Julio Montero (*) – Benditos locos

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La semana pasada era Wittgenstein. Hoy es Walter Benjamin. Uno apreciado en Cambridge. Otro ignorado y despreciado en las universidades de aquella Centroeuropa que fue primero parte de algún imperio germano (Austria o Alemania) y finalmente de la Alemania nazi. A ambos les partió la vida la Primera Guerra Mundial (como a millones de europeos, asiáticos, africanos y neozelandeses y australianos). Uno empeñado en estar en el frente y otro en lo contrario: en quitarse de en medio de aquella locura (también en esto muy parecidos a otros tantos millones de personas de todo el mundo). En lo que ya no se parecieron tanto a tanta gente es en que ambos se encontraron embarcados en una tarea intelectual que diera sentido a su propia vida. Quizá no se dieron cuenta que habían nacido en un mundo condenado a muerte, como percibió con pavorosa claridad Stefan Zweig, otro contemporáneo suyo, que no logró dar con un psicólogo que le diera esperanza: a pesar de ser tan buen amigo de Freud.

Wittgenstein y Benjamin, como otros intelectuales del periodo de entreguerras (1918 a 1940) se empeñaron, quizá sin darse mucha cuenta, en hacer de la filosofía un justificante para seguir con su vida normal. El primer problema fue que aquella vida (la de ellos dos) no era normal. Podría decirse que su experiencia vital fue única en más de un sentido. Porque todos vivimos de manera singular, incluso quienes no perciben esta realidad hasta que les llega la muerte y se encuentran definitivamente únicos.

A veces he pensado que estas dos figuras (y otro buen grupo de ellas y de aquellos años definitivamente burgueses) se integraban en esa minoría burguesa rica y culta, que vivía bien o muy bien. Wittgenstein muy bien. Benjamin, bastante bien: cuando se escapó a Suiza para no estar en el frente vivió en una modesta pensión con su mujer, su hijo y una niñera… a costa de su familia. Desde un punto de vista actual el único realista de la familia debía ser su padre que le instaba a ganarse la vida trabajando en cosas normales, como profesor de universidad o similar. Y el genio era incapaz de montar algo realista que le permitiera vivir de manera independiente.

Esa minoría nos ha dado probablemente a los mejores pensadores del siglo XX, aunque hoy estén solo en la mente de los conocedores de la filosofía: sus nombres no salen ni en los concursos de la televisión. Sus desequilibrios y originalidades de vida nos pueden hacer pensar que estaban un poco (o un mucho) desequilibrados. Quizá hasta locos. Y que habría que erradicar sus excentricidades filosóficas de nuestra tradición cultural; porque siguen dando problemas. La gente normal no entiende nada de lo que escribieron y otros más preparados parecen no salir del círculo de las suposiciones.

Probablemente tengamos que conformarnos con los filósofos de nuestro tiempo, hijos de una sociedad igualitaria que busca su identidad fuera de ellos mismos. Que limita el ejercicio de su libertad, como mucho, a escoger un grupo para fundirse en él. Quizá así se sientan algo, porque son capaces de expresar sentimientos simples (que se traducen en gritos y eslóganes) en voz cada vez más alta y (si tienen suerte) cada vez rodeados de más gente.

Por otra parte esas identidades eternas son construcciones humanas: algunas no tienen ni medio siglo de vida. Se inventan lenguas ancestrales, se “reviven” tradiciones que más parecen de parque temático que de cultura popular, se agitan banderas recién diseñadas que pretenden dar cabida a los olvidados de los milenios anteriores. Mientras tanto, los realistas bienpensantes (entre los que no falta la borra pía, la lana de baja estofa que pretende valer más por creer en Dios), los que han sabido nadar y hacer fortuna por las curvas de este mundo, ahora buscan gente que piense por ellos, que les resuelvan los problemas que no son capaces de solucionar, los silogismos que no saben concluir… y quieren además hacerlo a su manera.

Serán nuestros Wittgenstein y Benjamin (que por ahora no sabemos quiénes son: al menos yo) quienes conviertan la coherencia intelectual en objetivo de su vida. Y con ese desgarro íntimo que es siempre la filosofía (cuando no es un modo de vivir sino una forma de vida) nos abrirán caminos y si hay suerte puede que abran la esperanza a un mundo que no se agote, en el mejor de los casos, a una simple coherencia ética, que algo es… pero los seres humanos nos merecemos más, porque estamos llamados a amar y a ser libres (aunque fuera en una celda).
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(*) Catedrático de Universidad.