Julio Montero (*) – Tranquilos. No hay motivo de preocupación

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El actual gobierno, en su conjunto, ha demostrado de manera sobrada que en una democracia consolidada cualquiera puede ser ministro y hasta presidente. Constituye un motivo de alegría para la teoría política. Un hecho incuestionable ahora, que hasta ahora podría ponerse en duda. Entre los ministros hay hombres y mujeres, hay homos y heteros (a tenor de las declaraciones de los implicados), hay militantes (del partido en el poder) e independientes (aunque no se sepa de quien o de qué), los hay de todas las latitudes geográficas de la península ibérica (que más no se puede decir por los aliados ¿parlamentarios?), también de tallas distintas (por lo que se puede observar a simple vista) por dentro y por fuera… En fin. Si algo caracteriza a este gobierno es que es absolutamente desigual. Podría decirse que es el más desigual de la democracia. Es más, uno de sus timbres de gloria podría ser (lo está siendo) esa absoluta desigualdad que impide atribuir cualquier cosa al conjunto: todo son cosas de cada uno.

Otro beneficio, hasta el momento no alcanzado por otro gabinete, es que haya logrado superar las leyes de la física. Ha liquidado el tiempo (al menos el pasado). Y nos comunicaron (una de ellas hablando de otro, ambos del gobierno) que no hace falta consultar los archivos porque sólo es verdad lo que se dice en cada momento. En fin: es (¡por fin!) el único gobierno instantáneo de nuestra historia. Primero, porque mientras no están reunidos no son gobierno (les toca, al parecer, los viernes). Lo que las ministras digan antes o después es cosa suya. Y lo mismo los ministros. En fin, un gobierno, como el anuncio del antiguo café instantáneo, que solo lo era (café) mientras se estaba haciendo. Antes eran granos de un sucedáneo bien etiquetado por un lado y el agua que tu ponías por otro. Cuando te lo tomabas, comprobabas que efectivamente el estimulante anunciado no andaba por ningún lado en aquella agua obscura y caliente.

La instantaneidad resuelve problemas de contradicción, pero tiene prestaciones aún más interesantes. La mejor para cada y cado, miembro y miembra, del gabinete (menos mal que termina en e) es que sólo trabajan los viernes. Justo cuando los españoles cansados abren sus ojos a la esperanza de un merecido relax de fin de semana, comienza la jornada laboral de nuestro gobierno, que se extiende de manera agotadora, hasta cerca de la hora de comer. Entonces, los cielos políticos se abren y se nos da a conocer lo que han pensado hacer (que rara vez coincide lógicamente con lo que efectivamente publica el BOE). Será verdad probablemente que los responsables (¿?) de las carteras ministeriales en España no ganan mucho al mes, pero ¿a cuánto nos sale su hora de trabajo real si se aplica el principio de la instantaneidad que han instaurado? Si los taxistas cobraran como ellos cada recorrido nos saldría por una fortuna.

Junto a estas ventajas indudables (en política, física y economía) queda un ligero problema por resolver para poder calificar de perfecto al equipo que dirige (¿?) los destinos de nuestro país. Y es que ha quedado de manifiesto que ocupar un puesto de ministro (o ministra) no incrementa la inteligencia como algunos esperaban. Los que venimos haciendo experimentos sociales (con metodologías de observación no participante) hemos acumulado ya medidas bien precisas sobre este particular. Los resultados que ofrezco ahora son un adelanto de un estudio mucho más amplio y ya muy avanzado. Por supuesto no se restringe al ámbito de la política. Personalmente, comencé mis observaciones en el mundo académico. Por ejemplo, a pesar de lo que decía mi directora de departamento, pudimos comprobar al hacer vicerrectora a una de nuestras compañeras bien conocidas, que ni aumentó su sabiduría, ni su coeficiente intelectual. Sí que pudo comprobarse que se incrementaba de modo notable el nivel medio de estupidez del conjunto (en aquel caso del departamento): un grupo de dimensiones crecientes aplaudía sus estólidas originalidades (¿?) que antes criticaba con razón. A su favor (de la vicerrectora) hay que decir que no fueron nunca mayores que las que decía cuando no lo era. No hubo, por tanto, un deterioro progresivo. Y esto es una esperanza para los que tienen derecho a disfrutar de pasaporte español (se crean lo que se crean) porque es verdad que no aumenta ni la sabiduría, ni la inteligencia de los miembros del actual gabinete, pero hemos de estar tranquilos: tampoco parece que vaya a aumentar su estupidez, al menos por ser ministros. Lo realmente preocupante es el entorno. No sé si lo del CIS es un indicador de lo que nos espera.
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(*) Catedrático de Universidad.