¿Pudo haber sido asesinado Enrique IV de Castilla? (II de III)

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Jesús Fuentetaja

Cerramos la semana de las interrogantes históricas que iniciamos el domingo anterior, en donde nos preguntábamos si fue el pueblo de Segovia quien proclamó a Isabel como reina de Castilla, o fueron sus partidarios quienes así lo hicieran, aprovechando su presencia en nuestra ciudad. De una manera u otra, para que esta proclamación fuera posible, resultaba necesario que antes pasara a mejor vida su “amado hermano Enrique”, lo que acabó sucediendo en la madrugada del domingo 11, al lunes 12 de diciembre. ¿Falleció Enrique IV de muerte natural, o fue el resultado de un complot culminado con el envenenamiento de su regia persona? He aquí un nuevo motivo de duda.

Me ha parecido oportuno traer ahora el tema, no sólo porque se haya cumplido esta semana la efeméride del fallecimiento del monarca, sino también por el reciente curso que el Centro Asociado de la UNED de Segovia ha venido celebrando en el Real Sitio de San Ildefonso, sobre los magnicidios producidos en el siglo XX. Curso, que uno, amante de la historia ha seguido con especial interés con el fin de conocer la forma, manera y circunstancias en que dejaron el mundo de los vivos y no por voluntad propia precisamente, dirigentes políticos tan carismáticos como Trotsky, John F. Kennedy, Gandhi, Carrero Blanco e incluso la celebérrima Sissi. ¿Fue acaso la muerte del rey Enrique IV otro magnicidio con cinco siglos de antelación?

En el contexto histórico de la Baja Edad Media, no resultaba extraño que acontecieran este tipo de sucesos, en donde la ponzoña ni quitaba ni ponía rey, pero sí que ayudaba al señor del sicario que la manejaba. La principal acusación de asesinato parte de la propia hija de Enrique IV, la princesa Juana, apodada maliciosamente como la Beltraneja por las insidias palaciegas y nobiliarias, que apostaron para la sucesión de su padre, primero a la carta de su tía y madrina Isabel, para luego pasar a defender la causa de la presunta hija, cuando comprobaron lo difícil que les iba a resultar manejar a la tía. Que se lo digan al Marqués de Villena y al Obispo Carrillo, expertos muñidores de conspiraciones cortesanas. Pues bien, en un manifiesto de cuatro páginas, datado en 1475 y firmado de puño y letra por Juana de Castilla, acusa directamente a Isabel de haber ordenado el asesinato de su padre:”… y le fueron dadas hierbas y ponçoña”, acaba diciendo. Es evidente que este manifiesto no puede ser admitido como prueba irrefutable del posible asesinato, puesto que se trata de una declaración de parte y por lo tanto carente de toda objetividad. Es solo una baza política más de las utilizadas en la cruenta guerra desatada entre los partidarios de una y otra candidata en la disputa del trono.

Sin que pueda considerarse concluyente, sí que parece al menos más objetiva la opinión de Gregorio Marañón, quien después de examinar la momia de Enrique IV, depositada en el monasterio de Guadalupe, viene a manifestar en su libro “Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo”, publicado en el año 1941, lo siguiente: “Mas es lo cierto que mucho mejor que a cualquiera de ellas se acoplan los trastornos descritos a los de un envenenamiento; tal vez el arsénico, el más usado por entonces, en cuya fase final hay una intensa gastroenteritis sanguinolenta y anasarca”.

Las sospechas del posible magnicidio que recaen sobre los partidarios de Isabel, pueden venir también alimentadas por los precedentes que no resultaban favorables para creer en su inocencia. “Cuantos podían ser obstáculo a la fortuna de Isabel, siempre morían oportunamente para ella”, afirma Gabriel Gaillard en su “Historia de la rivalidad entre España y Francia” y que es recogida por Manuel González Herrero en “Segovia y la reina Isabel I” (2004). En 1466, es Pedro Girón, Maestre de Calatrava, con quien se había concertado el matrimonio de la hermana del rey y no deseado por ésta, el que enferma súbitamente camino de Ciudad Real, falleciendo solo tres días después. La infanta se pasó un día entero rogando a Dios que muriese ella o el Maestre, antes de consentir en la celebración del enlace. El otro suceso que siembra la duda es la muerte en Cardeñosa, el 5 de julio de 1468 del infante Alfonso, hermano también de la futura reina, a quien llegaron a proclamar rey en sustitución de Enrique IV en la conocida como Farsa de Ávila del 5 de junio de 1465 y que moriría: “con indicios de veneno en una trucha que le dieron para cenar”, dice Colmenares; posiblemente salpimentada con una buena dosis de arsénico, en este caso sin compasión, añadimos por nuestra cuenta.

Con todo lo expuesto, no pretendemos ni quitar ni poner rey, ni mucho menos reina, sino sólo alimentar la duda, aquella a la que Sócrates consideraba imprescindible para poder aproximarse a la verdad.