Raúl García Castán – Elogio de las ruinas

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Ya lo decía Quevedo, un señor antiguo, muy moderno, que le copió las gafas a John Lennon: “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados…” Don Paco, allá donde se encuentre ahora —que me figuro será el Parnaso, o algún sitio de esos a los que van los poetas inmortales cuando se mueren— sabrá disculparme por haber escrito ya casi media columna usando descaradamente, en mi ruin provecho, su celebérrimo soneto. En su poema, las citadas ruinas simbolizan la decadencia moral, espiritual y física de la España de su tiempo. Si en vez de haber nacido en el Siglo de Oro, Quevedo hubiera nacido en este siglo de… ¿hojalata? en el que ustedes y yo moramos y morimos… ¿qué no hubiera escrito? Figuras poéticas aparte, quien esto escribe ama esos melancólicos despojos del tiempo que hemos dado en llamar ruinas. Diré más: donde esté una buena ruina, que se quite una mala restauración. Las ruinas son el esqueleto de la historia: vida muerta, existencia petrificada en la que se conservan el aroma, los ecos y la memoria de los días que fueron y ya no son. La Granja de San Ildefonso fue, durante años y de manera casi literal, un paraíso en ruinas. Los vetustos palacios y las nobles casonas languidecían roídas por el paso del tiempo, mirando a través de sus desencajadas ventanas, como ojos escrutadores, al indiferente transeúnte. Nosotros, felices niños de finales de los 70, correteábamos a través de los pasillos desiertos de las solitarias mansiones, subíamos a torres decadentes, bajábamos a húmedas criptas, resucitando siquiera durante unos segundos el antiguo esplendor de aquellos salones donde, quizá, una vez se barajaron los destinos de España. Cada hueco, cada habitación, cada rincón, eran puertas hacia mundos perdidos y misteriosos. Un día, ya en la adolescencia, entramos en la antigua Real Fábrica de Cristales. El edificio llevaba abandonado varios años y se encontraba tal y como sus postreros moradores, los últimos obreros en abandonar el lugar, habían dejado sus viviendas al marcharse. Al adentrarnos en cada una de las estancias polvorientas, el calendario colgado en la pared marcaba obstinadamente la misma fecha, como si el reloj vital de toda aquella gente se hubiera detenido al unísono, y las paredes desconchadas, los muebles, los enseres, los cubiertos en la cocina, la ropa en los cajones saqueados solo a medias, eran como una alegoría de la vida sin vida. Y por primera vez en mi vida -que no última- vinieron a mi cabeza los inmortales versos, quizá aprendidos recientemente en clase de literatura: «Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes…»