Raúl García Castán – Andarse por las ramas

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Dicen lenguas anabolenas que Estrabón, un romano que era griego, nunca dijo lo que dijo acerca de la exuberancia arbórea de la península ibérica en tiempos pretéritos. Ya saben, aquello de que una ardilla podía recorrer Hispania saltando de árbol en árbol, desde Gibraltar hasta Finisterre, sin tocar el suelo. Como las únicas ardillas que conozco de cerca son Banner y Flappy, no voy a cuestionar la afirmación de don Estrabón.

Sí sé, sin embargo, que a día de hoy el simpático roedorcito no pasaría de Gibraltar (con esto del Brexit, los bobbies le pedirían los papeles a no dudar). Eso por no hablar de las autopistas, los coches, la señalización en 47 lenguas distintas y, sobre todo, la galopante despoblación vegetal de toda España. ¿Toda? ¡No! .

Una aldea poblada por irreductibles aborígenes resiste, todavía y siempre, al invasor deforestamiento. Porque, sin ánimo de hacer chauvinismo de guardarropía, si algo nos distingue de la Castilla secular, son los árboles: las kilométricas hileras de plátanos podados, crispados como sarmentosas manos que quisieran arañar el cielo de un imaginario Guernica picassiano; la dictadura vegetal del pino Valsaín, con su ejército de verdes flechas amenazando el firmamento; la aristocrática elegancia del Castaño de Indias; la serenidad del añoso y patriarcal roble; el colorido del indefinible mosaico botánico de los jardines de Palacio, con sus mastodónticas secuoyas al frente… Andarse por las ramas aún es posible en esta tierra. Y que nos dure.