Eduardo Juárez Valero (*) – Un carpintero del Real Sitio

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Andaba el que suscribe hace unos días camino de Valsaín bajando por la vereda de la Sotela, que me encontré, tras un bolo enorme de granito junto al arroyo del Puerto, un sorprendente pino de casi dos metros prendido sobre una roca. En un primer momento me dio por pensar que estos pinos de Valsaín, como presumen los de Bilbao, nacen donde quieren, ya sea sobre el mullido mantillo del pinar o en una dura base de granito. Allí, un poco encorvado por el viento, el pimpollo parecía desafiarnos, mostrando su entereza y saber estar agarrado vayan ustedes a saber dónde, enseñándonos su naturaleza serrana indestructible. Y, sin saber muy bien por qué, me vino a la mente la imagen de mi amigo Juan Carlos Gómez Matesanz, un día antes, durante la constitución del nuevo Ayuntamiento y proclamación de nuestro nuevo alcalde, Samuel Alonso Llorente, el octogésimo primero de la historia del Real Sitio, sexto de la democracia actual.

Resulta que el bueno de Juan Carlos, antes de que el señor alcalde iniciara su primer discurso como tal, tras haber solicitado el correspondiente permiso, tomó la palabra frente a toda la corporación y un salón de plenos lleno por completo y tan sorprendido como el que suscribe. Con la naturalidad de lo cotidiano, inició una breve pero intensa intervención que resultó ser su despedida José Luis Vázquez, alcalde saliente del Real Sitio, justo en el momento posterior a la entrega del bastón que durante doce años había ostentado de manera ininterrumpida. Aludiendo a la dureza del enfrentamiento, a la correosa y puñetera relación que los había mantenido durante tantos años enfrentados, pude vislumbrar el anhelo de una despedida entre personas que, más allá de las ideas, han sabido construir una amistad justo allí donde no se espera que prenda.

Como ya estarán pensando, en la resiliencia de aquel joven pino del bosque de Valsaín acertó a ver el que suscribe una metáfora de la actitud ante la política de mi querido amigo. Mientras desgranaba Juan Carlos su despedida al rival al que tanto había acosado y, quizá me confunda, acabe por echar de menos en los largos y tediosos plenos municipales, caí en la cuenta de que aquel paisano era, sobre todas las cosas, un humilde carpintero del Real Sitio.

Heredero de una tradición más que familiar, Juan Carlos forma parte de una honrosa y ancestral ocupación entre los que han tenido la suerte de vivir en este Paraíso. Y no crean que resulta fácil ligarlos a todos en una línea temporal. Desde los actuales hermanos Tapias, los chicos de Maderval, Porche y Jardín o artesanos de postín como Pepe Alejandro y Luis Comyn, este Real Sitio ha contado en los años con carpinteros de forma ininterrumpida durante toda su existencia documentada. Partiendo de la familia De La Peña, entregada al comercio y transformación de la madera en el Real Sitio Primitivo desde el siglo XVII, este Paraíso ha contado con carpinteros en todas las generaciones. En mi memoria aún sobrevive el recuerdo del taller de los “Pinches” en la entrada a los Alijares Bajos o el de los “Leoncios” en las cercanías de la primitiva Casa de Postas, junto a las escuelas de la República y el Matadero Municipal, hoy casa de la Cultura. ¿Quién ha olvidado la fábrica de José Matesanz en el Paseo del Pocillo, camino del Hospital de San Fernando? ¿O la fábrica de Valsaín, primer taller de madera mecanizado del país, allá por los inicios del siglo XIX, usando la fuerza del poderoso río Valsaín? Difícil no pensar, por supuesto, en las decenas de talleres nacidos al calor de la explotación maderera instaurada por el rey Carlos III, a mediados del siglo XVIII, cuyos casetones dieron vida a la Pradera de Navalhorno, núcleo serrano por excelencia del actual Real Sitio.

Y, al rememorar aquel destartalado pino sobre la roca del arroyo del Puerto, quise ver un intenso rayo de esperanza para la política de este santo país. Pensando en el trato divino que estos maravillosos profesionales han dado al bosque y pinares de Valsaín durante tantos siglos, no me extrañó que, tras el fornido cuerpo, la barba cerrada y el aspecto serrano, hubiera sensibilidad suficiente para reconocer el mérito del adversario y la defensa del Paraíso por encima de todas las cosas.
Si un humilde carpintero es capaz de darse cuenta de que, en política, lo principal es el compromiso por el bien del común, por el Real Sitio, por el Paraíso; si un concejal del Partido Popular es capaz de dar las gracias ante todos los vecinos a un alcalde del PSOE con quien ha batallado durante más de una década; si el alcalde es capaz de asumir lo que el reconocimiento del adversario conlleva; pues qué quieren que les diga, es más que probable que el joven pino rompa la dura roca y se eleve por encima del bosque, demostrándonos que, sobre la molicie de todas las rocas, está la búsqueda de la luz.

Y de eso, queridos lectores, sabemos mucho en este Paraíso.
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(*) Cronista oficial de El Real Sitio.