Miguel Ángel Herrero – El fotomontaje

117

Se veía venir. Siguen creciendo las críticas contra la estatuilla diabólica que la alcaldesa se ha empeñado en plantar en la calle San Juan. Los motivos para rechazar la ocurrencia han inundado las páginas de este periódico centenario, lo mismo en letra impresa, que en caracteres digitales. Muchos se han centrado en la posible alusión ofensiva a las creencias religiosas de la mayoría de la gente. Otras opiniones han discrepado de la oportuna elección del lugar donde se pretende instalar la estatua del malévolo personaje. Un tercer grupo de ciudadanos lo rechazaban por su fealdad, antes de ver el fotomontaje. Una vez conocido, las distintas opiniones han coincidido casi de modo unánime. El espantoso y desafortunado contraste con el Acueducto al fondo, lo dice todo. La vista del majestuoso monumento no puede ser más chocante con la figurilla de un diablejo tan deforme y grotesco. La sobria estética del Acueducto no se merece ese adefesio de comparsa, y mucho menos para “inmortalizarlo” en fotos. ¿Se lo imaginan en las cámaras y teléfonos móviles de turistas de medio mundo?

En mi opinión, la cuestión importante aquí no es el símbolo. Creencias religiosas a parte, todas respetables, la cuestión de fondo, una vez más, es la falta de trasparencia de los y las responsables que han decidido este proyecto. Los ciudadanos tienen derecho a hacer algunas preguntas sobre este affaire. Por mucho que se trate de una donación hay que explicar su legalidad. ¿Puede el Ayuntamiento recibir una donación sin atenerse a la normativa que lo regula? ¿Por qué no se ha hecho una consulta ciudadana sobre la conveniencia de instalar esa estatuilla? Sin embargo, hicieron un amago de consulta con los llamados presupuestos participativos y con la movida de los nombres de algunas calles. Y, a todo esto, ¿qué opinan los partidos de la oposición? ¿Están de acuerdo con la actuación de la alcaldesa y la concejala del ramo? Algo tendrán qué decir. Se pretende deslucir la vista panorámica del Acueducto, desde uno de sus rincones más emblemáticos, promoviendo además la difusión de ese deplorable esperpento. ¿Acaso, no piensan que puede afectar negativamente a la imagen de esta ciudad Patrimonio de la Humanidad? Quizá, la oposición se inhibe en este asunto, a pesar del ruido de la calle, porque el debate se enfoca sólo desde una posición y se pasan de cautos. Pero hay otros puntos de vista, estrictamente civiles y democráticos. Entre ellos, los que expone el autor de un reciente artículo en El Adelantado, del 15/01/2019, con el que coincido plenamente. Sin juzgar el valor de la escultura y salvando la intención de su autor, “la idea es descabellada”. Para la Comisión Territorial de Patrimonio: “la estatua elegida no es la más adecuada para representar a la ciudad ni a los valores del monumento al que se pretende vincular”.

Al parecer, la ocurrencia surgió en la mente de la concejala de cultura para “poner en la calle ese patrimonio inmaterial y a partir de ahí, podremos contar con un personaje físico la leyenda del Acueducto”. Será “un incentivo para que los turistas suban por la cuesta de San Juan”. O sea, la responsable de velar por el patrimonio cultural, pretende que los turistas no suban por la calle Real (donde esperan fotografiar la casa de los Picos, la iglesia de san Martin o perderse por rincones y plazas adyacentes, además de visitar bares y restaurantes). La concejala pretende, ingenuamente, convencerles de que es mejor desviarse por la calle de san Juan para fotografiarse con el inefable diablillo de ficción. Vale. Por cierto, ¿ha pensado el actual equipo de gobierno que pueden pasar a la pequeña historia de esta gran ciudad por esa “fantástica ocurrencia”? Según dicen, todo empezó por un viaje turístico a Lübeck, donde copiaron la idea. Sólo falta que haya que pagar derechos de autor.