Julio Montero (*) – Los enanos se dan premios

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Gulliver descubrió que, en el país de los enanos, las gentes de estatura normal resultaban gigantes. Pudo comprobar igualmente que, fuere cual fuere el tamaño externo de las personas, el de los defectos y vicios era muy parecido. También (y no hace falta ser Gulliver) que la falta de altura es una de las características mejor representadas entre la gobernanza intermedia en nuestro país.

Una de las consecuencias de esta limitada ética entre nuestros “carguetes” políticos son los homenajes que se autoconceden por estar donde están. En su afán de imitar a sus superiores (los ministros) premiados con una condecoración en cuanto dejan de serlo (la Gran Cruz de Carlos III); nuestros pequeños administradores de cualquier cosa buscan también sus reconocimientos sólo porque alguien les ha nombrado.

La verdad es que resulta más halagador para el “nombrador” que para el nombrado. Este poder de la medalla le confirma casi como diosecillo en su orden. Porque si se premia al nombrado será porque él ha acertado en la designación. Y si se otorga la distinción será porque el nombrado ha cumplido bien su misión. Lo divertido es que aunque el nominado no dé la talla, y debiera quedarse sin premio, siempre se le da. Por lo tanto, o nos engañan o todos lo hacen bien.

Supongamos que en alguna facultad el equipo decanal premiara con una distinción a quienes les hubieran precedido: bastaría con haber sido vicedecano para merecer el elogio posterior al mandato. Esto supondría que la simple asunción del cargo los habría convertido en una especie de superhéroes (aunque pareciera de comic en algún caso). Con un simple acto ajeno (sin mérito propio) alcanzarían la gloria de la eficacia. A los del comic les tiene que picar una araña, nacer en Kriptón, o que un experimento atómico fallido te ponga verde, o te haga de piedra, o elástico, o de hielo, o de fuego…

Aquí sería todo más sencillo. El “nombrador”, en un gesto superior de inteligencia solo a su alcance, tocaría con la brillante yema de su índice a gente (hasta entonces normal). Y en virtud de esa conexión maravillosa alcanzarían el culmen de su capacidad (hecho casi milagroso en algún caso si se considera el punto de partida) para cumplir su oficio sin mezcla de error alguno.

En fin, el equipo decanal aseguraría así que lo va a hacer inexorablemente bien… y por eso sería justo el premio, la medallita. Reconozcamos que si se aceptara esta lógica (la única que justificaría el premio) la universidad sería prefecta, no necesitaría arreglo alguno.

Pero parece más razonable valorar los méritos antes de conceder medallas a mogollón. Al menos deberíamos calificar la gestión según lo que había antes y lo que resultó después. Por ejemplo, supongamos que hubiera existido una facultad en la que hace veinte años, tuviera posicionados entre los cien mejores profesores de España a cincuenta propios. No los cincuenta primeros necesariamente. Supongamos igualmente que ahora no quedaran ni quince en esa lista de cien.

Y sería lógico preguntarse también, si fuera el caso, si esos equipos decanales debieran recibir una medalla por su “éxito”. Dentro de esa lógica podría resultar necesario contestar a algunas preguntas para precisar mejor el alcance de los logros que justificara la medallita. En reconocimiento a… ¿a qué? ¿a su falta de capacidad o de interés para retener el talento de profesores que han consolidado buenas facultades en otras universidades? ¿a su desprecio sistemático por la investigación y por el reconocimiento de los profesores que la desarrollaban? ¿a su capacidad para establecer alianzas de torpes para enterrar las iniciativas de los innovadores? ¿a sus piruetas para apropiarse de los méritos de los que perseguían? ¿a los que toleraron acosos para no perder votos ni que hubiera escándalos? ¿a los que distinguieron entre los míos y los demás sin sentido institucional alguno? ¿a los que nombraron personas manifiestamente incapaces para cumplir las obligaciones del cargo?

Pero no nos liemos con hipótesis. Disfrutemos, que esta semana celebramos la fiesta de los inocentes y ya se sabe que ese día puede uno burlarse de quien quiera… con mesura.
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(*) Catedrático de Universidad.