José Luis Cuenca Aladro – “En el nombre del padre”

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“In the name of the father” fue el título de aquella gran película-denuncia irlandesa de enorme éxito y excelente nivel artístico (magistral la interpretación de la actriz británica Emma Thompson) dirigida por Jim Sheridan en 1993. Hoy, 19 de marzo, San José, se me viene a la memoria aquella obra maestra del séptimo arte porque celebramos el Día del Padre en todos los hogares españoles, a pesar de que se haya perdido la tradición de su festividad de ámbito nacional en buena parte del territorio español. No es festivo, según el calendario laboral, en Castilla y León, Madrid, Castilla La Mancha, Andalucía, Extremadura, y otras autonomías… Bien, es igual (aunque no sea lo mismo), porque las familias españolas homenajean hoy de igual manera a sus progenitores por toda nuestra piel de toro. Momento, pues, de reivindicar la figura paterna.

La realidad es que, con tanto movimiento “Me Too” importado, además del feminismo activo patrio en plena movilización, da la sensación de que el hombre, como tal, empieza a ser una especie humana en peligro de extinción. Algo así como un bulto sospechoso. Hemos pasado del exagerado todo por y para el hombre de antaño, al todos contra el hombre actual. La guerra de los sexos “on fire”: feministas, machistas (y viceversa) a la greña. ¡Vaya plan! Me pregunto, ¿qué habremos hecho los hombres para merecer esto? El hombre heteroxesual (los pocos que quedamos) está en el centro de la diana crítica. No se le permite ni siquiera que se declare feminista.

Mejor permanezcan calladitos. No interesa su opinión. El machismo, entendido como una actitud de prepotencia del hombre sobre la mujer, es muy negativo, y el feminismo, entendido como un movimiento de lucha activa por recuperar los derechos de la mujer, es muy positivo. No cabe la menor duda. Es algo que todos y todas entendemos. Algo en lo que deberíamos estar de acuerdo.

Ser “ista”, no obstante, de algo o alguien, nunca es aconsejable para nada. “Yo soy poncista”, me decía hace poco un buen aficionado taurino para dejar claras sus preferencias por el gran torero valenciano Enrique Ponce. ¿Quería decir con ello que todo lo que no tuviera que ver con su torero preferido no le interesaba? Posiblemente no, pero la impresión que daba era la contraria. Es preferible tener una mente más abierta para aprovechar todas las opciones válidas que la ejecución de la lidia por parte de otros muchos profesionales nos sean ofrecidas. En todo caso, mejor es siempre para el aficionado al arte de Cúchares ser “ista” de todos; más disfrutará la tauromaquia; yo, por ejemplo, también me declaro, además de “barriero” (por nuestro inolvidable Víctor), “poncista”, “julista” “morantista”, “antoñetista”, “ureñista”, “urdialista”, etc, etc, etc.

Los hombres, el género masculino en general, somos y nos declaramos feministas. ¿Cómo no serlo si estamos rodeados de madres, abuelas, hermanas, esposas, hijas, nietas, a las que amamos por encima de todas las cosas de este mundo? No conozco a ningún hombre cabal que no sea feminista. ¿A qué viene entonces este enfrentamiento visceral que algunos pretenden mantener indefinidamente entre personas (hombres-mujeres) que se complementan y enriquecen mutuamente? Porque una cosa es reivindicar la igualdad (cierto es que todavía nunca alcanzada) entre hombres y mujeres por todos y todas deseada, el acabar con la “brecha salarial” entre iguales, y otra muy distinta es la manipulación artera y sectaria que su hace de este tema capital por parte de algunas formaciones políticas.

No cabe duda de que hablar y escribir de feminismo se ha puesto de moda. Se ha vuelto, incluso, popular. Todos, como he dicho anteriormente, estamos de acuerdo en que deseamos una igualdad plena, como no puede ser de otra manera, y también lo estamos en que tal igualdad no acaba de llegar. Para llegar a la meta cuanto antes el feminismo no debe olvidar que en ningún caso debe ser excluyente, sino plural. El carné de feminista no existe, pues de lo contrario estaríamos hablando de un feminismo dogmático ligado a un solo credo. El feminismo ha de ser crítico en su trabajo, muy sólido en su documentación y argumentación. Un feminismo, por cierto, que no debería abandonar las esencias que imprimen carácter diferenciador a la mujer auténtica. Un feminismo que ha de hacerse ideológicamente plural.

Todos estamos comprometidos con la defensa de un feminismo inclusivo y liberal como mejor aliado de la mujer en su lucha por la igualdad de oportunidades con el hombre. La mujer no debe caer bajo ninguna tutela ideológica que hable en su nombre. Las formaciones políticas no deberían arrogarse la defensa de la mujer en periodos electorales. Seamos sensatos, aparquemos la demagogia imperante y pongámonos a la tarea de hacer POLÍTICA con mayúsculas, a lo grande, de una vez por todas pactando entre todos de forma transversal.

Mientras tanto, hoy, Día del Padre, aprovechemos para poner en valor la figura de los papás (también de las mamás) de todos nosotros. Sí, nuestros padres, nuestros mejores maestros de la vida y de todo, a quienes tanto debemos, porque al fin y al cabo somos lo que ellos quisieron que fuéramos. Como decía aquella hermosa frase de Albert Camus: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”. Pues eso. Hoy les toca a ellos, y por ellos va: en el nombre del padre, en el Día del Padre.