José María López López – D. Antonio y la estatua del demonio del Acueducto

353

“Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid”… Que a los que nos visitan en Segovia les contamos, con algunas variantes,la leyenda de la construcción del acueducto por el demonio, al que vendió su alma una joven, lo que no llegó a buen fin porque se impuso antes la conciencia y bondad de la moza y rechazó al maligno antes de su finalización. Que, basados en esa leyenda,los/as regidores/as de la ciudad están dispuestos a instalar en sitio visible una estatua del demonio que, a semejanza, por ejemplo, del “Manneken Pis” de Bruselas, puede ser “una seña de identidad” de nuestra ciudad y animar a nuestros visitantes a visitar nuevas rutas que amplíen los negocios y potencien el turismo en Segovia. Que esto ha originado una polémica en los medios de comunicación en contra y a favor de la instalación de dicha estatua,como seguramente nunca se había visto entre nosotros. Que, por lo publicado, está llegando a descalificaciones e incluso insultos y amenazas personales, lo que no es aceptable desde ningún punto de vista ni, por supuesto, desde el punto de vista cristiano.

Quiero pensar que en esta iniciativa no ha habido ningún deseo de promover ni el culto a Satanás ni cualquier secta satánica. Tal vez ha faltado acierto en el modo de plantearlo, valorarlo y gestionarlo, después de las críticas recibidas, como si fuera una cuestión baladí: nuevas rutas turísticas, más visitantes, mayor negocio… sin otra consideración no digo ya religiosa, sino ética, lo que les lleva a “sostenella y no enmendalla”, a pesar de los excelentes argumentos de todo tipo, no solo religiosos, expresados en contra en este periódico. Quiero pensar también que los cristianos que se han manifestado públicamente en contra no pensarán que la instalación de esta estatua puede afectar a su fe y su compromiso evangelizador. Si acaso debería reforzarlo desde la coherencia entre fe y vida, que les lleve a colaborar en la construcción de un mundo más justo, humano, fraterno y solidario y el anuncio del amor de Dios a todos los seres humanos, incluidos los/as ediles promotores de esta iniciativa.

D. Antonio Palenzuela, de quien celebramos en estos días los cien años de su nacimiento, por razones obvias no ha participado en esta polémica, pero como nació en Valladolid, por aquello del Pisuerga… le traigo a colación entresacando algunas de sus reflexiones que podrían ayudarnos a todos a situar problemas similares al que nos ocupa. Citando al Profeta Isaías: “Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo” (Is. 5,20), dice D. Antonio: “Peor que todos los males es no saber qué es moralmente malo y qué es moralmente bueno. Confundimos a cada paso una cosa con otra porque se ha perdido hasta el sentido mismo de la bondad y maldad moral. Todo es indiferente y vale lo mismo. Sólo es bueno aquello que, en cada momento me trae más dinero, más comodidad y bienestar, más éxitos sin ninguna otra consideración. Cada uno tiene su verdad, lo cual vale tanto como decir que no hay ninguna verdad.

Todo está permitido. Cualquier exigencia ética o moral se vive como un ataque a la libertad. Esta libertad vacía significa que no hay nada en sí bueno ni malo. Esta liberación de pequeños tardoburgueses que ha contagiado también a las capas populares, nos ha hecho más capaces para el consumo, más agresivos en la lucha por la vida. Para conseguir una sociedad de tales consideraciones, sobraba toda traba ética o moral. Este desarme moral lo han favorecido muchos intereses —no hay más que ver los mensajes de la publicidad— y también los poderes públicos que han presionado, directa o indirectamente, sobre la sociedad española para liberar al español de toda liberación ética y hacer de él un liberado, un agente dinámico y agresivo de la economía como valor supremo y un invitado en la vida como juego ligero sin fidelidades ni compromisos”.

En una misma sociedad en la que convivimos hombres y mujeres de diferentes credos y de diferentes maneras de ver la vida, D. Antonio en el año 1994, veía la necesidad y urgencia de una ética civil compartida por todos. Le parecía difícil de conseguir, pero afirmaba que “no se ve cómo puede subsistir una sociedad sin un bagaje moral comúnmente compartido y respetado”. En ello seguimos. De haberlo tenido establecido y aceptado, el tema de la estatua del diablo, que todo lo enreda, lo estaríamos afrontado de otro modo.