Julio Montero – Buscar y apreciar el talento

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Hubo un señor llamado Wittgenstein, vienés él, de rica familia, que era un genio. Pero no un genio de esos que salen dos en cada curso porque se les dan bien las matemáticas y son ocurrentes escribiendo. Era tan genio, que otro genio llamado Keynes, se refería a él como “dios”. Wittgenstein, como todos los genios, era mas raro que un perro verde en su vida normal (si es que su vida llegó a tener algún rasgo al que se le pudiera aplicar ese calificativo).

Lo interesante de esta historia que cuento hoy, es que otro grupo de gente de enorme talento (no voy a emplear el término genio esta vez porque se me está gastando) que vivían en un lugar tan selecto como Cambridge, y algunos de los cuales practicaban su misma especialidad (si también se pudiera llamar así a la filosofía), enseguida tuvieron una cosa clara: aquella universidad no se podía permitir el lujo de perder (en realidad de no ser capaces de retener) a aquel individuo que manifestaba con toda claridad que ya estaba todo dicho en filosofía y que lo había dicho precisamente él (y parecía no haber el más mínimo asomo de vanidad en su manifestación).

El genio, “dios”, sin embargo no tenía la tesis. Aquello le daba igual. Había estudiado en Cambridge, había regresado a Austria, mientras era prisionero de guerra en 1918 escribió el “Tractatus” (menudo título para un libro que pretendiera ser importante), había renunciado a su fortuna familiar (bastante cuantiosa) a favor de sus hermanos, consideró que todo lo que podía hacer por la humanidad estaba ya en el dichoso libro y se apuntó como maestro rural. No me puedo imaginar sus clases. Pero un bofetón a uno de los pupilos le convenció de que aquello no era lo suyo. Y por eso en 1929, después de tanto lío, regresó a Cambridge dispuesto a filosofar de nuevo.

Bertrand Russell su antiguo profesor y admirador siempre, el citado Keynes y un numeroso grupo de profesores de aquella universidad se devanaban los sesos para hacerle un hueco allí. Estaban convencidos que la grandeza de Wittgenstein de algún modo les haría grandes también a ellos. No era tarea fácil. La burocracia también establecía sus barreras. Por fin dieron con la solución: Wittgenstein presentaría el “Tractatus” como tesis, así sería doctor y se le podría contratar como profesor.

Se me ha ido la cabeza a España y a nuestro sistema universitario. Con mucha frecuencia los enemigos de la Aneca gritan que Einstein no se acreditaría en España como profesor titular. Tengo mis dudas. Lo que es seguro es que no obtendría en ninguna de nuestras universidades una plaza de ayudante doctor: tuviera la acreditación que tuviera. Es más, en algún departamento universitario ni siquiera podría defender su Trabajo de Fin de Master sin admitir en la metodología (tratara de lo que tratara el trabajo) las grandezas, ingenio y profundidad del maestro creador del departamento. Al que por cierto no conoce nadie fuera de aquella sección departamental.

Si a algún Wittgenstein se le hubiera ocurrido volver a la universidad en España (a su universidad) después de una ausencia de varios años (y en el supuesto de que algunos catedráticos le apoyaran decididamente), ya se encargarían los profesores más jóvenes de unir sus votos para cerrar cualquier posibilidad de regreso: y eso fuera cual fuera el talento del candidato. En realidad su gran capacidad sería más una dificultad que una ventaja. En esto los profesores que logran tener vacías sus aulas (a pesar que pasan lista mas para perder tiempo que para controlar nada) por su manifiesta inutilidad intelectual, por sus chuscas ocurrencia, por su nula dedicación a la investigación y por su empeño en que no se premie el talento, ni el trabajo, en ninguna de sus manifestaciones, siempre salen triunfantes. Y consiguen casi siempre que no se cuele ni uno solo con talento.

Quizá por eso no tenemos “Wittgensteins” en la universidad española. O los tenemos a un precio desmesurado cada cincuenta años más o menos. Y, lo más frecuente, se nos han ido a universidades como Cambridge, porque en las nuestras mandan los mediocres y los afiliados a los sindicatos. En realidad no sabemos si no tenemos gente como “dios” porque no producimos gente tan lista o porque nos falta gente, con la grandeza de Russell o de Keynes que pinten algo en las universidades.
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(*) Julio Montero es Catedrático de Universidad.