Raúl García Castán.
Raúl García Castán.
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Desde que el quinto de los felipes convirtió una humilde granja de frailes jerónimos en su chalet de verano, para desestresarse de los rigores de la corte madrileña, los habitantes de La Granja hemos estado inevitablemente abocados, como en una especie de tobogán natural, hacia la ciudad de Segovia. Ora en solitario, ora en gorjeante bandada, según el propósito, a la capital hemos acudido los aborígenes granjeños en busca de los más variopintos lances: ocio, trabajo, comercio, amor… Y la ciudad siempre se mostró permeable, y hasta receptiva, ante nuestra pacífica invasión. Hasta ahora.

Porque a día de hoy, y gracias a esa muralla inexpugnable llamada circunvalación, Segovia ya no es Segovia, sino una especie de nueva Troya en la que, para entrar, hay que inventarse alguna estratagema como la del caballo de Ídem. Yo, cada vez que voy, me llevo una mochila con víveres, botiquín, pistola de bengalas y una manta para hacer señales de humo, por si acaso.

Al final he dado en sospechar si no será todo una estrategia para promocionar el turismo de interior, ya que, una vez dentro de la circunvalación, vayas donde vayas, te hacen darte antes un garbeo por la provincia de Ávila o por tierras pucelanas. Solo hay una cosa más difícil que entrar en Segovia en automóvil: salir en automóvil. Quien ha diseñado esas obras es, sin duda, un genio. Un genio del mal, para ser exactos. El laberinto del Minotauro es como el patio de mi casa, comparado con esa telaraña de asfalto que rodea Segovia. Si en Sagunto, en vez de murallas, hubieran contratado al que planificó esto, jamás hubieran entrado los romanos. Tía Enriqueta salió una tarde a jugar su partida de Bridge, con sus amigas segovianas, y lo último que supimos de ella es que entró en la circunvalación. Ahí se pierde su pista, aunque hay quien asegura que, en las noches de luna llena, se puede ver un auto fantasma tocando el claxon desesperadamente, intentando encontrar una salida que no esté cortada.