Jesús A. Marcos Carcedo – Cataluña no es lugar para bisoños

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La cuestión o el problema de Cataluña, como saben, viene de lejos. Pero no teman, no me voy a remontar a la Edad Media. Ni siquiera a Felipe IV. Basta con lo que Alfonso Guerra, artista de la erosión dialéctica, ha recordado hace unos días: esos tres golpes con los que el separatismo catalán ha contribuido a enturbiar las situaciones, ya de por sí difíciles, en las que se encontraba España en 1931 (inicio de la II República), en 1934 (estallidos revolucionarios) y en 2017 (secuelas de la crisis económica y corrupción). Y, si el año pasado se ha vuelto a las andadas, es de presumir que poco se ha mejorado en los casi 90 años que median entre los años 30 y nuestra actual coyuntura —aunque las formas de la violencia no revisten la crudeza de antaño y eso es un logro muy estimable—. Incluso el discurso separatista se ha radicalizado hasta hacerse incompatible ahora con cualquier salida que suponga participación, por pequeña que sea, en el orden político español.

Lean la proclamación de independencia de Lluís Companys de 1934 y verán que, en ella, Cataluña se consideraba parte de una supuesta república federal española y se ofrecía su territorio, en prueba de fraternidad, como sede provisional del gobierno de esa república. Bien diferente, pues, de la pretendida república de 2017, que hubiera debido desvincularse por completo del Estado español.

Y para encarar problema tan persistente y tan enconado los españoles estamos viendo que nuestros principales partidos políticos han puesto a su frente hombres jóvenes e inexpertos. Resistió lo que pudo Mariano Rajoy, entrado ya en los sesenta, cercado por un joven Pedro Sánchez (sustituto del pobre Rubalcaba) y por los jovencísimos Iglesias y Rivera, que habían hecho equivaler su edad a renovación de estilo y comportamientos políticos. Pero, cuando cayó, el PP prefirió a un Casado que no sólo era diez años menor que su principal rival, Sáenz de Santamaría, sino que, además, tenía mucha menos experiencia política que ella. Quedaron, así, los cuatro principales partidos de las Cortes en manos no sólo de jóvenes, sino de bisoños, es decir, de personas de escasa —por no decir muy escasa—andadura en los entresijos de las responsabilidades políticas de máxima altura. No le hubieran servido a Platón, que exigía al político superior, además de estudios, el ejercicio de la gestión de los asuntos públicos durante 15 años y una edad mínima de cincuenta. En la Europa actual, sólo Croacia nos supera en la juventud de sus líderes.

Curiosamente, en el lado de los independentistas se fue produciendo un paralelo proceso de reclutamiento de novatos. Al maduro Artur Mas, con un amplio recorrido por altos cargos del gobierno catalán, culminado con el desempeño de la Presidencia durante seis años, le han sucedido hombres más jóvenes y, sobre todo, sin una suficiente experiencia de gobierno. Puigdemont, Junqueras y Torra han pasado de labores parlamentarias o municipales a ocupar los cargos de un poder ejecutivo que exige para su desempeño bastante más que lo que les había proporcionado su preparación previa.

¿Alguien puede creer que líderes tan bisoños, de un lado y del otro, puedan encontrar soluciones capaces de acabar o, al menos, de rebajar las tensiones creadas en Cataluña por el procés secesionista? ¿Podrán siquiera encontrar y reconocer el campo en el que se desarrolla el conflicto? El soldado bisoño ignora cómo es el fragor de la batalla, cómo repercutirá sobre su ánimo, cómo se moverá él entre los demás, cómo reaccionará cuando tenga a unos metros a enemigos reales, si resistirá o no la posible inocencia de su mirada. Ni siquiera sabe cómo se siente el suelo bajo las botas cuando la campaña es real. Del mismo modo, el político tocado por la bisoñez y que estrena una responsabilidad superior no conoce el alcance de sus fuerzas ni su habilidad para dirigir a los suyos. Si, al menos, el bisoño se ha formado como persona realista podrá ir tirando y adaptándose. Pero, si entra en la lid guiado por las gafas de una ideología y de su propio narcisismo, puede acabar como esos tenientes de las películas del oeste que, formados en West Point, menosprecian los experimentados consejos de los sargentos a sus órdenes y conducen a los suyos al desastre. Hay periodos históricos y situaciones en los que no cabe alternativa que no pase por la bisoñez. Felipe González llegó al poder con sólo 40 años y sin la experiencia adecuada, pero no había otro camino para que se consolidase la posibilidad de una alternativa socialdemócrata para el gobierno de España. Fue la Transición una afortunada conjunción de bisoños realistas: los otros protagonistas, el Rey y Suárez, eran también jóvenes inexpertos. Faltaba el equivalente a aquel Cánovas de la Restauración que, aunque no llegaba a los cincuenta, había estado a la cabeza de los ministerios de la Gobernación y de Ultramar y había gestado durante años de contactos el escenario propicio para el retorno de los borbones.

Zapatero, rey de la bisoñez, fue el primer impulsor de la reciente política de la ingenuidad para Cataluña. Llegado a la Moncloa sin haber pasado de mero diputado, creyó que con la reforma del Estatuto lo solucionaba todo. Sánchez, que sólo había sido concejal y diputado, ni siquiera se hallaba ya en el Congreso cuando accedió a la Presidencia. Su estilo no tiene nada que envidiar al de Zapatero. Los naífs del socialismo creen firmemente que los secesionistas aspiran sólo a lo que ellos creen que debieran aspirar, es decir, que, a pesar de su apariencia de radicales, en el fondo se conformarán con ciertas cesiones de competencias y ciertos retoques y cambios de denominación. Imaginan que sus planes detendrán el secesionismo porque suponen estrategias nunca ensayadas e iniciativas valerosas de las que nunca han sido capaces sus antecesores. Simétricamente, los bisoños del independentismo ven al Estado español como la casa de las fábulas a la que se puede derribar con sólo soplar. O que se trata de un antiguo y desabastecido fortín colonial al que será fácil cercar. Creen, para rematarlo, que contarán con ayuda de gobiernos extranjeros, sin darse cuenta de que, más allá de los intereses coyunturales, España existe como un referente histórico difícil de desalojar del imaginario colectivo de los europeos.

Pero lo fundamental es que los bisoños no han llegado al poder porque sí. Su ascenso resulta de la esclerosis de los líderes experimentados y de la descomposición de los aparatos políticos en los que se sustentaban. Fallaron los bregados Rajoy y Mas, rígidos e incapaces de tomar iniciativas realistas y de fintar para desestabilizar a los radicales. Y fallaron sus partidos, socavados por la corrupción y, aún peor, estériles para gestar líderes alternativos. Todo lo contrario, los partidos políticos españoles cierran filas en torno a los dirigentes del momento y procuran bloquear el ascenso de quienes pudieran relevarles. Ante el impasse, sus bases y también sus electores se ven obligados a apostar por jóvenes que parecen no estar afectados por esos males. Seguramente, no haya ahora mismo otra salida que recurrir a ellos. Pero la falta de dirigentes maduros, que se hallen a la altura de los tiempos, pesa negativamente sobre todo lo que se está haciendo. De la mano de los inexpertos, los problemas se están enquistando, se desperdician las oportunidades y se torpedea el progreso social y económico no sólo de Cataluña sino de toda España.