Julio Montero (*) – Las flores de amor y las floristerías

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Dice kakuzo Okakura, que era evidentemente japonés: “al ofrecer a su amada la primera guirnalda, el hombre primitivo se elevó sobre la bestia; saltó sobre las necesidades burdas de la naturaleza, se hizo humano; y percibió la sutil utilidad de lo inútil y entró en el reino del arte” (El libro del té, 1906).

Hasta “la sutil utilidad de lo inútil” es útil y, por lo tanto, se presta al negocio. Es muy difícil por eso que los enamorados no tengan un punto de imbecilidad para la gente práctica. La generosidad, el dar sin esperar nada a cambio, tiene cada vez menos espacio en el escenario social de la modernidad que vivimos.

Siempre hay gente que quiere los resultados ahorrándose el aprendizaje; sin darse cuenta que sin pasar por el proceso uno no aprende. Son los que quieren ser doctores sin hacer las tesis, los que quieren ser cultos sin estudiar y, lo peor, quienes quieren parecer cariñosos pero no tienen tiempo para eso; porque si no piensas un poquito al menos en la gente a la que quieres, ni se te ocurre lo de la guirnalda de flores.

No sé quien fue el primero al que se le ocurrió poner una floristería. Tampoco qué motivo de negocio vio en ello. Pero todo un grupo de gente demasiado ocupada para amar a alguien se sintió aliviado. Por fin pudieron salvar las apariencias y parecer que sí pensaban en sus amadas; por fin podrían hacer ostentación de su poder y riqueza con ramos enormes y caros: ¡como si eso fuera amor! Un ejercicio de estupidez de los que confunden valor y precio. Ni siquiera cayeron en la cuenta que actuaban como la primera chimpancé astronauta, que apretaba los botones que tocaba cuando se encendía la luz correspondiente; pero no sabía qué hacía, ni siquiera dónde estaba.

La historia de estos establecimientos va ligada a la utilidad del que regala flores. Casi habría que decir que si los hombres hubieran sabido amar, aunque hubiera desaparecido la naturaleza y cualquier especie vegetal, el amante de verdad hubiera encontrado “otras flores” que regalar. En realidad podría decirse que las floristerías acabaron siendo (en parte) un recursos para los hipócritas, que sin tiempo para pensar en su amada lograron abrumar con diversidad de colorido y aromas.

En fin, parece que el amor y el arte van muy unidos. El texto de Okakura lo deja claro: la guirnalda es a la vez una muestra de afecto y una apertura inicial al arte del sapiens. Y lo mejor es que aunque estuvo al alcance de todos los de la tribu, sólo a uno se le ocurrió. Otra minoría de sensibles fue capaz de apreciar el gesto como algo novedoso y positivo y lo comentarían. Y los prácticos transformaron la creatividad en algo útil. Se dijeron: eso de hacer una guirnalda no es tan difícil y podría hacerme con Zutanita que se me resiste. El siguiente paso lo dieron los padres ricos con hijos tontos: compraron la famosa guirnalda. Y ya hubo floristerías y se estropeó todo, porque las chicas no iban a someter a un examen a su pimpollo cuando les venía con una guirnalda, ramo o coronita de flor.

Mientras tanto mucha gente, la mayoría, se ha olvidado del desprendimiento de los antiguos amores y de las guirnaldas que hicieron a mano en un momento de ternura, que ahora recuerdan como un “ataque” al que no supieron resistir. Ahora no faltan viudos, divorciados o solitarios en general, entrados en años, que buscan cuidadoras en sus nuevas mujeres, que les aceptan con sentido práctico y no sé si después de consultar las tablas de esperanza de vida. Acuerdos pragmáticos en un mundo utilitarista que debió empezar cuando a alguien se le ocurrió poner una floristería.

Pero no todo es así. Otros se emocionan al evocar sus ramos de flores. Más aún: como reminiscencia de esa unión inicial entre el amor y el arte resiste la expresión “hacer las cosas por amor al arte”. Significa máximo desprendimiento de los beneficios inmediatos y materiales. Visto así, el amor al arte podrá ser inútil, pero llenará de satisfacción que probablemente llegue tanto por la parte del amor como por la del arte. Lo lógico es que el significado quiera dar a entender una especie de gratificación no material al cuadrado. Aunque no me reporte beneficio me hace sentir mejor y eso me compensa. Y probablemente la felicidad sea algo muy parecido a eso.
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(*) Catedrático de Universidad.