Manuel Fernández Fernández – “Tres paredes”, o una sola…,

94

“Tres paredes”, o una sola…, muchos recuerdos, costumbres y tradiciones

Qué bien descrito, qué evocación de la vida rural de antaño, sus juegos, sus fiestas, sus diversiones, pero sobre todo, que es su esencia, qué bien rememorado ese tan español, tan castellano, deporte de la pelota, el frontón, que aunque bien denominado “pelota vasca”, no había pueblín castellano, en que como dice Santiago Sanz Sanz en su, tan agradable de leer, artículo “Tres paredes”, no se jugase por los mozos, siendo entonces estos “frontones” la única instalación deportiva, y el único juego reglado de nuestra geografía rural; luego fueron llegando la campa para el fútbol, iniciándose en las eras, con dos piedras por porterías, luego postes y finalmente “hasta redes”, las canastas más o menos rudimentarias, y finalmente llegaron las pistas polideportivas, hoy casi omnipresentes, muchas incluso con piscinas municipales en la zona deportiva, además de personal encargado de su enseñanza y dirección, con monitores polideportivos y técnicos de cada deporte.

Eran los frontones, o las paredes amplias y lisas en tal función, lugar de reunión festiva, apuestas, amistad y rivalidad, no sólo de la mocedad local, sino de familias, y aun de pueblos vecinos que competían en buena lid por ser los mejores pelotaris, los de mejores fiestas locales y hasta de mejores instalaciones o lugares adecuados al juego de pelota. Se jugaban la cántara de vino, que luego consumían entre todos…, hasta había apuestas.

El mayor interés lo tenían los encuentros inter pueblos próximos, que incluso compartían cura, médico, veterinario, guardia civil.

Habla el autor del citado artículo del frontón de su pueblo, “Cedillo de la Torre”, que tiene, efectivamente los tres muros dedicados al juego de pelota, pero no todos los pueblos de esta Castilla Vieja en que tanto se jugaba, pues, como bien dice, valía cualquier fachada amplia y exenta de balcones y ventanas, que solían ser las fachadas de la iglesia o las escuelas.

Aquí me parece oportuno recordar otra simpática peculiaridad de estas tres paredes o fachadas, y es que en los muchos años en que se hacía la “mili”, servían de anuncio para tener presente la nómina de mozos que ese año la cumplían, y que eran los que tenían mayor protagonismo en los festejos y eventos locales de esos 365 días, pues invariablemente figuraban en grandes caracteres tipográficos los nombres de todos ellos, recordando quien esto escribe, como hilarante anécdota, que pasando en mis paseos ciclistas por un pueblín de escasa población, hoy localidad en auge, ese año sólo había un mozo en expectativa de vestir de caqui, por lo que ponía “Viva el quinto de este año”, y a continuación el nombre del futuro soldado. Hoy no sólo se ha ampliado la lista, sino que figuran quintos y quintas, precisamente cuando la mili está abolida. Aquí según términos castrenses en las listas de quintos debería decir “como presentes”.

Lo uno lleva a lo otro, y aquí recuerdo que los quintos eran, al tiempo que protagonistas de todos los eventos festivos, rondas, mayos, capeas, carreras de caballos, y de burros, bien tratados pues la marcha a la “mili” suponía en varias ocasiones su primera salida del pueblo, la expectativa de un largo tiempo de ausencia y vida dura, y aun de incógnita y aventura, pues el sorteo podía adjudicar dos o tres años en la temida África, que no en vano en los deliciosos pueblines de Gredos, “La Andalucía de Ávila”, los quintos cantaban sentidamente: “a otro año por ahora/ sabe Dios ahonde estaré, / la tierra que habré corrío/ y el agua que beberé..” (sic).

Hoy es raro el pueblo que no tiene entre otras instalaciones deportivas, un trinquete, pero ya no se juega tanto a pelota, que era deporte duro, no tanto por la movilidad y agilidad exigida, sino también por lo duro de la pelota que en mis tiempos de aficionado y practicante infantil la hacíamos nosotros con tiras de tocino, forradas con badana, lo que hacía que al dar en la pared sonaba como pedradas, y la mano se hinchaba y dolía; hoy niños y mozos juegan frontenis, aunque algunos veteranos se atreven a conservar la pelota a mano.

Como hijo de Maestro Nacional, rodé por varias localidades, conocí la geografía local de Castilla, pero no tuve pueblo, no de ir en vacaciones y fiestas a casa de los ancestros y pasar los días de “verano azul”, ni ser mirado como niño de la colonia veraniega, en el pueblo abulense en que pasé mi primera adolescencia jugué mucho a pelota, y recuerdo con agrado aquellos días en que mi hermano, un año mayor, y yo, alrededor de los doce y trece años, formábamos una pareja “invencible”, pues diestros los dos, pero muy hábil mi hermano con la zurda, jugábamos y habitualmente ganábamos a parejas de mozos, que terminaban yendo al bar a tomarse la “cántara” de vino. También recuerdo que para la utilización del frontón, pared de la casa de los maestros, se atendía al derecho consuetudinario del “juego grande quita a chico”, que daba preferencia a los mayores, aunque a la llegada de éstos si ya se estaba jugando se permitía finalizar el partido, que creo recordar que iba a 21 tantos, y en caso de empate podía abreviarse el final.

Con los años, cosas de la vida, sería yo quien promoviese la afición y las normas de diversas modalidades, en alguna localidad como Monitor Provincial Polideportivo, entre las que no figuraba la pelota vasca, o entrenase duro para lograr la “categoría oro” en las diversas modalidades que abarcaba el “Brevet Deportivo Europeo”, conjunto de pruebas homologadas para toda Europa, organizadas por la Delegación Nacional de Educación Física, entre las que no estaba mi inicial deporte de la pelota vasca.

Por supuesto, aparte de estos partidos festivos, y al juego de bolos, también jugábamos a otros deportes y juegos menos reglados, bote, pídola, “los cintazos”, “las patás”, en el burro mando yo, el escondite, carreras de aros, el gua, los cromos…Mi primer balón “reglamentario” era de los de vejiga hinchada que se metía en la funda y se “cosía” por una abertura con una correa, que al no quedar oculta y regular era arriesgado darlo de cabeza, pero era un privilegio tener balón propio, aunque hasta tarde no disfruté de bicicleta, deporte que, primero por “exigencia del guión” (bajar a diario a la capital desde el Real Sitio de la Granja, y dos días doble jornada), y después por afición ya federado he practicado varios años.

Gracias, Santiago Sanz Sanz por, con tu artículo “Tres paredes”, haberme permitido revivir lejanos años de infancia, y gratos recuerdos de costumbres y tradiciones de la geografía rural de antaño, hoy superados, pero que nunca deberían ser olvidados pues son cultura del pueblo, eso que sí intentamos recuperar hasta con cátedras “ad hoc”, el “folclore”.

Gustoso seguiría recordando peculiares celebraciones de la matanza, los carnavales, cuaresma, “la función”, “publicorios” y bodas, cencerradas, rondas, Navidades…habla, pero “o no soy pa contarlo”, o no “me vaga”, o es terreno “esfarizo”, pa pegarse “una guarchá” y se diga “pa haber sío muerto”, “cuantisimás” hoy que hay “andanza” de delitos y “de cutio” a juicios…

De niño se quiere hacer uno el mayor, lo que se cura con el tiempo, y de mayor se quieren revivir tiempos pasados, y esto no sólo no se cura con el tiempo, sino que con él se agranda y recrudece, y recordar es volver a vivir.