Julio Montero (*) – Hoy toca hablar de Dios

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Ya casi nadie habla de Dios en las conversaciones normales. De vez en cuando algún titular en páginas interiores cuenta que algunos valientes han hecho una “performance” blasfema. Y presumen: como si el niño que se libra del castigo de una trastada, demostrara así que no tenía padre ni madre. Aún está relativamente próxima la esquela: “Dios ha muerto. Firmado, Nieztche”; a la que respondió un ocurrente, tras pasar el tiempo oportuno: “Nieztche ha muerto. Firmado Dios.” Visto lo que hay, parece que mucha gente sólo se enteró del primer anuncio.

Tengo un amigo que cada vez que muere alguien joven, en plena vitalidad, me recrimina no solo que sea creyente, sino católico. Porque un Dios bueno no dejaría morir a nadie en esas circunstancias, me repite. Lo siguiente sería que culpásemos a Dios de cualquier cosa que nos desagradara. Y ocurre, porque es verdad que no perdemos la ocasión de poner a Dios en el banquillo y acusarle de las cosas feas que pasan. Y, sobre todo, de lo que deja que otros hagan o no hagan. Deseamos un mundo en el que no haya que dar cuentas a nadie.

No nos acostumbramos a disfrutar de la libertad responsable que exige nuestra racionalidad. Preferiríamos que todo este lío de vivir (y de la historia general) lo dirigiera un ingeniero superinteligente (el mas listo de todos) que nos organizara las cosas, de tal manera, que todo fuera felicidad. Y eso, hiciéramos lo que hiciéramos. O mejor aún: haciendo solo lo que Él quisiera, y que además nos gustara a cada uno. Y somos capaces hasta de pensar que eso es posible. Un modo genial de evitar la responsabilidad con la que nos carga nuestra racionalidad y, sobre todo, nuestras limitaciones.

Así se entiende el consejo que daba un párroco a uno de sus feligreses excesivamente preocupado: “tranquilo hombre, que Dios existe… y no eres tú”. Porque efectivamente ninguno de nosotros es Dios: ¡Menuda responsabilidad! Muy convencido debía estar el filósofo alemán del principio cuando gritó que Dios no existía y que, de existir, Dios sería él. Nosotros nos conformamos con ser sus jueces. Y a la vista de los desastres que se siguen de su providencia concluimos que no es posible tanta maldad y que sería castigable tanta dejadez en el gobierno del mundo y de la historia.

Y mientras tanto Dios sigue empeñado en dejarnos libres y animarnos a conocer cada vez mejor las cosas que nos rodean. Un raro ejemplo de perseverancia en el cumplimiento de sus proyectos. Da la impresión, a la vista de los hechos, que Dios es el único que cumple sus promesas y que no se arrepiente de ellas.

El Homo sapiens cada vez conoce más y mejor los entresijos de todo y puede replicar los procesos de control de la naturaleza y de la vida. Cada vez se asombra más de la complejidad infinita de los mecanismos más simples: de cómo vemos, de cómo respiramos, de qué vemos, de qué soñamos y cómo nos entendemos y contamos.

Y no se plantea que eso tan maravilloso lo haya montado alguien que ya estaba allí. Ante esos descubrimientos actúa como los colonizadores de toda la vida, ya fueran romanos, vikingos, castellanos, holandeses, británicos, aztecas, incas, etc. etc.

El colonizador impone su poder allí donde llega. Sin pensar que la tierra descubierta ya la ocupaban otros, que solo se nos presentan como una molestia insidiosa. Para el colonizador siempre son salvajes, o atrasados, o sucios o cualquier otra cosa siempre inferior a ellos.

Al descubrimiento sigue el establecimiento y la afirmación de su poder total. Y lo mismo ocurre con nuestros descubrimientos científicos. Nuevos territorios que queremos someter sin límite alguno. Porque hemos llegado y son nuestros. No estamos dispuestos a admitir que somos solo administradores. Queremos el poder total… y no dar cuenta a nadie de lo que hacemos. Por eso nos molesta Dios.

Pero lo importante para el sapiens es poner a Dios en el banquillo de los acusados. Eso no solo nos da un empujón al ego, sino que nos permite lavarnos las manos de los desastres que causamos, en persona y como especie. En eso tenemos experiencia: es lo que hizo Pilatos el primer juez de la divinidad. Y desde entonces… hasta ahora.
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(*) Catedrático de Universidad.