Jesús Vázquez Ortega – Verano caliente

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No me refiero con este epígrafe a la situación política que atravesamos, eso es harina de otro costal. En mi anterior columna hacía mención al estado crítico que vivimos en el ámbito hidrológico, que ha empeorado notablemente en los últimos días. El cielo ha cortado el grifo, y se niega a regar montes y campos, con los consiguientes perjuicios que genera para humanos, animales y vegetales, la falta de agua es palpable y amenaza con deparar un estío calamitoso. Habrá quien opine que mis pronósticos son catastrofistas, ojalá le acompañe la razón, y yo me equivoque, pero mucho me temo que a las alturas del calendario en que nos encontramos, pocas esperanzas hay de que caigan chuzos de punta. Uno, que anda mucho por la montaña, nota como el suelo cruje cuando caminas por un pinar agostado anticipadamente. Los bosques son extensiones de yesca a los que la mínima chispa convertiría en mares de fuego. Ante este panorama poco alentador, me sorprende la falta de medidas por parte de las partes implicadas que, hasta el momento, me consta no han hecho nada. Ninguna advertencia a la población sobre reducir el consumo hídrico en lo posible. A fecha de hoy nos encontramos sin vigilancia forestal, al menos los retenes de incendios brillan por su ausencia, ¿a qué esperan para ponerse en marcha? Pues en esta tesitura nos hallamos, esperemos capear la coyuntura con suerte y que no lleguen los llantos y el rechinar de dientes.