Heliodoro Albarrán – La hora violeta

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Lo prometido es deuda (salvo que seas político, en cuyo caso, da igual) y por eso hoy voy a escribir del libro “La hora violeta” de Sergio del Molino. Es un libro testimonial de una parte de su vida, la lucha en los hospitales acompañando a su hijo, con leucemia desde los 10 meses, hasta su muerte con dos años de vida. La primera página de este libro ya rebosa de dolor e impotencia. Existen las palabras huérfano y viudo, pero “los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos palabra ni estado civil. Somos padres por siempre. Padres de un fantasma que no crece, que no se hace mayor, al que nunca vamos a recoger al colegio, que no irá a la universidad y que no se marchará de casa…” Magistral para empezar.

Define “la hora violeta” como algo que no existe más que como un lugar de paso, como transición molesta y necesaria. Nadie vive en la hora violeta, la gente huye de ella hacia la vida real, hacia la vida normal. Confiesa que tiene que aprender a escapar, pero no ha encontrado la manera.

Habla de “devastación emocional”, pero no es tan duro como me había temido, aunque tenga muchas páginas llenas de tristeza y de dolor, todo está tratado desde el cariño y la normalidad, con delicadeza exquisita. Y no me ha defraudado con respecto a las expectativas de calidad, es un libro magnífico, a veces, insuperable. Repleto de sentimientos, humanidad. Con frases y palabras llenas de vida. Durante ese año largo de sufrimiento describe de una manera increíble lo que siente: “frío intenso del mundo, … miedo a todo, miedo al aire, … dolor extremo, dolor de las habitaciones, de los pasillos…” y también: “En casa lloramos y sentimos la ausencia, que no es un hueco ni un vacío, sino una masa que crece y se apodera de la cocina, del pasillo, de las habitaciones…el vacío absorbía la realidad como un agujero negro”. Más adelante habla de cómo el dolor asusta a los demás, de cómo se sienten aislados por la gente que antes les hablaba. Estoy de acuerdo, es verdad que somos así, tendemos a aislarnos del dolor, como de la miseria, de la pobreza.

Define con maestría los momentos de impotencia extrema: “Hijo mío ¿me perdonarás alguna vez? ¿sabrás disculpar que no pueda salvarte?… tampoco sé rezar. Solo me queda el abrazo, tu cara contra mi pecho, tu sueño sereno de niño ignorante, confiado en el calor beatífico del cuerpo de su padre”. Me parecen palabras, frases, impresionantes, llenas de dolor. Es muy difícil escribir tan bien. Dedica algunas páginas a describir hospitales, servicios de oncología, medicinas, consultas, médicos, etc. la vida de una clínica, donde las reglas del cariño y de la convivencia son distintas. Alaba el gran trabajo y profesionalidad de los médicos y de cómo superan el sufrimiento que les rodea. Yo aquí, en este tema, me acuerdo de la gran filósofa Hannah Arendt y su “banalización del mal” que aplicó a los nazis en sus libros y pienso en la “banalización del dolor”, como la única manera de soportarlo.

Llega a decir que admira a las madres que no ocultan la calva de sus hijos y en un momento de impotencia extrema escribe: “Por toda respuesta, lloro. Como un gilipollas, como el pelele en el que me he convertido”. Me impresionó también la noción del tiempo en estas situaciones: “Ojalá supiera, no ya cuándo, sino tan siquiera si podremos volver (a casa). No puedo hacer entender a nadie que nuestro futuro no alcanza más allá de dos días. Es todo el provenir que somos capaces de organizar. A partir de ahí, monstruos”. Y más: “si yo pudiera inventarme esta historia, comeríamos tantas perdices que nos saldrían picos y alas. Pero esta historia la han escrito otros por mí. Yo solo la estoy llorando”. Como decía una lectura irrepetible. Y llega la muerte, los últimos momentos los cuenta superficialmente, ahorrándonos detalles.

Y describe después los primeros momentos del duelo: “Todo está listo para empezar a olvidarle. Dentro de unos días nos iremos de viaje, primero a Turquía y luego a Alemania. A cualquier ciudad que no tenga atrapado el eco de sus carcajadas en el mortero de sus ladrillos. Es una huida que forma parte de la Operación Supervivencia, Operación Día Siguiente, Operación Resto de Nuestras Vidas. Seguimos los pasos del duelo”. Y llega la desesperación: “Lo peor no es esta pena, ni siquiera saber que me acompañará toda la vida… simplemente me he acostumbrado a ella. La pena y yo hemos firmado un acuerdo de convivencia. No la anularé con trucos de psicología barata y ella me dejará vivir. Aunque sea en una hora violeta eterna. Aunque a veces camine por la ciudad hablando con mi hijo muerto contándole todas las historias que creo que le gustaría saber”.

Al final inserta la carta que su mujer envió a los medios de comunicación cuando se cumplieron dos años de su muerte. Muy emocionante también.

Como decía, me parece impresionante. Me parece muy difícil saber plasmar los sentimientos en un papel, de saber expresar esas sensaciones, de definirlas, de contarlas, situaciones de dolor, de abatimiento, de resignación. Y además que el lector lo sienta, lo viva, lo sufra, mientras lo lee. Y por eso he colocado literalmente tantas frases del libro, para intentar demostrar que estamos ante un libro inolvidable, irrepetible. Al final creo que, nos hace pensar que esa muerte es como una mutilación de su vida, pero al ser inevitable, forma parte desde ya mismo de su futuro, haciéndonos confiar en la fuerza del espíritu humano que, para tener una vida futura, nos hace enfrentarnos al sufrimiento con esperanza.

Una vez más diré que la literatura tiene que emocionar, hacer sentir. Eso hace de un buen libro algo excepcional, hace de la lectura una experiencia que no se puede comparar con nada en esta vida.

Al menos a mí me lo parece.