Jose María Martín Sánchez – El Portal de las Linternas

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Con ese mismo titular escribió y describió Juan Luis Rivas Orozco (1) en El Adelantado de 1900 un relato que me llamó la atención por lo curioso y decidí incorporarlo a este rincón de las pequeñas cosas. Para relatos más grandes están los historiadores, investigadores, periodistas y demás familias. Un saludo cordial a todos.

Pues, hete aquí que en las Segovia de 1700 y algún pico, que es el momento en el que se describe la historia, el problema llegaba a la ciudad cuando el sol se retiraba. No era posible entrar a la vivienda u otro habitáculo, dar la llave de la luz y ¡abracadabra! (2). Simplemente, no había electricidad y cada cual, ya fuere antorcha, quinqué (1780), candil… se miraba al espejo como podía.

El problema, pues, nacía a partir de que el Sol decía aquello de “hasta aquí he llegado”, y se marchaba a dar luz a la otra parte. Entonces llegaban amigos de lo ajeno que aprovechaban la oscuridad para ejercer su profesión.

También les cuento que el alumbrado público (no eléctrico) en Segovia llegó de la decisión e iniciativa de la Sociedad Segoviana de Amigos del País, en el año 1788. Pero solo a los sitios más céntricos de la ciudad “y para las noches sin luna”, cuando nada se veía y solo ponían mínima luz las linternas de los serenos, que llegaron en 1834, y los pocos faroles que llevaban en las manos las gentes que se atrevían a salir de sus casas. Eran las únicas alternativas.

Perdone el lector. Casi me pierdo. A lo que te voy. Describía Rivas Orozco que en los ya referidos años, la falta de iluminación nocturna llevaba a robos constantes “la crónica diaria de sucesos era vaporosa”. Llegado el “ya no puedo más” de la población, obligó a las autoridades municipales a crear una guardia especial conocida como de “Las Linternas”. El objeto no era otro que “el de vigilar y guardar la ciudad y los arrabales”.

La guardia se montó “con grandes pretensiones y sin escatimar gastos”. Quizás por ello su actuación tuvo en la capital saludables efectos. Rivas, relata con minuciosidad el lugar donde se ubicaba la guardia: “Había entonces en la Plaza del Azoguejo unos arcos que sostenían, con detrimento magno de la estética, unos cuantos casuchos de un solo piso; “allí, bajo aquellos arcos, existía un destartalado portalón que sirvió de centro a la benemérita institución”.

El grupo era “numeroso”. Se reunían al anochecer para recibir las instrucciones de su jefe. “Este repartía a los individuos por distritos, variando el personal de cada zona todas las noches. Nadie sabía antes de marchar el distrito a que acudía. El jefe, además, decía al oído a cada uno de ellos un número, que había escrito anteriormente en el libro de órdenes que él guardaba. De esa forma solo él sabía los lugares por los que se repartían”.

La referida guardia vestía un uniforme especial: “capaceta de cuero, peto largo de ante, calzón de paño oscuro que remataba en la boquilla de grandes borceguíes engrasados para resistir la humedad y un capotón con cuello de piel; como armas llevaba una especie de alabarda y pendiente de un ancho cinturón una daga con puño de guardamano y un pistolete de chispa”.

Describe, además, un detalle curioso: “cada uno de los miembros llevaba en sus manos una linterna y un rosario, pues tenían obligación de rezarle al encontrarse con su compañero en el punto señalado, que lo era en el atrio o pórtico de la iglesia”. El rezo continuaba hasta la llegada del cabo de ronda.

La referida guardia prestó en la ciudad grandes servicios “por su fidelidad y bravura”, obteniendo un gran respeto de todas las clases sociales, “estando muy bien retribuida”. Las atribuciones de su jefe eran “ilimitadas”, llevaba el título de “capitán”, a la altura de de los “prebostes de tiempo de Enrique IV”.
Sin más.

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(1) Abogado, escritor, director de los periódicos segovianos, El Eco (1861) y El Eresma (1871), Director del Instituto… Falleció en Segovia en el año 1888. Por su defensa, siempre, de lo segoviano, el Concejo le dedicó una calle, pequeña, casi mínima. La que sale de Valdeláguila y llega a la Plaza del Cuatro de Agosto junto a uno de los laterales del teatro Juan Bravo.

(2) Palabra cabalística a la que se atribuyen efectos mágicos.