.
Si sobredimensionamos esta remota posibilidad (insisto, fantástica), se le podría apreciar cierto cariz de un intento de “control extremo” casi atribuible a la visión del mismísimo Orwell en su apocalíptica novela “1984”. Lo digo por todos esos matices de intención apreciables, en el despliegue de cualquier “red clientelar”, como son el deseo de “omnipresencia” en el ámbito público y la obvia vocación de “gran hermano” en lo institucional y ciudadano. Claro, que ese sería el pronóstico dramático visto desde la perspectiva de un pájaro de mal agüero o un “pesimista visionario”. Si preferimos huir del mal augurio, teniendo en cuenta quienes somos y en qué manos estamos, deberíamos desdramatizar desde un prisma satírico y fantástico. Me inclinaría por intentar imaginar un escenario inspirado en las particulares y desenfadadas percepciones que los desaparecidos Tom Sharpe o Jorge Ibargüengoitia plasmaron en sus puntos de vista acerca del sistema y de los entresijos de la propia administración, enredos y sátiras las de ellos, dignas de haber sido narradas por el mismísimo Gila.

Imaginen un escenario de ficción en el que los partidos que se alternan en el poder coincidiesen en la misma estrategia de establecer redes clientelares aprovechando los periodos favorables. Estos serían aquellos en que los ciudadanos les dignificasen con el ejercicio del poder. De esta manera saturarían de adeptos enchufados con cargo blindado la administración y cualquier ámbito del servicio público y asociativo. Habría que suponer que estos, bien agradecidos, dedicarían sus mayores esfuerzos a sus causas ideológicas antes que afrontar el tradicional y debido desempeño del cargo adjudicado, como por ejemplo; sabotear las acciones de los enchufados del bando contrario, que habiéndolo, daría entonces pie a esta farsa; La guerra de trincheras dentro de la administración estaría declarada.

Imaginen las dimensiones que alcanzaría el entramado ficticio en unas cuantas legislaturas, con o sin alternancia. En semejantes y tan bastos tinglados paralelos, sería imposible reconocer a todo el mundo y terminarían desconfiando “unos de otros”. Seguramente intentarían tener infiltrados en el bando contrario, pero de eso teóricamente nunca deberíamos enterarnos, a no ser que fuesen espías muy malos. Puede que también hubiese células durmientes haciendo sudokus en algún departamento o archivo a la espera de ser activados ¿Será o no será de los nuestros? pensarían oteando el horizonte cada vez que hubiese alguna cara nueva merodeando por los despachos.

Desde las diferentes dependencias, a modo individual por parte del colocado, se realizaría el pertinente informe interno, de interés para el partido, por el conducto reglamentario de su correspondiente bando. Correrían circulares, también de curso interno y en el sentido contrario, para proporcionar instrucciones a modo de misiva y encomienda del mando: “Mediante la presente y a consecuencia del desconcierto generado entre los componentes de nuestro bando, a partir del próximo día X, se recomienda lucir en la solapa un distintivo de color “amarillo”(por ejemplo) que nos distinga claramente y de cara a evitar el “fuego amigo” entre tanto “fuego cruzado”. Posdata: “Absténganse de ponérselo los infiltrados”. Alguna más del tipo: “La dirección del partido prohíbe confraternizar con el enemigo. Recuerden que son aquellos que llevan distintivos de colores o símbolos contrarios”… este último comunicado a consecuencia de algún informe de curso interno previo, con que algún celosillo militante avispado, alertaba de un presunto flirteo observado cuando delante de la fotocopiadora, adeptos y contrarios, intercambiaron magdalenas de contrabando .

Y a todo esto; entre tanto lio, escaramuzas, sabotajes, zancadillas y palos en los radios… ¿Quién trabajaría? Pues el de siempre, el funcionario clásico. Aquel que en esta surrealista farsa estaría prácticamente extinto o sentenciado. El funcionario de plaza, el cuidadoso, el eficiente, resolutivo y abnegado. Aquel que permaneciendo atrincherado detrás de los legajos, lejos del alcance de la marabunta de enchufados peleando, intentaría sobrevivir sometido a la tensión del ejercicio cotidiano de permanecer neutral a los ojos del resto, y teniendo que asumir una mayor carga de trabajo.

Llegaría por la mañana a su puesto sin ningún periódico debajo del brazo, sobre todo para no dar lugar a suspicacias ni a ningún tipo de comentarios. Ni siquiera prensa deportiva, de por sí ya peligrosa y además la carga el diablo. Imaginen qué paranoia tener que pasar el rato del café y del pincho de tortilla, sintiéndose observado. Terminaría condenado a vagar errante por los pasillos y despachos víctima del “bullyng” prácticamente aislado. Sería claramente objeto de desconfianza y de señalamiento para aquellos más numerosos, los del “lazo”. Los mismos que, incluso estando en hipotéticos bandos contrarios, coincidirían en desconfiar de él y probablemente harían el mismo comentario a su paso: “cuidado, cuidado… que ahí va un frío y descolorido tecnócrata con plaza de funcionario… uno que ganó una oposición después de matarse estudiando y quién sabe si para conseguirlo, vendió su alma al diablo… cuidado… cuidado”.