Raúl García Castán – Música acuática

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Es la hora, confusa y mágica, en que la frontera entre la vigilia y el sueño es incierta. Todo es oscuridad, todo silencio en la noche, y de puro silenciosa, la noche es casi musical. Afuera, tras la ventana, el Eresma murmura, monocorde y eterno, su historia milenaria, y las estrellas escuchan atentas, titilando con fulgor adolescente allá arriba, en el negror del cosmos. Nuestro entrañable Eresma es un río doméstico, pero indomable; es un río fibroso, que no tiene el ancho pecho de que presume su hermano mayor, el Pisuerga, ese Mississippi de tierra de campos, ni tampoco posee el prestigio literario con que los poetas glosaron la música acuática de vecinos caudales como el Tormes o el Duero: “río Duero, río Duero, nadie a acompañarte baja”. Gerardo Diego jamás hubiera podido decir eso refiriéndose a nuestro familiar Eresma, a su paso por Valsaín un sábado de agosto por la tarde. Hijo de los mil manantiales que fecundan a su madre, la montaña guadarrameña, el Eresma parte en dos el valle de Valsaín, antes de migrar hacia la rubia llanura castellana, que diría Ortega. Alguno de esos arroyos nutricios del Eresma, como el sonoramente llamado Cambrones, esculpe, en su camino hacia nuestro Eresma, caprichosas formas en la roca, fluviales “calderas”, que dan nombre al bello paraje homónimo, que, perteneciendo al término municipal de Palazuelos, todo el mundo asocia a La Granja.

Nos hemos apropiado Las Calderas, sí, pero a cambio les hemos regalado a los palazolenses nuestro cementerio, que, por esas cosas de los reyes de España -para un monarca de antaño, término municipal era todo terreno comprendido entre Cádiz y Finisterre- también está ubicado en su terruño vecinal. Los hemos cargado con el muerto, o sea. El Eresma es un río proletario, que lleva siglos domesticando la áspera fiereza del nativo granito de la sierra de Guadarrama, asedándolo hasta dejarlo lampiño como el mármol. El Eresma es un río suicida que se precipita voluntariamente desde altivos paredones, estallando en cien mil carcajadas de cristal al romper contra las piedras pulidas de agua y siglos. El Eresma, nuestro Eresma, es un rayo de plata que zigzaguea saltarín y travieso por entre los pinares umbríos, y su caudal travieso e indiscreto se cuela por las quebradas sombrías, violando las angosturas secretas del lecho fluvial, demorándose  en los recodos milenarios y ciegos, adonde el sol no llega jamás.