Manuel Fernández Fernández – Trasiego de los restos de San Frutos…

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Como ocurrió con la osamenta de nuestro vecino Juan de Yepes, “San Juan de la Cruz”, patrón de los poetas de habla hispana, que reposa sueño eterno en su convento segoviano, que, tras subrepticio traslado desde Úbeda a la ciudad del Acueducto, Dñª. Ana del Mercado y Peñalosa se lo trajo de “dondequiera que muriese”, y no sin litigio y armisticio sobre reclamación de parte de sus restos, que consiguieron que allá se devolviesen una mano y una tibia del hoy troceado santo, que algunos dedos paran en el convento de carmelitas descalzas de Toledo, y algún otro resto se guarda y venera en la murciana Mula, también nuestros tres hermanos santos, Frutos, Valentín y Engracia viajaron y reposaron por diversos puntos de la geografía provincial segoviana, desde la ermita levantada por ellos en el siglo VII, hasta su actual lugar de reposo en el trascoro de la Catedral, tras reposar algún tiempo en el monasterio de Santo Domingo de Silos.

He leído el comentario del fallecimiento e inhumación de D. Crescencio Calvo, al que en romerías a la ermita del santo en los páramos del Duratón conocí ofreciendo recuerdos del priorato y del santo. Al verlo vendiendo objetos religiosos alusivos al santo y al priorato y asesorando y dirigiendo a los romeros o visitantes, siempre pensé que sería sacristán o santero de la ermita.

Como nacido en Carrascal del Río, amante de su naturaleza y devoto del “siervo bueno y fiel” ha sido enterrado en el cementerio anejo al Priorato, donde el reportaje dice que no estará sólo, pues le acompañarán su esposa y sus dos hijos que allí reposan, además de los restos de San Frutos. Creo yo que el fiel amigo de San Frutos, más cerca estará hoy del santo en plenitud, que de sus restos, hoy mínimos en el priorato.

La alusión a los restos que en el priorato acompañarán a su fiel seguidor y devoto Crescencio Calvo, me lleva a intentar seguir las diversas sendas seguidas por los restos de los tres hermanos santos, pues creo que en la ermita del santo no queda más que el relicario que cada 25 de octubre se da a besar a los miles de peregrinos que llegan a los páramos del Duratón, y la endeleble huella y portentosos hechos que por allí dejaron los tres eremitas segovianos.

Fallecido Frutos a los 73 años en 715, y enterrado en una caseta que hoy está junto al pequeño cementerio local de Carrascal del Río, en la que pone “Tumba de los santos”, que permanece vacía, sus hermanos marchan a la cercana ermita de San Zoilo en Caballar, donde son decapitados, sus cabezas tiradas a la Fuente Santa, y llevándose los cuerpos junto al de su hermano Frutos en la ermita de Carrascal del Río, que eclesialmente pertenece a la parroquia de Sepúlveda, permanecen un tiempo en su tumba de los santos.

La actual ermita fue construida por el monje don Michael en 1093 y consagrada por el arzobispo Bernardo de Seclirac en 1100. Alfonso VIII confirma su anexión a Santo Domingo de Silos, entonces monasterio de San Sebastián de Silos, donando en 1352 Pedro de Arriola, abad del priorato de San Frutos al monasterio de Santo Domingo una mano de San Valentín, que, por el anillo y el guante episcopal, demostraba que este santo fue obispo de Segovia, y en 1834 los benedictinos abandonan el priorato, por desamortización. Declarado en 1931 Monumento Nacional.

En 1125 el Obispo Pedro de Agen traslada los cuerpos de los tres hermanos desde Silos a la Catedral (antigua) de Segovia. Tras perderse la pista de estos restos, aunque sin salir de la Catedral, el Obispo Juan Arias Dávila los localiza y al construirse la Catedral nueva, en 1558, siendo obispo Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, se depositan en el retablo del trascoro trazado por Ventura Rodríguez para el palacio de Riófrío construido en mármoles de colores y bronce, regalo de Carlos III, y en un arca de plata sobredorada y bronce cincelada por Sebastián de Paredes.

Es tradicional leyenda que al encontrar las reliquias de los tres hermanos, sanó la mano del cantero que las localizó.

Finalmente, tras tanto cambio de ubicación, los cuerpos de los tres hermanos duermen sueño eterno en el trascoro de la catedral segoviana, mientras los cráneos de Valentín y Engracia siguen en la iglesia parroquial de Caballar, en donde esporádicamente, en momentos de pertinaz sequía son sacados en rogativas, conocidas como “las mojadas de Caballar”.

Por lo susodicho me ha chocado que al inhumar a este fiel amigo del santo eremita, se diga que allí permanecerá junto a los restos de sus familiares y a los del santo, aunque parece que algunos restos menores, como es el caso de la reliquia que en su día se da a besar, sí quedaron en el priorato, otros donados a congregaciones y cofradías, como ocurre con otros santos, especialmente populares y milagreros.

Al menos tras tanto peregrinaje, las santas reliquias están localizadas, cuidadas y expuestas al fervor de los fieles, lo que no siempre ocurre, que como singular ejemplo tenemos el caso del santo prepucio retirado al Niño Jesús en su preceptiva circuncisión, custodiado en la parroquia de Calcata, provincia de Viterbo (Italia), en arca de plata y piedras preciosas, y que se ignora adonde ha ido a parar, cuya historia va desde la entrega por la Vírgen a María Magdalena, y siete siglos después entregarlo un ángel a San Gregorio Magno, que lo regala a León III, permaneciendo en San Juan de Letrán hasta el saqueo de Roma, yendo a la parroquia de Calcata, de donde se pierde su pista…

Nosotros tenemos al santo segoviano y parte de sus hermanos en celestial esqueleto, y lo mantenemos redivivo vigilando la entrada a su última casa terrenal, pasando cada 25 de octubre una página de su libro, al que estamos bien atentos, pues sabemos que al quedarse sin hojas será el Juicio Final…