Enrique Morales Cano – Un Diablo para Segovia

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Durante mucho tiempo los madrileños han creído ser los únicos que tenían un diablo en el parque del Retiro. Craso error, los hay repartidos casi por todas partes, tanto en Europa como incluso en América. La figura del demonio podría, sin embargo, volver a estar presente en Segovia de un modo inmediato, si prospera la intención del Ayuntamiento de mostrar su efigie con motivo de la reapertura de la calle de San Juan, hoy en obras. Se trataría, pues, del dislate de diversificar el turismo y llevarlo a diferentes lugares del eje principal que va del Acueducto a la Catedral y el Alcázar, contraviniendo así la opinión, probablemente ni siquiera consultada de la ciudadanía segoviana, a la que no le gusta en absoluto la idea, ni siquiera imaginarlo… O sea, ofender a los cristianos por móviles de política mercantil y crematística. Se trata en política municipal de instalar a Satanás para exhibición pública rayana en satanismo, para lo que la Junta de Gobierno ha aceptado ya los derechos para fundir en bronce la obra de José Antonio Abella, quien la cedería de forma altruista. La escultura, que ha necesitado de un presupuesto de ejecución que asciende a 9.000 euros, se colocará previsiblemente en la parte más elevada del pretil de dicha vía; donde reside doña Dominica, la hija del marqués de Lozoya, se aloja el paraíso representativo de «La liberbodega de Ángel” y se ubica igualmente la afamada Casa de las Cadenas. Asiento que fue de Beatriz de Bobadilla, amiga íntima y confidente de Isabel la Católica. Tanto lo serían, que llegó a ser objeto de un intento de asesinato, al confundirla con la reina. Se trata de una obra que lleva por título “Segodevs, Aquaeducti Artifex”, y evoca como pretendida excusa —o no—, la leyenda de su mítica construcción, a manos del diablo en una noche, a cambio del alma de una moza que estaba cansada de transportar agua. Dicen quienes propugnan la idea, que gracias a instalar a Lucifer en Segovia acudirán más turistas a hacerle fotografías. Los munícipes consideran también que ver al demonio en la calle de San Juan será un aliciente turístico más para las bellezas y atracciones urbanitas. Y aquí parece radicar y acabar la historia, sin volver a contar con quienes abominan completamente de la propuesta por inadecuada y contrapuesta con las creencias religiosas que hubieran de ser automáticamente respetadas. La fuente del Ángel Caído, también conocida como monumento dedicado al susodicho esperpento, se encuentra instalado en la rotonda del Retiro, junto al estanque.

La creó en su belleza plástica indiscutible —merecedora de la Medalla Nacional de Bellas Artes—, Ricardo Bellver, con pedestal de Francisco Jareño. Y se inauguró en1988 para espanto de muchos madrileños y visitantes de la Villa y Corte, por lo que de vengativo, cainita y oprobioso representaba dicho elemento, y lo sigue siendo. Es enorme, se compuso de bronce, y tiene de medidas 7 X 10 X 10 m, y una altura de 2.65 m. Lo suficiente para asustar y denigrarla más en estricto sentido, sin entrar en más valoraciones de perfección artística, que ciertamente complementa. Si en Segovia se invoca la política turística para posibilitar esta idea del engendro, en su día se esparciría por Madrid justificada, nada menos, que por versos inmortales de John Milton, el autor del poema épico “El Paraíso perdido”. Quería reflejarse entonces cómo cae el consabido diablo con más cuates congéneres, por rebeldes consumados, del Cielo al Infierno, y olvidar de dónde procedían para los restos. La contorsión de la escultura produce escalofríos, como todo lo que malamente pueda proceder del demonio para un creyente. Todo procedía de verse vedado en sucesivo de la contemplación del rostro de Cristo, origen de la desesperación más absoluta que le embargaba, y a la vez deba producir incluso a quienes sustentan la fe en el Altísimo. Los ojos de esta estatua memorable exhalan furor y la obstinación flagrante de querer persistir en el pecado. Costó 4.500 pesetas, y la que quieren instalar ahora en la renovada calle de San Juan saldrá, en cambio, gratis.

Lo que tampoco sea óbice para estar en absoluto de acuerdo con ninguna clase de concordancia operativa. Hay una réplica de esta escultura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, hecha de resina de poliéster sobre molde de silicona. Pero como se dijo, no es la única. La de la capital de España —para más inri, e insulto a la feligresía—, se colocó sobre el solar que había dejado expedita la antigua ermita dedicada a San Antonio Abad; que a su vez ocupaba la famosa fábrica de porcelanas, objeto de mimo por Carlos III, a quien se debe su erección. Resultaría inicuamente destruida por Murat y su sentamiento en el Retiro como cuartel general, durante la ocupación napoleónica de Madrid, en la mal llamada Guerra de la Independencia. Porque España estaba ya de largo y sobradamente emancipada desde mucho antes, estratificada en la fuerte romanización asimilada y unida por el reino visigodo. Así que no es verdad que España tenga la única estatua pública dedicada a Satán, quien ahora se vería doblemente representado, no obstante, de prosperar la sugerencia del Ayuntamiento segoviano. Hay más, como la de La Habana y la de Turín. Pero probablemente ninguna de ellas tenga tanta intrincada insolencia y sugerencia como la madrileña. Pues el clavo que existe a sus pies indica que está a 666 m de altura con respecto al nivel del mar, que quizá se invoca otra vez como excusa significativa. A nadie se oculta, sin embargo, que dicho guarismos es exactamente el símbolo del diablo. Por eso, las concurrencias satánicas que proliferaban ya desde mediados del siglo pasado en el Retiro, y que aún se siguen produciendo. De hecho, la cuestión llegaría a ser considerada por las autoridades en conveniencia de ser desalojado del hermoso parque tan impresentable sujeto. De hecho, tampoco haya de irse al extranjero para “rendirle honores”, como algunos desearían en propio fuero interno. Simplemente con viajar a Santa Cruz de Tenerife y verlo en efigie se darían por ampliamente satisfechos. Aunque de pensamiento y acuciante figure ya por todas partes. Pues el bicho no descansa ni se está quieto en absoluto. Jamás pensará hacerlo. Este siniestro y abusivo personaje no debiera estar anclado —ni por asomo— en ninguna conciencia, menos emplazado en un lugar público que contravenga la belleza plástica y espiritual que impregna a manos llenas la ciudad de Segovia. Y todo ello, bajo la lamentable excusa, esta vez, de la política turística consistente en atraer más visitantes, si cabe, de los que ya colman su acrópolis. Tampoco debía de ser objeto ni razón para instalarlo de peana.

(*) Enrique Morales es periodista y está afincado en Segovia desde hace un año.