Luis López – 25 de octubre

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Tal vez mirar a los ojos de la muerte y hacerla un quiebro cuando me buscaba, me haya sensibilizado tanto como para contar este vacío ¡No lo sé! Para muchas personas hoy será un día más de esos que suman rutina al calendario pero para mí, es una fecha de añoranza y de recuerdo; ayer se cumplieron ocho años desde que mi padre salió a cazar al Cristo para no regresar jamás. Murió sin despedidas pero haciendo lo que le gustaba, pasear con sus perros por un cerro que pateó durante cuarenta años. Allí, me enseñó el sosiego y la razón de la caza en aquel monte pero yo, mal hijo, no seguí sus pasos.

No es una columna de dolor. Todos tenemos relatos similares y los jirones del recuerdo no debieran convertirse en trincheras emocionales, pero este día señalado en mi calendario, me trae una reflexión recurrente sobre ese instante en que por última vez compartes la vida con un ser querido, un padre, una madre, un hijo, un amigo… esa parte del alma que sin saberlo se desgarra. ¿Qué fue lo último que me dijo y qué dije yo? ¿Dónde nos vimos? De haber sabido la fatal ausencia le hubiera abrazado, fuerte, besándole y repitiendo que le quería como si con ello hubiera podido evitar lo inevitable; un destino ya escrito. ¡Dios cuánto duele! Y a pesar de todo no aprendemos. Dice Aberasturi que sus padres se fueron en un abrir y cerrar de amaneceres. Y sin embargo, jugamos a amar disimulando el Amor y escondiendo latidos para acabar retejando las goteras del corazón con nostalgias amargas.

Hablaba con un amigo que aún disfruta de su padre. La vida es un teatro de función única, en que te sueles arrepentir de todo lo bueno que ni has dado ni has hecho, le digo. A todos nos espera algún 25 de octubre de soledad, por eso no aplaces el abrazo, el beso, la palabra, la mirada o la caricia; tal vez mañana sea tarde. Al menos para mí lo fue.