Julio Montero (*) – Lo moderno y lo eterno

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A las gentes de hoy se nos da mal pensar en cosas grandes. Por eso, las mas importantes casi ni nos caben en la imaginación que es, al parecer (según la facebok, instagram, twitter y hasta la televisión de pago), la cualidad más destacada del fabuloso mundo en que vivimos los occidentales. De hecho, como todos sabemos, abundan (casi son una plaga) los creativos; aunque parece que faltan artistas.

Entre esas cosas grandes que somos incapaces de pensar y de imaginar están el infinito y la eternidad. Los de aquellos bachilleratos antiguos pensábamos que el infinito era aquel sitio lejano, en un lugar etéreo, desde donde se podía observar un espectáculo maravilloso: como se cortaban (¡por fin!) las rectas paralelas. Sin embargo, al centrarnos en ello, con los ojos cerrados para ver mejor, comprobábamos que no era para tanto. Incluso los fuegos artificiales del pueblo podían llegar a ser más entretenidos que aquel encuentro lineal que tanto prometía.

Y con la eternidad es peor. Lo eterno, normalmente, se nos viene a la cabeza como viejo. Lo curioso es que no somos capaces de desvincular lo eterno del paso continuado del tiempo. Para toda una generación lo más parecido a lo eterno fue el anuncio de Duracell: algo que dura y dura y dura… y al que siempre se podría añadir otro “y dura” más. Somos incapaces de pensar la eternidad sin referirnos al tiempo, y al tiempo largo… y eso en nuestra época veloz supone siempre aburrimiento.

Los seres humanos tenemos una idea de andar por casa de la eternidad. Nos conformamos con “para siempre”, que es una versión de lo eterno que mira solo hacia delante. Es lógico: tenemos principio y prescindir de él no sería realista. Esta idea de eternidad hacia el futuro nos sirve para manejarnos y se impone en nuestras conversaciones y pensamientos y acaba, claro, transformándose en vejez viejuna… y por lo tanto poco atractiva. Hasta para algunos bautizados el cielo se presenta como aburrido y poco atractivo precisamente por eterno.

Lo moderno es otra cosa. Lo vinculamos con lo último. Es como las nuevas tecnologías: nadie piensa que el televisor en blanco y negro fue lo más avanzado de un pasado reciente… y no digamos la máquina de vapor que también fue el “no va más” en el siglo XIX. Lo moderno viene vestido siempre de actual: esa es su enseña. También es su limitación: tiene apariencia de novedad… llena de cosas inútiles, de apenas hace un día. Es un contenedor lleno de desperdicios en desuso que solo muestra lo que hay arriba, lo de ahora. Lo moderno vale su cambiante estar al día.

El asunto es si estamos condenados a no estar en nada por andar siempre a la última. El moderno, hoy casi todos sin saberlo, ni se plantea algo permanentemente actual. El atolondramiento por lo nuevo hace saltar de asunto en asunto sin entender ni disfrutar de nada. Pero sí hay cosas permanentemente actuales.

Podemos conocer verdades. Y lo mas importante: saberlas. Y esas verdades son permanentes y modestamente eternas (“para siempre” en medidas humanas). Desde luego 2+2 son siempre 4. Pero también el bien general está por encima del particular (incluso de los particulares). Es bueno no desear para los demás lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros. Hay que hacer el bien y evitar el mal; y casi siempre se puede saber fácilmente qué es bueno y que es malo. En fin, hay cosas y principios que no necesitan estar al día para ser actuales.

Y eso sin meternos en los quereres, en el amor. Que es algo mas que caernos bien; algo más que la atracción simpática; algo mas que compartir cosas (tiempo, alquiler o hipoteca, vacaciones, ilusiones, cama, incluso hijos…) mientras dure y en plano de igualdad; algo mas que la complicidad en la frontera del delito que a los dos nos interesa mantener… En fin, la disposición a sacrificarse si fuera preciso por la felicidad del otro y que eso nos haga felices. También el amor huele a eternidad “para siempre”. Hasta las películas nos fabrican fantasmas para que veamos el inicio de la eternidad a través de los amores que siguen tras la muerte.

Desde luego para intentar que la cabeza y el corazón estén en lo que dura para siempre (y que cada cual ponga el siempre donde quiera) hay que empeñarse en salir del brillante estercolero de lo moderno. Pararse y dejar de correr tras los fantasmas de lo último.
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(*) Catedrático de Universidad.